Los mejores y más conocidos poemas de Edgar Allan Poe

poemas de edgar allan poe

Si te gusta la poesía seguro que conoces los poemas de Edgar Allan Poe. Es uno de los autores que más se estudia y se lee, a pesar de los años que tiene ya.

Por eso, en esta ocasión hemos querido hacer una recopilación de algunos de los mejores poemas de Edgar Allan Poe. ¿Quieres echarles un vistazo y ver si coincidimos contigo o si te descubrimos a un nuevo autor?

Quién fue Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe fue un escritor, poeta, periodista y crítico. Nació en Boston, Estados Unidos, en 1809, y falleció en Baltimore, en 1849. Es reconocido como uno de los mejores autores de relato corto, novela gótica y terror, pero en realidad escribió de múltiples géneros.

Su vida no fue muy agradable, sobre todo porque cuando era aún un niño tuvo que vivir la muerte de sus padres. Un matrimonio adinerado de Richmond lo acogió, pero no lo formalizaron como adopción. Se matriculó en la Universidad de Virginia pero solo hizo un año ya que, después, se enroló en el ejército (no estuvo mucho tiempo).

El primer libro de Edgar Allan Poe fue un libro de poemas titulado Tamerlane and Other Poems, que publicó en 1827.

Debido a que necesitaba dinero, decidió trabajar escribiendo en los periódicos, en los que publicaba relatos, o bien críticas literarias. Este trabajo fue lo que le impulsó a ser conocido y le dio la notoriedad que le hacía falta para seguir con esa carrera.

Fue en 1845 cuando publicó el poema más famoso y que más atrajo al público hacia su pluma, El cuervo. Sin embargo, lo cierto es que nos ha dejado un legado literario bastante amplio en cuanto a cuentos (que podemos encontrar de distintos géneros desde macabros, detectivescos, de ciencia ficción, satíricos…); novelas, poesía, ensayos, críticas…

A nivel personal, Edgar Allan Poe se casó en 1835 con su prima, Virginia Clemm, que tenía en esa época 13 años. Sin embargo, ella falleció de tuberculosis en 1847.

Dos años después, en 1849, él también falleció aunque no se sabe bien cuáles fueron las causas.

Los mejores poemas de Edgar Allan Poe

lugares perdidos

Poemas de Edgar Allan Poe hay muchos, porque fue muy prolífico en ese sentido. Pero lo cierto es que, de todos ellos, hay algunos que destacan más que otros.

Aquí te recopilamos algunos de ellos.

El cuervo

cuervo posado en una rama

I

En una noche pavorosa, inquieto

releía un vetusto mamotreto

cuando creí escuchar

un extraño ruido, de repente

como si alguien tocase suavemente

a mi puerta: «Visita impertinente

es, dije y nada más » .

II

¡Ah! me acuerdo muy bien; era en invierno

e impaciente medía el tiempo eterno

cansado de buscar

en los libros la calma bienhechora

al dolor de mi muerta Leonora

que habita con los ángeles ahora

¡para siempre jamás!

III

Sentí el sedeño y crujidor y elástico

rozar de las cortinas, un fantástico

terror, como jamás

sentido había y quise aquel ruido

explicando, mi espíritu oprimido

calmar por fin: «Un viajero perdido

es, dije y nada más ».

IV

Ya sintiendo más calma: «Caballero

exclamé, o dama, suplicaros quiero

os sirváis excusar

mas mi atención no estaba bien despierta

y fue vuestra llamada tan incierta…»

Abrí entonces de par en par la puerta:

tinieblas nada más.

V

Miro al espacio, exploro la tiniebla

y siento entonces que mi mente puebla

turba de ideas cual

ningún otro mortal las tuvo antes

y escucho con oídos anhelantes

«Leonora » unas voces susurrantes

murmurar nada más.

VI

Vuelvo a mi estancia con pavor secreto

y a escuchar torno pálido e inquieto

más fuerte golpear;

«algo, me digo, toca en mi ventana,

comprender quiero la señal arcana

y calmar esta angustia sobrehumana »:

¡el viento y nada más!

VII

Y la ventana abrí: revolcando

vi entonces un cuervo venerando

como ave de otra edad;

sin mayor ceremonia entró en mis salas

con gesto señorial y negras alas

y sobre un busto, en el dintel, de Palas

posóse y nada más.

VIII

Miro al pájaro negro, sonriente

ante su grave y serio continente

y le comienzo a hablar,

no sin un dejo de intención irónica:

«Oh cuervo, oh venerable ave anacrónica,

¿cuál es tu nombre en la región plutónica? »

Dijo el cuervo: «Jamás ».

IX

En este caso al par grotesco y raro

maravilléme al escuchar tan claro

tal nombre pronunciar

y debo confesar que sentí susto

pues ante nadie, creo, tuvo el gusto

de un cuervo ver, posado sobre un busto

con tal nombre: «Jamás ».

X

Cual si hubiese vertido en ese acento

el alma, calló el ave y ni un momento

las plumas movió ya,

«otros de mí han huido y se me alcanza

que él partirá mañana sin tardanza

como me ha abandonado la esperanza »;

dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XI

Una respuesta al escuchar tan neta

me dije, no sin inquietud secreta,

«Es esto nada más.

Cuanto aprendió de un amo infortunado,

a quien tenaz ha perseguido el hado

y por solo estribillo ha conservado

¡ese jamás, jamás! »

XII

Rodé mi asiento hasta quedar enfrente

de la puerta, del busto y del vidente

cuervo y entonces ya

reclinado en la blanda sedería

en ensueños fantásticos me hundía,

pensando siempre que decir querría

aquel jamás, jamás.

XIII

Largo tiempo quedéme así en reposo

aquel extraño pájaro ominoso

mirando sin cesar,

ocupaba el diván de terciopelo

do juntos nos sentamos y en mi duelo

pensaba que Ella, nunca en este suelo

lo ocuparía más.

XIV

Entonces parecióme el aire denso

con el aroma de quemado incienso

de un invisible altar;

y escucho voces repetir fervientes:

«Olvida a Leonor, bebe el nepenthes

bebe el olvido en sus letales fuentes »;

dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XV

«Profeta, dije, augur de otras edades

que arrojaron las negras tempestades

aquí para mi mal,

huésped de esta morada de tristura,

dí, fosco engendro de la noche oscura,

si un bálsamo habrá al fin a mi amargura »:

dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XVI

«Profeta, dije, o diablo, infausto cuervo

por Dios, por mí, por mi dolor acerbo,

por tu poder fatal

dime si alguna vez a Leonora

volveré a ver en la eternal aurora

donde feliz con los querubes mora »;

dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XVII

«Sea tal palabra la postrera

retorna a la plutónica rivera,»

grité: «¡No vuelvas más,

no dejes ni una huella, ni una pluma

y mi espíritu envuelto en densa bruma

libra por fin el peso que le abruma! »

dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XVIII

Y el cuervo inmóvil, fúnebre y adusto

sigue siempre de Palas sobre el busto

y bajo mi fanal,

proyecta mancha lúgubre en la alfombra

y su mirada de demonio asombra…

¡Ay! ¿Mi alma enlutada de su sombra

se librará? ¡Jamás!

(Traducción de Carlos Arturo Torres)

Lenore

¡Oh! ¡La copa de oro está rota! Desapareció su esencia

¡Se fue; se fue! ¡Se fue; se fue!

Suenen, suenen campanas, con ecos plañideros,

Que un alma inmaculada flota sobre el río Estigio.

Y tú, Guy de Vere, ¿qué hiciste de tus lágrimas?

¡Ah, déjalas correr!

Mira, el angosto féretro que encierra a tu Lenore;

Oye los cantos fúnebres que entona el fraile. ¿Por qué murió joven?

Ven a su lado, ven.

Que el cántico mortuorio sea dicho

Fue digna de regir;

Un cántico fúnebre a la que yace inerte,

¿Por qué murió tan joven?

Malditos  los que amabais en ella solamente

las formas de mujer,

Pues su altivez nativa os imponía tanto,

Dejasteis que muriera, cuando el fatal quebranto

Posó sobre su sien.

¿Quién abre los rituales? ¿Quién va a cantar el Réquiem?

Quiero saberlo, ¿quién?

¿Vosotros miserables de lengua ponzoñosa

Y ojos de basilisco? ¡Mataron a la hermosa,

Que tan hermosa fue!

¿Precavimos cantasteis? Cantasteis en mala hora

El Sabbath entonad;

Que su solemne acento suba al excelso trono

Como un sollozo amargo que no suscite encono

En la que duerme en paz.

Ella, la hermosa, la gentil Lenore,

Emprendió el vuelo en su primera aurora;

Ella, tu novia, en soledad profunda

¡Huérfano te dejó!

Ella, la gracia misma ora reposa

En rígida quietud; en sus cabellos

Hay vida aún; más en sus ojos bellos

¡No hay vida, no, no, no!

¡Atrás! Mi corazón late de prisa

Y en alegre compás. ¡Atrás! No quiero

cantos mortuorios,

Porque es inútil ya.

Tenderé el vuelo y al celeste espacio

me lanzaré en su noble compañía.

¡Voy contigo, alma mía, sí, alma mía!

¡Y un pean te cantaré!

¡Silencio las campanas! Sus ecos plañideros

Acaso lo hagan mal.

No turben con sus voces la beatitud de un alma

Que vaga sobre el mundo con misteriosa calma

y en plena libertad.

Respeto para el alma que los terrenos lazos

Triunfante desató;

Que ahora luminosa flotando en el abismo

Ve amigos y contrarios; que del infierno mismo

al cielo se lanzó.

Si el vaso se hizo trizas, su eterna esencia libre

¡Se va, se va!

¡callad, callad campanas de acentos plañideros,

que su alma inmaculada del cielo en los linderos

Tocando está!

Solo

Desde el tiempo de mi infancia no he sido

como otros eran, no he visto

como otros veían, no pude traer

mis pasiones de una simple primavera.

De la misma fuente no he tomado

mi pesar, no podría despertar

mi corazón al júbilo con el mismo tono;

Y todo lo que amé, lo amé Solo.

Entonces -en mi infancia- en el alba

de la vida más tempestuosa, se sacó

de cada profundidad de lo bueno y lo malo

el misterio que todavía me ata:

Del torrente, o la fuente,

Del risco rojo de la montaña,

Del sol que giraba a mi alrededor

en su otoño teñido de oro,

Del rayo en el cielo

cuando pasaba volando cerca de mí,

Del trueno y la tormenta,

Y la nube que tomó la forma

(Cuando el resto del Cielo era azul)

De un demonio ante mi vista.

paisaje oscuro tipico de edgar allan poe

La durmiente

Era la medianoche, en junio, tibia, bruna.

Yo estaba bajo un rayo de la mística luna,

Que de su blanco disco como un encantamiento

Vertía sobre el valle un vapor soñoliento.

Dormitaba en las tumbas el romero fragante,

Y al lago se inclinaba el lirio agonizante,

Y envueltas en la niebla en el ropaje acuoso,

Las ruinas descansaban en vetusto reposo.

¡Mirad! También el lago semejante al Leteo,

Dormita entre las sombras con lento cabeceo,

Y del sopor consciente despertarse no quiere

Para el mundo que en torno lánguidamente muere

Duerme toda belleza y ved dónde reposa

Irene, dulcemente, en calma deleitosa.

Con la ventana abierta a los cielos serenos,

De claros luminares y de misterios llenos.

¡Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto?

¿Por qué está tu ventana, así, en la noche abierta?

Los aires juguetones desde el bosque frondoso,

Risueños y lascivos en tropel rumoroso

Inundan tu aposento y agitan la cortina

Del lecho en que tu hermosa cabeza se reclina,

Sobre los bellos ojos de copiosas pestañas,

Tras los que el alma duerme en regiones extrañas,

Como fantasmas tétricos, por el sueño y los muros

Se deslizan las sombras de perfiles oscuros.

Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto?

¿Cuál es, di, de tu ensueño el poderoso encanto?

Debes de haber venido de los lejanos mares

A este jardín hermoso de troncos seculares.

Extraños son, mujer, tu palidez, tu traje,

Y de tus largas trenzas el flotante homenaje;

Pero aún es más extraño el silencio solemne

En que envuelves tu sueño misterioso y perenne.

La dama gentil duerme. ¡Que duerman para el mundo!

Todo lo que es eterno tiene que ser profundo.

El cielo lo ha amparado bajo su dulce manto,

Trocando este aposento por otro que es más santo,

Y por otro más triste, el lecho en que reposa.

Yo le ruego al Señor, que con mano piadosa,

La deje descansar con sueño no turbado,

Mientras que los difuntos desfilan por su lado.

Ella duerme, amor mío. ¡Oh!, mi alma le desea

Que así como es eterno, profundo el sueño sea;

Que los viles gusanos se arrastren suavemente

En torno de sus manos y en torno de su frente;

Que en la lejana selva, sombría y centenaria,

Le alcen una alta tumba tranquila y solitaria

Donde flotan al viento, altivos y triunfales,

De su ilustre familia los paños funerales;

Una lejana tumba, a cuya puerta fuerte

Piedras tiró, de niña, sin temor a la muerte,

Y a cuyo duro bronce no arrancará más sones,

Ni los fúnebres ecos de tan tristes mansiones

¡Qué triste imaginarse pobre hija del pecado.

Que el sonido fatídico a la puerta arrancado,

Y que quizá con gozo resonara en tu oído,

de la muerte terrífica era el triste gemido!

Annabel Lee

Este es el último de los poemas de Edgar Allan Poe, publicados después de su muerte.

Hace muchos, muchos años

en un reino junto al mar

vivió una doncella que tal vez conozcas

llamada Annabel Lee.

Y esta doncella vivía sin otro pensamiento

que amarme y ser amada por mí.

Ambos éramos niños

en este reino junto al mar

pero amábamos con un amor que era más que amor

yo y mi Annabel Lee

con amor que los alados serafines del cielo

nos envidiaban a ella y a mí.

Y por esta razón, hace mucho tiempo,

en este reino junto al mar

de una nube sopló un viento

que heló a mi amada Annabel Lee.

Y sus parientes de alta cuna vinieron

y se la llevaron lejos de mí

para encerrarla en un sepulcro

en este reino junto al mar.

Los ángeles, descontentos en el cielo,

nos envidiaron a ella y a mí.

¡Sí! Por esta razón (como todos saben

en este reino junto al mar)

el viento salió de la nube por la noche

para helar y matar a mi Annabel Lee.

Pero nuestro amor era mucho más fuerte

que el de aquellos mayores

o más sabios que nosotros.

Y ni los ángeles arriba en el cielo

ni los demonios debajo del mar

jamás podrán separar mi alma del alma

de la hermosa Annabel Lee.

Pues la luna nunca resplandece sin traerme sueños

de la hermosa Annabel Lee

y las estrellas nunca brillan sin que yo sienta los ojos radiantes

de la hermosa Annabel Lee

y cuando llega la marea nocturna, me acuesto justo al lado

de mi amada -mi amada- mi vida y mi prometida

en su sepulcro allí junto al mar

en su tumba junto al ruidoso mar.

(Traducción de Luis López Nieves)


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