William Wordsworth. La inmortalidad de sus poemas

William Wordsworth. Retrato de Benjamin Haydon.

William Wordsworth nació el 7 de abril de 1770 en Cockermouth. Nombre fundamental del prerromanticismo inglés, él y Samuel Coleridge son considerados los mejores poetas ingleses del romanticismo. Al menos comenzaron el movimiento que tanto se extendió en Europa en el siglo XIX. Hoy escojo 4 de sus poemas para celebrar el aniversario de su nacimiento.

Sus Baladas líricas 

Su obra más importante es esta. El título original fue Baladas líricas, con algunos otros poemas. Y se trata de una colección de poemas publicado en 1798 junto con su amigo Samuel Taylor Coleridge.

Dividida en dos volúmenes, contiene algunos de los textos más importantes de su producción. La primera edición contó con cuatro poemas inéditos de Coleridge. Uno de ellos es su obra más conocida: La canción del viejo marinero. Fue, por origen y en esencia, la piedra fundamental de ese romanticismo al que dio salida. Su éxito no fue mucho en aquellos principios, pero el impacto posterior sí resultaría decisivo e influyente.

Estos son cuatro poemas escogidos de su extensa obra: Oda a la inmortalidad, Ella era un fantasma del deleite, Sorprendido por la alegría, y uno de sus Poemas de Lucy.

Oda a la inmortalidad

Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
Que en mi juventud me deslumbraba

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la yerba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porqué la belleza subsiste siempre en el recuerdo…

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufriemiento,
y en la fe que mira a través de la
muerte.

Gracias al corazón humano,
por el cual vivimos,
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer,
puede inspirarme idéas que, a menudo
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.

Ella era un fantasma del deleite

Ella era un fantasma del deleite
cuando por vez primera la vi,
ante mis ojos resplandeciente:
una adorable aparición enviada;
para adornar un instante;
Sus ojos eran como estrellas del creúsculo,
Y del ocaso también sus cabellos oscuros.
Pero todo el resto de ella
provenía de la primavera y su alegre amanecer;
una forma danzante, una imagen radiante
para acosar, sobresaltar y acechar.
La observé más de cerca: un espíritu
¡pero una mujer también!
Leves y etéreos sus movimientos de hogar,
Y su paso era de virginal libertad;
Un semblante en el que se contemplaban
dulces recuerdos, y promesas también;
para cotidiano alimento del ser,
para dolores fugaces, engaños simples,
alabanzas, reproches, amor, besos, lágrimas sonrisas.
Ahora veo con ojos serenos
el mismo pulso de la máquina;
un ser respirando un aire meditado,
una peregrina entre la vida y la muerte,
la razón firme, la templada voluntad,
paciencia, previsión, fuerza y destreza.
Una mujer perfecta,
noblemente planeada para advertir,
para consolar, y ordenar.
Y aún así un espíritu que resplandece
con algo de luz angelical.

Sorprendido por la alegría

Sorprendido por la alegría, impaciente como el viento,
me volví para emprender el regreso.
¿Y con quién, excepto contigo,
enterrada en lo profundo del silencioso sepulcro,
en ese lugar que ninguna vicisitud puede perturbar?
El amor, el amor fiel, en mi mente te recordó,
¿pero cómo pude olvidarte? ¡A través de qué poder,
aún en la más insignificante división de una hora,
me ha engañado, vuelto ciego, ante mi peor pérdida!
Fue el peor dolor que la tristeza alguna vez transportó,
salvo uno, solo uno, cuando me sentí destruido
sabiendo que el tesoro sin igual de mi corazón ya no existía;
que ni el tiempo presente, ni los años no nacidos,
podrían devolver a mi vista ese rostro celestial.

Poemas de Lucy

Extraños arrebatos de pasión he conocido

Ataques arrebatos de pasión he conocido:
y me atreveré a decirlo,
pero sólo al oído del amante,
lo que una vez me sucedió.

Cuando ella me amaba percibía todos los días
frescos como la rosa en junio.
A su casa dirigí mis pasos,
bajo una noche de luna.

En la luna clavé mis ojos,
sobre toda la amplitud de la pradera;
Con paso acelerado mi caballo se acercó
por aquellos caminos tan queridos por mi.

Y ahora llegamos al huerto;
y, a medida que subíamos la colina,
la luna se sumergía en la cuna de Lucy;
Llegó cerca, y todavía más cerca.

En uno de esos dulces sueños me dormí,
¡un noble favor de la naturaleza amable!
Y mientras tanto mis ojos permanecieron
sobre la luna abatida.

Mi caballo pasó; casco a casco
aceleró, y nunca se detuvo:
cuando se colocó debajo del tejado de la casa
inmediatamente, el brillo lunar se redujo.

¡Qué apreciaciones y pensamientos caprichosos pasarán
por la cabeza de un amante!
¡oh Dios mío! dije y lloré,
¡Si Lucy estuviera muerta!

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