Pérez-Reverte acusa a la RAE de rendirse a la presión externa

  • Pérez-Reverte reprocha a la RAE haber pasado de una función normativa firme a una postura más descriptiva y temerosa de parecer elitista.
  • El escritor denuncia que un núcleo de lingüistas impone decisiones basadas en usos de medios y redes, marginando a los académicos creadores.
  • Señala ejemplos como el lenguaje inclusivo, la tilde en "solo" o "guion" y las mayúsculas opcionales como muestra de una normativa "laxa y ambigua".
  • Reconoce los logros económicos y panhispánicos de Muñoz Machado, pero afirma que se ha roto el equilibrio histórico entre creación literaria y técnica lingüística.

Pérez-Reverte y la RAE

El escritor y académico Arturo Pérez-Reverte ha encendido un debate de alto voltaje al cuestionar de forma frontal el rumbo de la Real Academia Española (RAE), presidida por Santiago Muñoz Machado. En un amplio artículo publicado en el diario El Mundo, el novelista sostiene que la institución se ha replegado ante las presiones políticas, mediáticas y de las redes sociales, lo que, a su juicio, se traduce en una normativa cada vez más laxa, ambigua y contradictoria.

Miembro de la RAE desde 2003, el autor cartagenero describe un clima interno muy tenso y dibuja una institución que, según su mirada, ha perdido autoridad cultural y capacidad de liderazgo en el espacio público. Aunque reconoce al actual director méritos como la “salvación económica” y los avances panhispánicos, Pérez-Reverte considera que se ha roto el equilibrio histórico entre creadores y lingüistas que, durante décadas, definió la vida académica.

Un artículo que cuestiona el lema clásico de la Academia

El texto que ha desatado la polémica lleva por título “Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor”, un guiño crítico al tradicional lema de la RAE, acuñado en el siglo XVIII. Con ese encabezado, Pérez-Reverte sostiene que la corporación ha renunciado deliberadamente a ejercer su papel normativo con claridad y firmeza, debilitando la referencia que ofrecía a hablantes y escritores.

Según relata, los plenos de los jueves en la sede académica se desarrollan en un ambiente de discusiones ásperas y enfrentamientos soterrados entre dos formas de entender la institución: por un lado, quienes defienden una concepción normativa firme, vinculada a la tradición literaria; por otro, un sector que apuesta por una lectura más flexible, muy atenta a los usos sociales mayoritarios.

En ese marco, el novelista describe un “proceso siniestro” en el que, a su juicio, se escribe cada vez peor y la Academia termina por legitimar lo que antes consideraba error o incorrección. El resultado, insiste, sería un escenario en el que el hablante queda “sin referencias firmes”, a merced de las modas pasajeras, los titulares llamativos y los giros de las redes sociales.

El académico recuerda sus primeros años en la casa, cuando, según rememora, escuchaba debates de gran altura intelectual entre filólogos como García Yebra o Rodríguez Adrados y escritores como Camilo José Cela o Mario Vargas Llosa. Aquella época, subraya, simbolizaba un “respeto mutuo” entre la creación literaria y la técnica lingüística que, en su opinión, se ha ido diluyendo.

Dominio del sector lingüístico y pérdida de peso de los escritores

Una de las acusaciones más duras del artículo se centra en el reparto de poder dentro de la Academia. Pérez-Reverte sostiene que la voz de los académicos escritores apenas cuenta en la actualidad y que muchos creadores, vivos o recientemente fallecidos, han señalado “errores, empobrecimientos y banalizaciones del idioma” que, según él, han sido tratados como opiniones “respetables, pero irrelevantes”.

Frente a la etapa de directores anteriores —entre ellos Darío Villanueva, citado como ejemplo de ese equilibrio pasado—, el novelista describe una situación en la que “se impone el hecho consumado”: decisiones lingüísticas que llegan ya cerradas a los plenos, sin un debate profundo entre los distintos perfiles que integran la corporación.

El corazón de su reproche se dirige al “núcleo de lingüistas” al que la actual dirección delegaría la mayor parte de las decisiones normativas. Según el escritor, ese grupo utiliza como base argumental titulares periodísticos redactados con descuido y usos masivos en redes sociales, incluso cuando chocan con principios sintácticos, semánticos o estilísticos asentados durante décadas.

A su juicio, esa forma de proceder lleva a que la Academia acepte construcciones y giros que antes habría rechazado, no porque exista una reflexión teórica sólida detrás, sino por la presión de un entorno en el que predomina lo inmediato, lo viral y lo políticamente rentable. La consecuencia, remacha, es una normativa que “no fija, duda” y deja de funcionar como brújula para quienes buscan criterios estables.

El novelista llega a calificar al grupo dominante como “los talibanes del todo vale”, expresión con la que retrata lo que considera una actitud excesivamente permisiva respecto a cualquier uso mayoritario, por vulgar o descuidado que sea. Esa tendencia, afirma, diluye la noción misma de corrección y relativiza la idea de que algunas opciones son mejores —más claras, más precisas, más elegantes— que otras.

Presión política, miedo a parecer elitistas y registro en redes

Otro de los ejes del texto gira en torno a las presiones externas que, según Pérez-Reverte, condicionan las decisiones de la RAE. El escritor sostiene que la institución se ha plegado al “uso mediático o político” del lenguaje y que existe un “miedo instalado” a ser vista como elitista, conservadora o excluyente tanto en España como en el espacio hispanoamericano.

En ese contexto cultural, que define como “hipersensible” y desconfiado hacia toda autoridad, el académico cree que la Academia tiende a optar por posiciones tibias o ambiguas para evitar conflictos con el poder político o con determinados movimientos sociales. Eso explicaría, en su opinión, formulaciones normativas llenas de matices del tipo “depende”, “es válido” o “se recomienda, pero no es obligatorio”.

La crítica se extiende al ámbito de la comunicación institucional. Pérez-Reverte afirma que el equipo responsable de la proyección pública de la RAE vive obsesionado con esquivar la etiqueta de elitista, lo que habría conducido a un registro “cada vez más vulgar”, adaptado al lenguaje de las redes, con respuestas ingeniosas, rápidas y, a menudo, superficiales.

Para el escritor, ese giro comunicativo tiene un “efecto social devastador”: si la institución que históricamente fijaba el estándar del buen uso se aproxima sin reservas al lenguaje informal dominante, muchos ciudadanos dejan de percibir la necesidad de leer a los grandes autores, estudiar gramática o ampliar su vocabulario. El mensaje que se transmite, resume, es que “si todo uso mayoritario termina siendo válido, ¿para qué esforzarse en escribir mejor?”.

En un pasaje particularmente gráfico, el académico asegura que hoy “un tertuliano, youtuber o influencer analfabeto puede ejercer más influencia lingüística que un premio Cervantes”, lo que a su juicio simboliza una inversión preocupante de la autoridad cultural. La Academia, dice, debería ser un contrapeso a esa tendencia, y no limitarse a reflejarla.

Ejemplos concretos: tilde en «solo», «guion», mayúsculas y lenguaje inclusivo

Para ilustrar su diagnóstico, Pérez-Reverte recurre a varios casos recientes que han generado discusión en España y en otros países hispanohablantes. Entre ellos cita los debates sobre la tilde en “solo” (cuando funciona como adverbio), la acentuación de “guion”, el criterio sobre mayúsculas opcionales y, de forma muy destacada, las posiciones de la RAE ante el lenguaje inclusivo.

El novelista ya protagonizó hace unos años una agria polémica sobre la tilde diacrítica en “solo”. En aquella ocasión, defendió mantenerla cuando existiera riesgo de ambigüedad, mientras que la Academia optó por una fórmula intermedia, dejando el uso del acento “al juicio del que escribe”. Ese tipo de ambigüedades normativas, sostiene ahora, erosionan la autoridad académica y generan confusión entre los hablantes.

En su artículo reciente, el académico resume la respuesta de la RAE en estos asuntos como excesivamente tibia, con expresiones como “depende” o “no es obligatorio” replicadas en documentos y consultas públicas. En su opinión, esto alimenta la idea de que no hay criterios claros y que, en última instancia, “casi todo vale” si encuentra suficiente respaldo en el uso cotidiano.

En lo que respecta al lenguaje inclusivo, Pérez-Reverte reconoce que ha existido una “resistencia académica honorable” frente a propuestas impulsadas desde ámbitos políticos, pero considera que esa resistencia no ha ido acompañada de la contundencia que cabría esperar de la principal autoridad lingüística del español. Aquí sitúa una de las principales renuncias de la institución a lo que describe como su “legítima autoridad”.

Más allá de estos ejemplos concretos, el escritor vincula la actitud de la RAE a un fenómeno más amplio: la falta de liderazgo cultural frente a la marea de anglicismos innecesarios, tecnicismos superfluos y empobrecimiento del léxico. Para él, la corporación debería marcar una línea clara frente a estas tendencias, en lugar de limitarse a constatar su expansión.

Silencio institucional, intervención individual y batalla cultural

En el tramo final de su análisis, Pérez-Reverte se detiene en el papel de la Academia en el debate público. Según su relato, ante polémicas lingüísticas con fuerte carga ideológica, la respuesta más habitual de la institución es el silencio o, en su defecto, comunicados extremadamente prudentes que buscan no desagradar a nadie.

El novelista contrapone esa actitud con las intervenciones puntuales de algunos académicos que, a título personal, han defendido posiciones más claras. Cita, por ejemplo, la figura de Javier Marías, al que presenta como alguien que intervino de forma destacada en debates sobre el idioma, asumiendo el coste de exponerse sin contar siempre con un respaldo explícito de la corporación.

Para el escritor, este contraste refleja un problema de fondo: la institución, como cuerpo, renuncia a ejercer plenamente su autoridad, mientras que la responsabilidad de plantar cara al “oportunismo político” y a lo que describe como “ignorancia y estupidez sectaria” recae en iniciativas individuales, con un alcance limitado.

Ese patrón de comportamiento se inscribiría, según su visión, en una estrategia de “cautela diplomática” que coloca a la RAE entre el “silencio administrativo” y la voluntad de “no incomodar” a ningún sector. El coste de esa prudencia, advierte, es la pérdida de peso en la batalla cultural por el sentido y el uso del idioma.

En este punto, Pérez-Reverte enlaza su crítica actual con polémicas previas en las que ya se enfrentó, en público, a instituciones y responsables políticos a propósito de la lengua. Para él, ceder terreno en estas disputas supone dejar el campo libre a actores que no siempre buscan la claridad ni el rigor, sino la ventaja partidista o el impacto mediático a corto plazo.

Reconocimientos a Muñoz Machado y ruptura del viejo equilibrio

Aunque el eje del artículo es marcadamente crítico, el académico dedica varios pasajes a reconocer logros del actual director, Santiago Muñoz Machado. Entre ellos menciona la “salvación económica” de una RAE que, recuerda, atravesó serias dificultades de financiación durante el Gobierno de Mariano Rajoy, así como avances en la proyección panhispánica de la institución.

No obstante, tras ese reconocimiento, el escritor remarca que bajo el mandato de Muñoz Machado se habría roto el “vínculo histórico” entre la creación literaria y la técnica lingüística. Donde antes veía un “exquisito equilibrio” entre lingüistas y escritores, hoy describe una Academia en la que el sector técnico ostenta un dominio casi absoluto.

El propio Pérez-Reverte ya se posicionó hace meses en defensa del director de la RAE cuando este mantuvo un agrio enfrentamiento con el responsable del Instituto Cervantes, Luis García Montero. Entonces, el novelista acusó al Ministerio de Exteriores de querer “meter mano” y “colonizar” la Academia, y arremetió con dureza contra lo que consideraba una injerencia del poder político en la vida de la corporación.

En su reflexión actual, sin embargo, el autor señala que algunas de las críticas planteadas por García Montero sobre la falta de grandes figuras filológicas y la deriva hacia una dirección más gestionaria que intelectual se han visto, en parte, confirmadas por la evolución interna de la RAE. De ahí que hable de “invisibilidad intelectual” de muchos académicos y de la lejanía respecto a los tiempos de grandes discusiones de fondo en los plenos de los jueves.

La conclusión que extrae es que una lengua sin autoridad literaria se vuelve plana, y que una Academia que no escucha a quienes mejor manejan el idioma renuncia a dar el “esplendor” que forma parte de su lema. De ese modo, podría seguir siendo útil en algunos ámbitos técnicos, pero correría el riesgo de volverse, en palabras del propio Pérez-Reverte, “traidora a sí misma”.

Para el veterano académico, el punto crítico que atraviesa la RAE no se limita a un choque de personalidades ni a un episodio pasajero, sino que refleja un debate de fondo sobre qué papel debe desempeñar la institución en pleno siglo XXI. Sus reproches combinan reconocimiento a ciertos logros materiales con una queja insistente sobre la pérdida de autoridad simbólica, la renuncia a fijar criterios claros y la tendencia a acomodarse al ruido de redes y titulares. En esa tensión entre prestigio histórico y adaptación al presente se juegan, según su diagnóstico, tanto el futuro de la corporación como la capacidad del español, en España y en el conjunto del mundo hispano, para mantener un horizonte de claridad, riqueza léxica y ambición literaria frente al todo vale.

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