Siempre Don Juan Tenorio, el clásico imprescindible de estas fechas

Cartel de Don Juan Tenorio (1922) de Ricardo de Baños.

Un año más no doy cuartel a calabazas extranjeras. Ni a toda esa parafernalia de murciélagos, telarañas y casas encantadas que invaden comercios y bares. Ni a las fiestas escolares de disfraces de brujillas y fantasmas en miniatura (algunos luego sueñan…). No voy con los tiempos ni soy políticamente correcta porque me quedé con él, con Don Juan Tenorio. Con el mito ahora denostado (o reinterpretado) del calavera más ignominioso y canalla, pero también del más enamorado y redimido.

Don José Zorrilla escribió su historia en 1844, que le inspiró El burlador de Sevilla de 1630, atribuido a Tirso de Molina. Y es lo que toca leer y sobre todo ver representado en estas fechas que vienen. Sé que mi lucha es una lucha perdida, pero me empeñaré en batallar cada año por seguir dándole su protagonismo. Hace mucho los escolares debían aprendérselo y lo recitaban. Ahora… es ahora. Pues bien, yo regreso cada final de octubre a la hostería del Laurel a encontrármelo escribiendo su carta. Estos son algunos de sus más inolvidables versos.

DON JUAN

¡Cuán gritan esos malditos!

Pero ¡mal rayo me parta

si en concluyendo la carta

no pagan caros sus gritos!

***

Aquí está don Juan Tenorio

y no hay hombre para él.

Desde la princesa altiva

a la que pesca en ruin barca,

no hay hembra a quien no suscriba,

y cualquier empresa abarca

si en oro o valor estriba.

Búsquenle los reñidores;

cérquenle los jugadores;

quien se precie que le ataje,

a ver si hay quien le aventaje

en juego, en lid o en amores.

***

Por donde quiera que fui,

la razón atropellé

la virtud escarnecí,

a la justicia burlé

y a las mujeres vendí.

Yo a las cabañas bajé,

yo a los palacios subí,

yo los claustros escalé

y en todas partes dejé

memoria amarga de mí.

***

Clamé al cielo, y no me oyó.

Mas, si sus puertas me cierra,

de mis pasos en la Tierra

responda el cielo, no yo.

***

¡Aparta, piedra fingida!
Suelta, suéltame esa mano,
que aún queda el último grano
en el reloj de mi vida.
Suéltala, que si es verdad
que un punto de contrición
da a un alma la salvación
de toda una eternidad,
yo, santo Dios, creo en ti;
si es mi maldad inaudita,
tu piedad es infinita…
¡Señor, ten piedad de mí!

Con DON LUIS

DON LUIS

¡Por Dios que sois hombre extraño!

¿Cuántos días empleáis

en cada mujer que amáis?

DON JUAN

Partid los días del año

entre las que ahí encontráis.

Uno para enamorarlas,

otro para conseguirlas,

otro para abandonarlas,

dos para sustituirlas

y una hora para olvidarlas.

Con DON DIEGO

DON DIEGO

Me matas… Más te perdono

de Dios en el santo juicio.

DON JUAN

Largo el plazo me ponéis.

(Aunque yo siempre preferiré la versión de Tirso de Molina donde el Burlador decía «¡Cuán largo me lo fiáis!»).

Con DOÑA INÉS

DON JUAN

¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más pura la luna brilla

y se respira mejor?

Esta aura que vaga, llena

de los sencillos olores

de las campesinas flores

que brota esa orilla amena:

esa agua limpia y serena

que atraviesa sin temor

la barca del pescador

que espera cantando el día,

¿no es cierto, paloma mía,

que estás respirando amor?

 

***

DOÑA INÉS:

No sé… Desde que le vi,

Brígida mía, y su nombre

me dijiste, tengo a ese hombre

siempre delante de mí.

Por doquiera me distraigo

con su agradable recuerdo,

y si un instante le pierdo,

en su recuerdo recaigo.

No sé qué fascinación

en mis sentidos ejerce,

que siempre hacia él se me tuerce

la mente y el corazón:

y aquí y en el oratorio

y en todas partes advierto

que el pensamiento divierto […].

***

DOÑA INÉS:

Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,

que no podré resistir

mucho tiempo sin morir

tan nunca sentido afán.

¡Ah! Callad por compasión,

que oyéndoos me parece

que mi cerebro enloquece

se arde mi corazón.

¡Ah! Me habéis dado a beber

un filtro infernal, sin duda,

que a rendiros os ayuda

la virtud de la mujer […].

 ***

DON JUAN:

¿Alma mía! Esa palabra

cambia de modo mi ser,

que alcanzo que puede hacer

hasta que el Edén se me abra.

No es, doña Inés, Satanás

quien pone este amor en mí;

es Dios, que quiere por ti

ganarme para Él quizás.

No, el amor que hoy se atesora

en mi corazón mortal

no es un amor terrenal

como el que sentí hasta ahora;

no es esa chispa fugaz

que cualquier ráfaga apaga;

es incendio que se traga

cuanto ve, inmenso, voraz.

Desecha, pues, tu inquietud,

bellísima doña Inés,

porque me siento a tus pies

capaz aún de la virtud.

Sí, iré mi orgullo a postrar

ante el buen Comendador,

y o habrá de darme tu amor,

o me tendrá que matar.

***

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Un comentario

  1.   María Inés dijo

    Fue un disfrute leerlo…gracias!¡

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