“Los pazos de Ulloa” de Emilia Pardo Bazán

Ayer os recordábamos a esta maravillosa escritora, Emilia Pardo Bazán. Os traíamos un poco de su vida y obra, resumidas ambas muy brevemente, y os dejábamos diez de sus frases más célebres. Hoy, queremos analizar, también de forma breve y amena, una de sus novelas más famosas: “Los pazos de Ulloa”.

Si quieres saber de qué va este libro y leer un breve fragmento del mismo, coge café o té y disfruta de este artículo junto a nosotros.

“Los pazos de Ulloa” (1886)

Este libro escrito en 1886 describe la historia de Don Pedro Moscoso, marqués de Ulloa, que vive aislado en el ambiente embrutecido de sus pazos, dominio de sus propios sirvientes. Con Sabel, hija de su criado Primitivo, el marqués tiene un descendiente bastardo, al que llaman Perucho. Cuando Julián, el nuevo capellán, llega al pazo, insiste al marqués para que busque una esposa adecuada, por lo que este contrae matrimonio con su prima Nucha, lo que no impedirá que vuelva a sucumbir al amor ilícito de su sirvienta.

En este fragmento que ponemos a continuación, se aprecia el interés por lo sórdido, propio del Naturalismo (derivación del Realismo) de la época:

“Las pupilas del angelote rechispeaban; sus mejillas despedían lumbre, y dilataba la clásica naricilla con inocente concupiscencia de Baco niño. El abad, guiñando picarescamente el ojo izquierdo, escancióle otro vaso, que él tomó a dos manos y se embocó sin perder gota; enseguida soltó la risa; y, antes de acabar el redoble de su carcajada báquica, dejó caer la cabeza, muy descolorido, en el pecho del marqués.

-¿Lo ven ustedes? -gritó Julián angustiadísimo-. Es muy chiquito para beber así, y va a ponerse malo. Estas cosas no son para criaturas.

-¡Bah! -intervino Primitivo-. ¿Piensa que el rapaz no puede con lo que tiene dentro? ¡Con eso y con otro tanto! Y si no verá.

[…]

-¿Qué tal? -le preguntó Primitivo-. ¿Hay ánimos para otra pinguita de tostado?

Volvióse Perucho hacia la botella y luego, como instintivamente, dijo que no con la cabeza, sacudiendo la poblada zalea de sus rizos. No era Primitivo hombre de darse por vencido tan fácilmente: sepultó la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una moneda de cobre.

-De ese modo… -refunfuñó el abad.

-No seas bárbaro, Primitivo -murmuró el marqués entre placentero y grave.

-¡Por Dios y por la Virgen! -imploró Julián-. ¡Van a matar a esa criatura! Hombre, no se empeñe en emborrachar al niño: es un pecado, un pecado tan grande como otro cualquiera. ¡No se pueden presenciar ciertas cosas!

Primitivo, de pie también, mas sin soltar a Perucho, miró al capellán fría y socarronamente, con el desdén de los tenaces por los que se exaltan un momento. Y metiendo en la mano del niño la moneda de cobre y entre sus labios la botella destapada y terciada aún de vino, la inclinó, la mantuvo así hasta que todo el licor pasó al estómago de Perucho. Retirada la botella, los ojos del niño se cerraron, se aflojaron sus brazos, y no ya descolorido, sino con la palidez de la muerte en el rostro, hubiera caído redondo sobre la mesa, a no sostenerlo Primitivo”.

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