En ocasiones hemos referido otras anécdotas de Camilo José Cela, el genial escritor gallego que llegó a ganar el premio Nobel en su dÃa y a dejar obras maestras de la literatura mundial como La Colmenta.
Lo curioso es que todas ellas tienen un factor común: lo soez.
Y es que Cela, tanto en algunos pasajes de sus obras como especialmente en la vida real, era un amante de la escatologÃa que no solo no se cortaba un pelo en llegar a ser desagradable aunque gracioso en algunas de sus intervenciones sino que además se enorgullecÃa contándolas.
Una de las que refirió el propio autor tuvo lugar en una cena de gala en la que todos los presentes eran figuras distinguidas.
En un momento dado, Cela, que se estaba metiendo entre pecho y espalda un buen atracón, soltó una ventosidad que retumbó en toda la sala y la palabras se detuvieron entre los comensales que comenzaron a mirar con descrédito hacia la zona en la que el escritor estaba sentado sin saber muy bien quién habÃa sido el del sonoro pedo.
Cela, dándose cuenta de que la señora de su lado se estaba ruborizando aprovechó para vacilarla un poco diciéndole en voz alta: «No se preocupe, señora, diremos que he sido yo»…
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