Wilkie Collins. Aniversario de su nacimiento. Frases escogidas

Wilkie Collins. Frases en el aniversario de su nacimiento

Wilkie Collins fue un novelista, dramaturgo y autor de relatos cortos inglés muy popular en su tiempo, éxito que también compartió con su amigo Charles Dickens. Y hoy estamos de aniversario porque nació el 8 de enero de 1824 en Londres. Muy prolífico, escribió 27 novelas, más de 60 relatos cortos, unas 14 obras de teatro y más de 100 obras de no ficción. Se le considera uno de los creadores del género de la novela policíaca y firmó obras como La piedra lunar, quizás la más famosa, La dama de blanco, Marido y mujer, Basil o Armadale, entre otras muchas. Para recordarlo, ahí va una selección de frases escogidas.

Wilkie Collins — Selección de frases

La dama de blanco (1860)

  • Hay tres cosas que ninguno de los jóvenes de la presente generación son capaces de hacer. No pueden saborear el vino, no pueden jugar al whist y tampoco pueden decirle un piropo a una dama.
  • Las lágrimas corrieron por su rostro. Su mano temblorosa buscó el apoyo de la mesa para poder sostenerse, mientras me tendía la otra. La tomé entre las mías, estrechándola con firmeza. Cayó mi cabeza sobre aquella mano fría. Mis lágrimas la humedecieron y mis labios se apretaron contra ella. No fue un beso de amor. Fue una contracción de agonía desesperada.
  • No hay hombre sensato que se atreva a sostener un sutil intercambio de palabras con una mujer sin estar preparado para ello.
  • Nuestras palabras parecen gigantes cuando pueden perjudicarnos y resultan pigmeos cuando intentan prestarnos un buen servicio.
  • No soy más que un manojo de nervios vestido y arreglado para que parezca que soy un hombre.

Marido y mujer (1870)

  • —¿No desprecia a una mujer como yo? —Al oír aquella pregunta, Arnold recordó con amor a la única mujer que sería eternamente sagrada para él, la mujer de cuyo pecho había recibido la vida—. ¿Existe algún hombre que pueda pensar en su madre y despreciar a las mujeres?
  • Las dos mujeres -una tan magníficamente vestida, la otra con tanta sencillez; una en el esplendor de su belleza, la otra ajada y arruinada su salud; una con la sociedad a sus pies, la otra convertida en proscrita que vivía en la sombra inhóspita del reproche-, las dos mujeres se miraron cara a cara e intercambiaron las frías y silenciosas reverencias con que se saludan los desconocidos.

La pobre señorita Finch (1872)

  • Cuando desaparece la confianza entre dos personas que se aman, desaparece a la vez todo lo demás. A partir de ese momento, se encuentran en la misma situación que si fueran dos desconocidos y han de observar normas de etiqueta.
  • Si muero, ninguno de ustedes llegará a saberlo. No proyectará mi muerte su sombra de tristeza sobre las vidas de ellos dos ni tampoco sobre la suya. Olvídeme y perdóneme. No pierda, como la pierdo yo, la primera de la más noble de todas las esperanzas de los mortales, la esperanza en la vida misma y en el porvenir.

La piedra lunar (1868)

  • Le diré adiós a este mundo que me ha mezquinado la felicidad que a otros les da. Le diré adiós a una vida que sólo una pizca de bondad de parte de usted podría convertir alguna vez en una cosa agradable, de nuevo, para mí. No me condene, señor, por este final.
  • -Dame fuego, Betteredge. ¿Se concibe que haya un hombre que después de haber fumado durante tantos años como yo lo he hecho, sea incapaz de descubrir todo un sistema para el tratamiento que debe dispensarse a las mujeres, en el fondo de su cigarrera? Sígueme con atención y te probaré la cosa en dos palabras. Tú escoges, por ejemplo, un cigarro; lo pruebas y te desagrada. ¿Qué haces, entonces? Lo tiras y ensayas otro. Ahora bien, observa ahora la aplicación del sistema. Tú escoges una mujer, la pruebas y ésta destroza tu corazón. ¡Tonto! , aprende de tu cigarrera. ¡Arrójala de tu lado y ensaya otra!
  • Las gentes mundanas pueden permitirse todos los lujos… Entre otros, el de dar rienda suelta a sus propios sentimientos. Los pobres no disfrutan de tal privilegio.

Basil (1852)

  • Son pocos los hombres que no pasan en secreto por algunos momentos de intenso sentimiento, momentos en que, en medio de las desdichadas trivialidades e hipocresías de la sociedad moderna, se les presenta mentalmente la imagen de una mujer pura, inocente, generosa, sincera; una mujer cuyas emociones sigan siendo cálidas, capaces de causar impresión, y cuyos afectos y cuya simpatía puedan aún traslucir en sus actos y así dar color a sus pensamientos; una mujer en la cual podamos depositar una fe y una confianza tan plenas como si aún fuéramos niños, a la cual desesperamos de hallar cerca de las endurecedoras influencias de este mundo, a la cual a duras penas nos aventuramos a buscar, salvo en aquellos lugares solitarios y alejados, en el campo, en pequeños y recónditos altares rurales, al margen de la sociedad, entre bosques y cultivos, en cerros desiertos y lejanos. Así era en el caso de mi hermana.

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