Trilogía de Trajano, de Santiago Posteguillo. 19 siglos de la muerte del gran emperador hispano.

Fue entre un 9 y 10 de agosto del año 117 d. C. Regresaba a Roma tras las últimas campañas militares en Oriente después de haber extendido el imperio hasta sus mayores límites. Después de él aquel imperio nunca más volvió a ser tan extenso y poderoso. Ya llevaba tiempo sintiéndose mal, pero fue en aquella colina de la antigua Selina (en la actual Turquía) donde vio el último atardecer. Un ictus lo venía avisando hasta que lo alcanzó. También se dice que alguna mano alevosa (de un sobrino sucesor al que no quisiera señalar y su camarilla) aceleró su deceso.

Pero en cualquier caso, Marco Ulpio Trajano, sevillano de Itálica, primer emperador hispano en Roma, dejó un legado tal que fue, y sigue siendo, recordado como uno de los más grandes emperadores de la Historia. Quizás el más grande. Eso nos contó (y desde luego nos hace creer) Santiago Posteguillo en esta magnífica y redonda trilogía. Así que, en honor al gran Trajano, repasamos las tres largas e intensas novelas que la forman y que deberían ser lectura obligada en institutos y universidades. 

Para empezar…

He leído las dos trilogías de Santiago Posteguillo: la de Escipión el Africano (también extraordinaria) y esta de Trajano. Pero fue antes la de Trajano. Y, aunque me quito el sombrero con ambas, es el emperador sevillano el que se quedó con buena parte de mi más profunda admiración (y también de mi corazón). Quizás por ser de aquí, de la Hispania donde Escipión y Aníbal se las vieron a lo grande mucho antes.

Y yo soy una humilde legionaria oretana, que leyendo con mi corrompido y bastardo latín, a través de los años y siglos he estado con todos en primera línea de combate.  He sido esclava, emperatriz de Roma y de Xeres, gladiatrix, princesa dacia y parta, guerrera sármata y virginal vestal; y los he enamorado, amado, traicionado, odiado, matado y gobernado a todos.

Quizás como mujer me faltó conquistar a Trajano porque, además de compartir fecha de su nacimiento y mi concepción, también compartimos los mismos gustos por actores de buen ver y muchachos pintones. Así que lo conseguí convirtiéndome precisamente en atractivo actor de teatro y príncipe efebo tan seductor como traicionero. 

Los asesinos del emperador

La infancia y juventud de Trajano vienen marcadas por el enorme nombre de su padre y su amistad con Cneo Pompeyo Longinos, su mejor y más leal amigo. Más tarde, Trajano lideraba las legiones en la frontera con Germania cuando le propusieron participar en la conjura para acabar con aquel loco y sanguinario emperador que fue Domiciano Flavio. Domiciano alcanzó límites insospechados de paranoia y crueldad para haber llevado la misma sangre de su padre Vespasiano o su hermano Tito, que tanto consiguieron para Roma.

Y ahí me fui yo primero con Vespasiano y Tito, y con Trajano padre, a examinar tanto la férrea defensa que los judíos plantearon contra sus ejércitos alrededor de Jerusalén. También vi los planos de ese genio de la arquitectura que fue Apolodoro de Damasco para terminar de levantar el anfiteatro Flavio en honor a aquella victoria.

Circo máximo

Seguí con Apolodoro para irme a construir el inmenso puente sobre el Danubio cuando Trajano hijo, ya emperador, nos llamó para bajarles los humos a los dacios del rey DecébaloLo conseguimos una vez y fuimos magnánimos. Pero cuando secuestraron a nuestro valiente y muy querido legado Cneo Pompeyo Longinos, que se sacrificó para dejar a Trajano las manos libres y actuar, ya no mostramos compasión (pero sí todas las lágrimas por su pérdida). Arrasamos Sarmizegetusa y acosamos a Decébalo hasta conseguir su cabeza.

Así que más celebraciones, inolvidables carreras de aurigas en el Circo Máximo con más inolvidables caballos veloces como la luz, naumaquias espectaculares… Y por supuesto luchas de gladiadores. Porque tampoco me separé del pequeño Marcio, conocido en la primera novela, y que aquí ya es el más grande de todos. Con él también, sin quererlo o queriéndolo, participé en conjuras para asesinar a Trajano y después para ayudarlo en misiones secretas que llevé a cabo con la misma eficacia y determinación que Marcio demostró hasta el final, en aquel lejano lugar del mundo al que llegó con su magnífica familia.

La legión perdida

El culmen de maestría en estructura a cuatro bandas y dos tiempos, descripciones, estilo, intensidad y emoción a raudales y sin límite. Porque en un primer tiempo me uní a las tropas de Marco Licinio Craso y sobreviví al desastre de Carras. Pero terminé haciendo un increíble periplo hasta el fin del mundo junto a un compañero de armas de Corduba y nuestro invencible centurión Druso, de Cartago Nova. O a ver quién dice que un cartagenero y un cordobés, con un par, no pudieron plantarse a las puertas de una infinita y lejanísima muralla después de pasar todo lo pasable luchando contra partos, indios, hunos y han.

Y en un segundo tiempo seguí con Trajano. Sobreviví al devastador terremoto en Antioquía en el 115 d. C., llegué a Babilonia y crucé el Tigris y el Éufrates por otro puente ideado por el genio de Apolodoro. No olvidaré haber sitiado y conquistado Cesifonte tras presenciar la cobarde huida del cruel rey parto Osroes. No olvidaré haberme hecho con su trono de oro, ni su bien merecido fin a manos del heredero legítimo de su reino. 

Y no olvidaré no haber podido seguir más allá por ese maldito ictus, el único que doblegó y terminó con el sueño de Trajano. Al menos así no vio lo que ocurrió después con tanto logro, sus hombres y amigos. Porque seguiré echando de menos (y llorando), además de a Longinos, al magnífico jefe de la caballería númida Lucio Quieto. Que todos los dioses lo tengan en su gloria más eterna junto a Trajano por su inmensa valentía, honor y nobleza.

En busca de la tumba de Trajano

Posteguillo remata la faena en unas 40 páginas sobre el viaje propio que hizo hasta Turquía para ir visitar el monumento funerario en Selina (actual Gazipasa). Recordemos que las cenizas de Trajano (que más tarde se perdieron) fueron llevadas a Roma y enterradas bajo la famosa Columna de Trajano, obra también del gran Apolodoro.

Muchas gracias

A Santiago Posteguillo. Por su grandísimo saber hacer de recreación, documentación y narración de esta vívida visión de un fresco histórico sin parangón. Y por devolver a la vida a aquellos hombres y mujeres que hicieron la Historia. En el papel el recuerdo a su memoria sí puede ser inmortal.

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