
La escritora argentina Samanta Schweblin se ha convertido en la primera ganadora del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana gracias a su libro de relatos El buen mal, publicado por Seix Barral. El nuevo galardón, que reconoce obra ya editada en el ámbito hispanohablante y en las lenguas cooficiales del Estado, irrumpe con fuerza en el mapa literario por su elevada dotación económica: un millón de euros para la autora premiada.
En una gala celebrada en el Museu Marítim de Barcelona, a pocos días de la Diada de Sant Jordi, el fallo del jurado presidido por Rosa Montero confirmó la condición de favorita de Schweblin, que se impuso a cuatro finalistas de primer nivel: Héctor Abad Faciolince, Nona Fernández, Marcos Giralt Torrente y Enrique Vila-Matas, cada uno recompensado con 30.000 euros. El estreno del premio ha desatado tanto entusiasmo como debate en España y Latinoamérica por su impacto simbólico, económico y político.
Un millón de euros para un libro de cuentos
El buen mal se ha impuesto en la primera edición del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, concebido para distinguir la mejor obra de ficción publicada en 2025 en español o en lenguas cooficiales y posteriormente traducida. A diferencia de otros premios de referencia, no se dirige a manuscritos inéditos, sino a libros ya lanzados al mercado editorial.
La obra ganadora es un volumen de relatos que explora los límites de lo cotidiano y lo extraño, un territorio donde la autora argentina se mueve con soltura desde hace años. El libro abre con la historia de una madre que se ata un peso al cuerpo, se lanza a un lago con la intención de quitarse la vida y, tras sobrevivir al intento, regresa a casa para preparar la cena. Esa tensión entre lo doméstico y lo perturbador marca el tono de un conjunto que se ha descrito como un auténtico catálogo de soledades y vínculos desgastados.
Según la propia Schweblin, los cuentos de El buen mal giran en torno a una misma pregunta: hasta qué punto las fuerzas que nos rodean —familia, sociedad, mandatos culturales— condicionan lo que somos, y si es posible desafiar ese marco para escuchar los deseos propios. Los personajes se mueven en ese instante de quiebre, cuando algo irrumpe en sus vidas y abre la posibilidad de un cambio, para bien o para mal.
El jurado del premio ha subrayado la capacidad del libro para “plasmar nuevos mundos turbadores, fascinantes y complejos” y el modo en que la autora recorre “la frontera entre lo posible y lo imposible con una prosa hipnótica”. En su fallo, definieron la obra como “un libro de belleza inquietante que sitúa la tradición del cuento en su punto más alto”, un elogio que coloca al volumen dentro de la mejor narrativa breve contemporánea en español.
“Premiar la excepción”: la reivindicación del cuento
En el escenario del Museu Marítim, visiblemente emocionada, Schweblin agradeció el galardón y lo interpretó como una apuesta clara por el cuento, un género que con frecuencia queda relegado en los grandes premios internacionales, más volcados en la novela. Recordó que, en esos circuitos, lo habitual es que se distingan novelas una y otra vez y que solo de manera esporádica irrumpan nombres como Alice Munro o Jhumpa Lahiri.
“Este premio da su primer paso premiando la excepción”, señaló la escritora ante el auditorio, subrayando que la elección de un libro de relatos como inauguración del palmarés constituye “una declaración de principios”. Muchos asistentes interpretaron sus palabras como un espaldarazo a la narrativa breve, tradicionalmente considerada menor en el mercado, pese al peso que tiene en la tradición hispanoamericana.
La autora aprovechó su intervención para insistir en el papel de las historias en momentos de inestabilidad global. Recurrió a una imagen muy gráfica: la humanidad como un gran buque en el mar y la literatura como un minúsculo timón que apenas altera el rumbo, pero que con el paso de los días decide a qué continente se llega. No es una fuerza que cambie el mundo de la noche a la mañana, vino a decir, pero sí una herramienta para orientar la mirada colectiva.
También hubo espacio para los agradecimientos personales. Schweblin mencionó a su familia, que le inculcó el hábito lector, y reivindicó de forma explícita la universidad pública y gratuita de Buenos Aires, a la que atribuyó buena parte de su formación literaria. Asimismo, se detuvo en el respaldo de sus editoras, de su agente y de colegas como la propia Nona Fernández, que competía en la final de este mismo premio.
Así fue la gala en Barcelona: entre el show y la alta política
Lejos de una ceremonia discreta, la primera gala del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana apostó por un formato casi de espectáculo. El Museu Marítim de Barcelona, con sus naves góticas, se transformó en una especie de escenario múltiple con cinco espacios escenográficos inspirados en cada uno de los libros finalistas: habitaciones desordenadas, botellas vacías, peluches, objetos cotidianos convertidos en símbolos de los universos literarios en juego.
La presentación corrió a cargo de una pareja poco habitual en este tipo de actos: la exmodelo y presentadora Martina Klein y el periodista Josep Cuní. El tono de la velada osciló entre la gala de premios de cine y el show performativo, con música en directo, intervenciones teatrales y un sobre verde —con el nombre de la ganadora— expuesto sobre un atril durante buena parte de la cena para alimentar la tensión.
Entre las piezas escénicas más comentadas estuvo el monólogo escrito por la dramaturga Alda Lozano e interpretado por la actriz Nieves Soria, que dio vida a Josefina, la abuela de Marcos Giralt Torrente en Los ilusionistas. El libro de Schweblin inspiró una composición para piano ejecutada por Álex Gassent, mientras que la actriz y dramaturga Lola Blasco encarnó en una performance a Ryo, la hija del protagonista de Canon de cámara oscura, de Enrique Vila-Matas.
La chilena Nona Fernández y su novela Marciano estuvieron presentes mediante un dibujo en vivo de Patricio Hidalgo acompañado por la voz del actor y director chileno Benjamin Leiter, que devolvió al escenario al comandante Ramiro, figura central del libro. La coreógrafa ucraniana Alina Sokulska, por su parte, ofreció una pieza de danza inspirada en la guerra de Ucrania, eje narrativo de Ahora y en la hora, la obra de Héctor Abad Faciolince.
La asistencia institucional fue notable: Salvador Illa, president de la Generalitat, acudió junto al alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, y al ministro de Industria y Turismo, Jordi Hereu. También se dejaron ver la consellera de Cultura, Sònia Hernández, y numerosas figuras del ámbito literario y mediático, desde Arturo Pérez-Reverte y Carme Riera hasta Najat El Hachmi o Rosa María Calaf. El ministro de Transportes, Óscar Puente, cuyo departamento tutela la compañía, finalmente no se presentó, pese a estar anunciado.
Un jurado internacional y cuatro finalistas con 30.000 euros
El veredicto que coronó a Schweblin estuvo en manos de un jurado de ocho miembros con fuerte presencia española e hispanoamericana. La presidencia recayó en la escritora y periodista Rosa Montero, acompañada por Pilar Adón, Luis Alberto de Cuenca, Jorge Fernández Díaz, Leila Guerriero, José Carlos Llop y Élmer Mendoza. Como secretarios, con voz pero sin voto, ejercieron los periodistas y críticos Sergio Vila-Sanjuán y Jesús García Calero.
Junto a El buen mal llegaron a la fase final cuatro títulos muy distintos entre sí. Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince (Alfaguara), se basa en su experiencia directa en Ucrania durante la invasión rusa y en el impacto de la muerte de la escritora ucraniana Victoria Amelina. El libro se sitúa a medio camino entre la novela, la memoria personal y el reportaje, con una fuerte carga ética sobre cómo mirar y narrar una guerra.
La chilena Nona Fernández compitió con Marciano (Literatura Random House), resultado de años de visitas a prisión para conversar con Mauricio Hernández Norambuena, el Comandante Ramiro, figura clave del pasado reciente de Chile. El texto, que se interroga por el momento en que los ideales de libertad pueden derivar en violencia armada, ha sido leído como un recordatorio incómodo de la historia política del país.
El escritor español Marcos Giralt Torrente llegó a la final con Los ilusionistas (Anagrama), una reconstrucción de su propia genealogía a partir del intercambio epistolar entre su abuelo, el novelista Gonzalo Torrente Ballester, y Josefina Malvido, su esposa. El libro se presenta como una autopsia familiar que combina ternura y distancia crítica, y en la que el autor se expone a sí mismo mientras revisa las figuras de sus mayores.
El cuarto finalista fue Canon de cámara oscura (Seix Barral), de Enrique Vila-Matas, ambientado en una Barcelona tomada por unos enigmáticos Denver S. La novela sigue a un personaje que intenta armar su propio canon literario al tiempo que lidia con la reaparición de su hija. Los primeros lectores destacan la precisión estilística y la libertad formal, con una erudición que no pierde de vista el humor ni el juego metaliterario.
Cada uno de estos autores se llevó 30.000 euros, además de un impacto de visibilidad nada desdeñable. Está previsto que Aena compre miles de ejemplares de las cinco obras para distribuirlos entre su plantilla repartida por España, Reino Unido, Brasil y México, así como entre bibliotecas, centros educativos y espacios culturales en los lugares donde opera la compañía.
Quién es Samanta Schweblin y por qué su nombre suena en todo el mundo
Con este premio, Samanta Schweblin refuerza una trayectoria que lleva años consolidándose en el panorama internacional. Nacida en Buenos Aires en 1978 y afincada en Berlín desde 2012, estudió Diseño de Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires y se formó literariamente en los talleres de autores como Diego Paszkowski y Liliana Heker, en un circuito de escritura colectiva muy arraigado en Argentina.
Su primer volumen de relatos, El núcleo del disturbio, apareció a comienzos de los años dos mil, tras ganar el Concurso Nacional Haroldo Conti. A ese título le siguieron Pájaros en la boca y Siete casas vacías, libro con el que obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero y que años después merecería el National Book Award a la mejor traducción al inglés.
En el terreno de la novela, Schweblin publicó Distancia de rescate —finalista del Booker Internacional y adaptada al cine por Claudia Llosa— y Kentukis, también nominada a ese galardón en su versión inglesa. Su obra se ha traducido a decenas de idiomas y ha aparecido en medios de referencia como The New Yorker, The Paris Review, The New York Times o Granta, lo que la ha convertido en una de las voces en español con mayor proyección global.
La autora ha explicado en numerosas ocasiones que su interés pasa por explorar la fragilidad de la normalidad, esa superficie aparentemente estable que, en sus relatos, empieza a resquebrajarse por una pequeña grieta: un gesto extraño, una decisión mínima, una irrupción que altera la rutina. Sus personajes, muchas veces atrapados en dinámicas familiares tensas o en entornos opresivos, se enfrentan a miedos que ellos mismos alimentan y que acaban condicionando su libertad.
En entrevistas, Schweblin ha insistido en que considera la normalidad casi una ficción compartida, un pacto provisional para poder convivir, y que le interesa observar qué ocurre cuando ese pacto deja de sostenerse. También ha reflexionado sobre el lenguaje como herramienta ambivalente: le permite controlar cada matiz en la página escrita, mientras que en la oralidad, reconoce, las palabras “se descontrolan” con facilidad. Esa búsqueda de precisión se percibe en la densidad y el ritmo de sus cuentos.
Un premio literario millonario en el centro de la polémica
La aparición del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana no ha pasado desapercibida en el sector del libro europeo y latinoamericano. La combinación de una dotación económica inédita y el hecho de que la impulse una empresa semipública española ha generado un intenso debate sobre su oportunidad, su diseño y sus posibles efectos en el ecosistema editorial.
Aena, primer operador aeroportuario del mundo por número de pasajeros y participada en un 51% por el Estado, ha defendido el galardón como una “musculosa iniciativa de mecenazgo” enmarcada en su estrategia de responsabilidad social corporativa. Su presidente, Maurici Lucena, recordó en su discurso que otras distinciones de prestigio, como el Nobel, el Booker o el Strega, nacieron vinculadas a empresas o fundaciones ajenas al sector cultural.
Sin embargo, las críticas se han centrado en varios flancos. Por un lado, se cuestiona la proporción de la inversión pública destinada a un solo premio literario, que entre ganadora, finalistas y compra masiva de ejemplares supera holgadamente los dos millones de euros. Algunos sectores temen que una cuantía tan elevada pueda distorsionar la percepción de valor en el ámbito editorial, identificando calidad con cifras millonarias.
Otros observadores han apuntado al desequilibrio geográfico en la fase de preselección, en la que una mayoría de críticos y periodistas proceden de medios españoles, en un premio que aspira a abarcar la narrativa de todo el espacio hispanoamericano. También se ha señalado que las cinco obras finalistas proceden de sellos pertenecientes a grandes grupos editoriales, lo que, según estas voces, limita el impacto en la diversidad del ecosistema del libro.
Desde Aena y desde las instituciones colaboradoras —la Fundación Gabo y la Cátedra Vargas Llosa— se insiste en que el propósito del galardón es “fomentar la lectura, apoyar la creación y estrechar lazos literarios entre España y América Latina”. La compañía prevé mantener la dotación en futuras ediciones, celebrar la gala anualmente en Barcelona en torno a Sant Jordi y seguir adquiriendo miles de ejemplares de las obras seleccionadas para distribuirlos en aeropuertos, bibliotecas y centros educativos.
Con un estreno tan sonado, la discusión sobre el Premio Aena va más allá del resultado de esta primera edición y se adentra en preguntas de fondo: qué papel deben jugar las empresas públicas y privadas en la financiación de la cultura, cómo diseñar premios que no refuercen los desequilibrios existentes y de qué manera los galardones pueden contribuir realmente a ampliar el número de lectores y la visibilidad de voces diversas.
Por ahora, el nombre de Samanta Schweblin y de El buen mal queda asociado al punto de partida de esta nueva aventura literaria con sello español. En un contexto de incertidumbre global y tensiones en torno al uso de recursos públicos, el premio se estrena situando en primer plano a una autora de cuentos que lleva años cultivando, con paciencia y sin estridencias, una obra en la que lo raro se cuela en la vida cotidiana y la obliga a mirarse en otro espejo.



