
Paseándome por el sitio Taringa, en donde el ecléctico caracter de sus posteos puede regalarle a uno un artÃculo sobre psicologÃa para perros, junto a otro sobre la filosofÃa heideggeriana, me topé con un post que realmente me alegró, asà como también me sorprendió en mi ignorancia.
Silvina Ocampo se mereció un post, en donde se publicó un cuento que yo no habÃa leÃdo, y que me agradó hallar. GustarÃa de compartirlo con ustedes, junto a una reseña que el mismo Borges escribió sobre la escritora.
«Como el Dios del primer versÃculo de la Biblia, cada escritor crea un mundo. Esa creación, a diferencia de la divina, no es ex nibilo; surge de la memoria, del olvido que es parte de la memoria, de la literatura anterior, de los hábitos de un lenguaje y, esencialmente, de la imaginación y de la pasión. […] Silvina Ocampo nos propone una realidad en la que conviven lo quimérico y lo casero, la crueldad minuciosa de los niños y la recatada ternura, la hamaca paraguaya de una quinta y la mitologÃa. […] Le importan los colores, los matices, las formas, lo convexo, lo cóncavo, los metales, lo áspero, lo pulido, lo opaco, lo traslúcido, las piedras, las plantas, los animales, el sabor peculiar de cada hora y de cada estación, la música, la no menos misteriosa poesÃa y el peso de las almas, de que habla Hugo. De las palabras que podrÃan definirla, la más precisa, creo, es genial.»
Jorge Luis Borges
Él para otra – Silvina Ocampo
Esperaba verlo pero no inmediatamente, porque hubiera sido demasiado grande mi perturbación. Siempre postergaba nuestro encuentro, por algún motivo que él entendÃa o no. Un simple pretexto para no verlo o para verlo otro dÃa. Y asà pasaron los años, sin que el tiempo se hiciera sentir, salvo en la piel de la cara, en la forma de las rodillas, del cuello, del mentón, de las piernas, en la inflexión de la voz, en el modo de caminar, de escuchar, de colocar una mano en la mejilla, de repetir una frase, en el énfasis, en la impaciencia, en lo que nadie se fija, en el talón que aumenta de volumen, en las comisuras de los labios, en el iris de los ojos, en las pupilas, en los brazos, en la oreja escondida detrás del pelo, en el pelo, en las uñas, en el codo, ¡ay, en el codo!, en la manera de decir ¿qué tal? o realmente o puede ser o ¿a qué horas? o no le conozco. No, Brahms no, Beethoven, bueno, algunos libros. El silencio, que era más importante que la presencia, tejÃa sus intrigas.
Ningún encuentro, que no fuera totalmente absurdo, se producÃa: un montón de paquetes me cubrÃa y él, comiendo pan y empuñando una botella de vino y una de Coca-cola, pretendÃa estrecharme la mano. Invariablemente alguien tropezaba y el adiós resultaba anterior al ¿qué tal?. El teléfono llamaba, equivocado siempre, pero la respiración de alguien correspondÃa exactamente a su respiración, y surgÃan entonces, en la oscuridad del cuarto, los ojos de él, en el color aparecÃa el timbre de aquella voz sin fondo, una voz que la comunicaba con el desierto o con algunas ramificaciones de un rÃo que corre entre las piedras sin llegar jamás a su desembocadura, un rÃo cuyo nacimiento, en las más altas montañas, atraÃa a los pumas o a los fotógrafos que venÃan de muy lejos a ver esas maravillas. Me agradaba ver a personas parecidas a él. Algunas que tenÃan mirada casi idéntica, si entrecerraban los ojos; o un modo de cerrar totalmente los párpados, como si algo doliera.
Me agradaba también hablar con personas que solÃan hablar con él o que lo conocÃan mucho o que irÃan a verlo en esos dÃas. Pero ya el tiempo corrÃa, como un tren que tiene que llegar a destino, cuando el guarda golpea la puerta del pasajero que está durmiendo o anuncia la estación próxima, el término del viaje. TenÃamos que encontrarnos. Tan acostumbrados a no vernos estábamos que no nos vimos. Aunque no estoy segura de no haberlo visto, siquiera por la ventana. En aquella luz tenebrosa de la tarde, sentà que algo me faltaba.
Pasé frente a un espejo y me busqué. No vi dentro del espejo sino el armario del cuarto y la estatua de una Diana Cazadora que jamás habÃa visto en ese lugar. Era un espejo que fingÃa ser un espejo, como yo inútilmente fingÃa ser yo misma.
Entonces sintió miedo de que se abriera la puerta y que él apareciera en cualquier momento y que terminaran las postergaciones que mantenÃan vivo su amor. Se echó al suelo sobre la rosa de una alfombra y esperó, esperó a que dejara de sonar el timbre de la puerta de la calle, esperó, esperó y esperó. Esperó que se fuera la última luz del dÃa, entonces abrió la puerta y entró el que no esperaba. Se tomaron de la mano. Se echaron sobre la rosa de la alfombra, rodaron como una rueda, unidos por otro deseo, por otros brazos, por otros ojos, por otros suspiros. Fue en ese momento cuando la alfombra empezó a volar silenciosamente sobre la ciudad, de calle en calle, de barrio en barrio, de plaza en plaza, hasta que llegó a los confines del horizonte, donde empezaba el rÃo, en una playa árida, donde crecÃan las totoras y volaban las cigüeñas. Amaneció lentamente, tan lentamente que no advirtieron el dÃa ni la falta de noche, ni la falta de amor, ni la falta de todo por lo que habÃan vivido esperando ese momento. Se perdieron en la imaginación de un olvido -él para otra, para otro ella- y se reconciliaron.
