El periodista y escritor Raúl del Pozo ha muerto en Madrid a los 89 años, cerrando una de las trayectorias más intensas y singulares del periodismo español contemporáneo. Aquel chaval de la serranía de Cuenca que soñó con que el mundo estuviera hecho de noticias y columnas, se despide de la vida tras más de seis décadas contando el país desde la calle, el Parlamento y las noches interminables de Madrid.
Con su fallecimiento se apaga una de las voces más reconocibles del columnismo político y de la crónica literaria en España. Referente de varias generaciones de periodistas, Del Pozo convirtió la capital en un escenario propio, mezclando confidencias, ironía y memoria histórica en artículos que hicieron de la actualidad un género casi novelesco, pero sin perder nunca el pulso informativo.
Infancia en Cuenca y primeros pasos hacia el oficio
Nacido el 25 de diciembre de 1936 en La Torre, junto a Mariana (Cuenca), repetía con sorna que había venido al mundo el mismo día que Jesucristo y Ava Gardner. Creció en una España marcada por la guerra y la posguerra, entre nevazos, ríos fríos y caminos de tierra que recorría para ir a la escuela, mientras cazaba pájaros, espiaba maquis y observaba de reojo a la Guardia Civil que patrullaba aquellos parajes.
Quedó pronto huérfano de madre y, del padre, aprendió lo esencial de la vida rural: elegir el mejor melón, engañar a las truchas en los remolinos del río, leer las huellas de los conejos y aprovechar cada piel para ganarse unos duros. Esa mirada de campesino, atenta a los detalles mínimos, impregnaría después sus textos, donde lo pequeño servía para explicar lo grande.
En la biblioteca municipal de su entorno descubrió a Shakespeare, Quevedo, Espronceda, Pío Baroja o Valle-Inclán. Aquellas lecturas desordenadas le abrieron la puerta de un idioma que ya traía de los resineros y los pastores de la sierra, un castellano duro y limpio que se propuso no contaminar nunca. Él mismo reconocía que el gran empeño de su vida fue mantener intacta la lengua aprendida en su infancia rural.
Durante un tiempo trabajó como maestro rural tras cursar magisterio, oficio en el que tuvo alumnos que años después ocuparían cargos clave en el Estado, como Félix Sanz Roldán. Aquel chico de los montes de Cuenca empezó a intuir que su biografía no iba a ser tranquila: le ocurrían cosas graves en cascada y, como él mismo admitía, de milagro no acabó antes en la cárcel o bajo tierra.
El periodismo se cruzó en su camino como una salida natural para quien quería contar la realidad con la misma intensidad con que la vivía. Cerró la etapa docente y cambió la pizarra por la redacción, decidido a jugárselo todo en el oficio que acabaría definiendo su vida.
Barcelona, hambre, póquer y el salto a Madrid
Su debut profesional se produjo en 1960 en el Diario de Cuenca, donde empezó “a lo que saliera”, escribiendo crónicas y textos de todo tipo. Paralelamente, dio forma a su primera novela, «Hay gorriones en la tumba de Judas» (1961), publicada en una imprenta de Falange en Cuenca: una historia de niños, vagabundos y campo, escrita con rabia campesina y algo de poesía de romero.
Poco después, con apenas unas pesetas en el bolsillo, decidió instalarse en Barcelona sin tener claro el porqué. Tardó dos días en llegar, haciendo autoestop en camiones y durmiendo donde podía. Acabó en una pensión desvencijada del Raval, comiendo de lo que conseguía y sobreviviendo como podía en el Barrio Chino y el puerto, territorio que consideraba suficiente para vivir todas las vidas que necesitaba.
Allí perfeccionó el arte del póquer y el trile a los turistas, se mezcló con una peña desarrapada con más hambre que él y se movió por callejones donde probó la pelea a navaja y las noches de vino malo y pensiones turbias. Se definía como una especie de Jean Genet sin escándalo de chaperos, pero con similar querencia por los márgenes.
En esa época, leía todo lo que caía en sus manos: periódicos olvidados, libros que levantaba de puestos callejeros y volúmenes medio rotos. En uno de esos ejemplares descubrió un texto de César González-Ruano que le deslumbró y le metió prisa por empezar de nuevo. Aquella fascinación fue un punto de giro: sintió que su destino estaba en el corazón periodístico de España.
Sin pensárselo demasiado, en 1964 bajó a Madrid encadenando una Vespa prestada, un tren correo y el coche de una extraña pareja belga que le dio el último empujón hasta la capital. Llegó ligero de equipaje, alquiló una habitación con derecho a cocina en Jacometrezo y salió disparado hacia el lugar donde, por entonces, se cocía el futuro de muchos escritores y periodistas: el Café Gijón.

El Gijón, Pueblo y la forja del reportero
En el Café Gijón se plantó una tarde de invierno de 1964. Desde la barra observó el murmullo de tertulias míticas, reconoció a Cela, a Gerardo Diego, a Buero Vallejo, al Umbral anterior a la fama y a un joven Manuel Vicent. Decidió que no quería salir de Madrid: “Salir de Madrid es un error. Sólo se van los que no han logrado nada”, repetía.
Poco a poco fue haciéndose un hueco entre dos cafés, el Gijón y el Teide, hasta que pudo cruzar palabras y admiraciones con González-Ruano, al que veía llegar cada mañana a escribir con gesto enfermo y concentración absoluta. Aquella figura fue su primer éxtasis periodístico y una brújula de por dónde quería ir su escritura.
El salto profesional definitivo le llegó gracias a José María García, al que llamaba “Butano” como a un hermano mayor. El popular periodista deportivo, que frecuentaba también el Gijón, le dio el consejo clave: “Lleva una buena historia”. Raúl apareció en la redacción del diario Pueblo, en la calle Huertas, con una propuesta muy suya: bajar a las alcantarillas con unos poceros paisanos para contar el peligro de las ratas en Madrid.
De aquella incursión subterránea salió su primer gran reportaje, «Madrid, amenazada por las ratas», acompañado de las fotos de un reportero cojo. Esa pieza le abrió la puerta de una redacción donde pasaría casi una década, protegido por el director Emilio Romero, falangista influyente bajo cuyo paraguas convivían periodistas de todo pelaje ideológico.
En Pueblo, Del Pozo ejerció como auxiliar de redacción, comentarista político bajo el seudónimo Falstaff y corresponsal en plazas clave. Allí perfeccionó la mezcla de talento montés, humor a cuchillo y mirada hacia todas las capas sociales, desde duquesas hasta buscavidas. A la vez, se convirtió en personaje de la noche madrileña, forjando una amistad inquebrantable con el actor Paco Rabal, con quien compartió madrugadas legendarias.
Corresponsalías, viajes y política internacional
Nombrado corresponsal de Pueblo, Emilio Romero lo paseó por el mundo. Cubrió destinos como Moscú, Londres, Lisboa, Buenos Aires o Roma, y se movió entre embajadas, callejones y redacciones extranjeras con el mismo desparpajo que por la Gran Vía. Era enviado especial para grandes acontecimientos y, a la vez, observador de la vida cotidiana allá donde pisaba.
Uno de sus encargos más recordados fue el viaje a Cabo Cañaveral para contar el lanzamiento del Apolo 11 en 1969. Él mismo narraba que, entre cervezas de chiringuito y descuidos, terminó de espaldas al cohete en el momento del despegue. Aun así, la crónica salió brillante, prueba de que su verdadera especialidad era reconstruir lo sucedido con instinto narrativo incluso cuando la realidad le pillaba a contrapié.
En París, donde también vivió una temporada, se mezcló con el ambiente intelectual y noctámbulo de Montparnasse. En el café Le Dôme coincidió con Sartre, Simone de Beauvoir, Richard Burton o Peter O’Toole, nombres que le gustaba citar no por mitomanía, sino por el gusto de haberles observado de cerca desde la mesa de al lado.
Después vendrían Londres y la Portugal de la Revolución de los Claveles. En la capital británica descubrió al Joaquín Sabina de los conciertos pequeños en tabernas mexicanas y locales de rancheras donde también cantaba la periodista Nativel Preciado. En Lisboa, el 25 de abril de 1974, se hinchó a ginjinhas con soldados rebeldes mientras seguía los pasos de un país en plena transformación.
En paralelo, se acercó al Partido Comunista de España y empezó a colaborar bajo seudónimo, «Raúl Júcar», en Mundo Obrero, el órgano oficial del PCE. Fue comunista durante un tiempo largo, aunque no se privó de chocar con Santiago Carrillo en más de una ocasión, hasta llegar a desafiarle verbalmente en una sobremesa tensa en el Hotel Palace, donde le soltó un exabrupto antológico que aún se cita en tertulias periodísticas.
Transición, Parlamento y crónica política
En los años de la Transición democrática, Del Pozo se consolidó como uno de los grandes cronistas parlamentarios y analistas políticos del país. Tras el cierre de Pueblo en 1984, pasó por cabeceras como Interviú, Diario 16, Informaciones y, sobre todo, Mundo Obrero, siempre pegado a la política y al ruido de los pasillos.
En el Congreso ejerció de reportero de escaños, pasillos y cafés cercanos, con un estilo que mezclaba jerga parlamentaria, ironía y una capacidad singular para captar el gesto, el rumor y la frase al vuelo. Sus crónicas del proceso constituyente, los debates de la nueva democracia y los sobresaltos de la vida política son consideradas piezas clave para entender esas décadas.
Entre finales de los setenta y comienzos de los ochenta, participó en la creación del semanario El Independiente, donde llegó a ser director adjunto. Desde allí siguió analizando la política española mientras alternaba la prensa escrita con la radio y la televisión, dos escaparates en los que su carisma y su verbo directo encajaban bien.
Su trayectoria televisiva despegó con fuerza en programas de María Teresa Campos, como Día a día y Cada día, espacios en los que ejerció de tertuliano combativo y de cronista político para una audiencia masiva. En radio, dejó huella en Onda Cero, con colaboraciones en La brújula, Herrera en la Onda y, más recientemente, en Más de uno con la sección «Viva el vino», donde destilaba cada semana su visión socarrona de la actualidad.
También participó en debates televisivos en Antena 3 y Telecinco, en espacios como Espejo Público o La vuelta a El Mundo, y fue director del programa Entre luces en TVE. Aun así, en los últimos años prefería mantenerse al margen de los platós, convencido de que la televisión había perdido espacio para los veteranos: repetía que allí ya no querían “viejos” porque estorbaban.
La etapa en El Mundo y el relevo de Umbral
En 1991 se incorporó al recién nacido diario El Mundo, donde se convirtió en uno de los grandes nombres de su plantilla. Primero publicó durante años la columna La grada de los leones, una referencia del cronismo parlamentario, y en 2007 asumió una tarea simbólica: sustituir a Francisco Umbral en la última página con la columna «El ruido de la calle».
Él mismo veía aquel encargo como un exceso, consciente del peso de la figura de Umbral. Sin embargo, se adaptó con naturalidad, manteniendo su propio tono, más atento a lo que le contaban los demás que a su propia biografía. Mientras Umbral transformaba su vida en literatura, Del Pozo se nutría de las voces ajenas, de los confidentes del poder y de las historias escuchadas en la noche.
En El Mundo vivió también las batallas mediáticas de los años noventa, el llamado “Sindicato del Crimen” y las guerras entre grupos de comunicación. Años después, miraba ese periodo con distancia crítica, admitiendo que todos se habían “desgastado para nada” en enfrentamientos feroces que hoy le parecían una exageración.
Su firma fue crucial en la cobertura de grandes escándalos políticos y de corrupción. En pleno siglo XXI, se adelantó con la exclusiva de los llamados Papeles de Bárcenas en una de sus columnas, y participó en el encuentro entre el tesorero del PP y el entonces director del diario, Pedro J. Ramírez. Siempre se tomaba con humor que el propio director le “robara la fuente”, pero detrás de la broma se intuía el orgullo de haber estado en el corazón de una de las historias clave de la política reciente.
Hasta el final, siguió escribiendo para El Mundo, donde era columnista y cronista parlamentario desde 1991. Su última etapa la marcó esa contraportada diaria en la que convertía movimientos de poder, intrigas y cambios de ciclo en piezas breves, de frases cortas y punzantes, con las que ayudó a varias generaciones de lectores a interpretar la actualidad.
Libros, novelas y ensayos de un periodista literario
Paralelamente a su labor periodística, Del Pozo desarrolló una sólida obra literaria. A partir de los noventa regresó con fuerza a la narrativa con títulos como «Noche de tahúres» (1994), una novela negra inspirada en las timbas ilegales y las madrugadas del Madrid clandestino, o «La novia» (1995) y «Los reyes de la ciudad» (1996), donde seguía explorando el lado canalla y luminoso de la capital.
También firmó «No es elegante matar a una mujer descalza» (1999), «Ciudad levítica» (2001) y, ya en el siglo XXI, «La diosa del pubis azul», escrita junto a Espido Freire, además de novelas posteriores como «El reclamo» (Premio Primavera de Novela), centrada en la memoria de los maquis, o «La primera Manhattan», publicada ya en su madurez.
Su faceta ensayística y de no ficción incluye títulos como «Una derecha sin héroes» y, especialmente, «Los cautivos de La Moncloa», donde diseccionaba el poder, la corrupción y el ambiente del palacio presidencial a partir de anécdotas y retratos. En «A Bambi no le gustan los miércoles» reunió perfiles, a veces elogiosos y otras marcadamente críticos o satíricos, de personajes de la aristocracia, la farándula y el espectáculo.
El contacto con grandes agentes literarios también marcó esa etapa. La influyente Carmen Balcells lo fichó para su agencia y, según contaba él mismo, “lo hizo de oro”. Entre ambos nació una amistad tan estrecha que llegó a saltarse las normas de una clínica de adelgazamiento para colarle a escondidas un bocadillo de jamón de primera, detalle que le costó la expulsión del centro pero que él siempre recordaba con una carcajada.
No faltaron tampoco las biografías en su bibliografía: escribió sobre Massiel, Santiago Bernabéu y Manuel Benítez ‘El Cordobés’, a quien retrató en Un ataúd de terciopelo con una libertad tal que el torero le juró venganza. En ese libro relataba, entre otras excentricidades, un vuelo en avioneta sobre la Mezquita de Córdoba mientras ambos fumaban hachís, historia que alimentó todavía más la leyenda del personaje y de su autor.
Su figura terminó cristalizando también en libros escritos sobre él. En 2020 se publicó la biografía novelada «No le des más whisky a la perrita», de Jesús Úbeda y Julio Valdeón, donde se recogen muchas de las anécdotas que jalonan una vida que parece necesitar varias biografías para contarse entera.
Vida nocturna, tertulias y el Madrid de Raúl
Si algo definió buena parte de su biografía fue la noche madrileña. Desde los años del franquismo, pasando por la Transición y la modernidad democrática, Del Pozo fue un habitual de bares, clubes y cafés donde se mezclaban periodistas, poetas, actores, policías y buscavidas. El pintor José Luis Fajardo recordaba aquellos tiempos en locales como Carrusel o El Comunista, donde cualquier madrugada podía acabar en anécdota digna de un libro.
En una de esas noches, un grupo fue retenido a punta de pistola al grito de “¡Policía!”. Raúl, que venía de Pueblo, reaccionó rápido y evitó que el incidente acabara peor. Años después, se supo que quien les encañonaba era el temido Billy el Niño, agente policial acusado de torturas durante el franquismo. Este tipo de episodios, a medio camino entre la novela negra y la crónica política, acompañaron siempre su leyenda.
Fue también un clásico de la tertulia del Café Gijón, en la llamada Tertulia de los Cómicos, junto a Manuel Vicent, Manuel Alexandre, Álvaro de Luna, José Luis Coll y otros personajes de la cultura y la judicatura. Allí mezclaban chanzas, literatura y análisis político en reuniones que hoy forman parte del imaginario cultural de Madrid.
Con el paso del tiempo, sin embargo, dejó de ir al Gijón. Decía que el café se había convertido en “una morgue”, llena de fantasmas de amigos muertos que se le aparecían en los espejos. Entonces cambió de escenario y se instaló en el Mesón Lucio, donde empezó a “apadrinar” a periodistas jóvenes, corresponsales, escritores y hasta algún exconvicto, invitándoles a comer y abriendo conversación sin dar nunca lecciones explícitas.
De aquellos encuentros nació una tribu periodística heterogénea con nombres como Arturo Pérez-Reverte, David Gistau, Manuel Jabois o Eduardo Galán. Una noche, entre vinos, fundaron el Premio de Periodismo de Opinión Raúl del Pozo, sin dotación económica pero con ganadores de primer nivel —Manuel Vicent, Enric González, Sol Gallego Díaz, Carlos Alsina, Esther Palomera, Ignacio Camacho, Javier Cercas, entre otros—. El propio Raúl se sorprendía de la repercusión: “No damos más que un diploma y un entrecot y salimos en todos los periódicos”, decía riendo.
Reconocimientos, atentado frustrado y premios
Una trayectoria tan extensa y visible también tuvo momentos oscuros. En octubre de 2000, la Policía desactivó un paquete bomba con 170 gramos de pólvora dirigido a él en la estación de Chamartín. El autor, Eduardo García Macías, vinculado a grupos anarquistas, fue condenado en 2004 a cuatro años de cárcel. El propio Del Pozo, acostumbrado a navegar en aguas políticas turbulentas, asumió el episodio con el mismo fatalismo irónico con que miraba casi todo.
A lo largo de su carrera recibió los principales galardones del periodismo español: el Premio de Periodismo Pedro Rodríguez, el Francisco Cerecedo, el González-Ruano, el Mariano de Cavia y el premio ABC Cultural & Ámbito Cultural, entre otros. También fue distinguido con el Premio Manuel Sanmartín, el Premio de Comunicación Ciudad de Marbella, el Premio del Club Internacional de Prensa y el Premio Comunicador del Año de la revista GQ.
A nivel institucional, estaba en posesión de la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha (2017) y la Medalla de Honor de Madrid (2022). Para el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, era “un castellanomanchego ejemplar”, dueño de un estilo inconfundible, una mirada profunda y una honestidad a prueba de presiones.
En 2025 recibió además el Premio de Periodismo Joaquín Romero Murube, otorgado por el diario ABC de Sevilla por un artículo sobre los hermanos Machado, muestra de su interés permanente por la literatura y la memoria cultural española.
Su relación con los premios nunca fue solemne: aceptaba los reconocimientos, pero recelaba del halago. Se definía supersticioso como un torero y desconfiado como un campesino, y prefería reírse de los honores antes que pavonearse con ellos. A pesar de ello, era consciente de que había llegado a la cima de la profesión, algo que asumía más como una consecuencia de la obstinación que como una meta buscada.
En el mundo del periodismo, su nombre dio título al Premio Raúl del Pozo de columnismo, creado hace más de una década, que distingue cada año a firmas destacadas de la prensa española. Ese galardón, más allá de su formalidad, simboliza el reconocimiento de sus colegas a un estilo que supo convertir la columna en un género literario sin perder nunca el olfato noticioso.
Una biografía sentimental: amistades, juego y familia
La vida de Del Pozo estuvo marcada por amistades intensas y una relación permanente con el juego. Fue asiduo del Casino de Torrelodones, donde podía perder miles de euros en pocos minutos en la ruleta y echar luego la culpa, medio en broma, a la mala suerte de los compañeros de mesa. En los años setenta compartió rachas y ruletas con Lola Flores, que improvisaba espectáculos en las escaleras del casino para conseguir taxi y seguir la fiesta cuando ya no quedaba dinero.
Entre sus amistades figuraban Arturo Pérez-Reverte, Jesús Quintero, Carmen Rigalt, Ana Rosa Quintana, Federico Jiménez Losantos, José María García o Antonio García Ferreras. También estableció lazos de confianza con dirigentes políticos de signos distintos, desde José María Aznar, a quien defendió con más empeño que fe, hasta José Luis Rodríguez Zapatero, protagonista de parte de los retratos reunidos en A Bambi no le gustan los miércoles.
En lo personal, siempre repetía que tres mujeres habían marcado su vida: su madre, su hermana y su esposa, la italiana Natalia Ferraccioli. Con Natalia, de raíces sicilianas, compartió más de medio siglo. Cuando ella falleció en 2018, escribió un artículo que muchos consideran el texto más íntimo de su carrera. Desde entonces, la hipocondría se le acentuó, aunque confesaba que le salvaban el periodismo y la orquesta de amistades que lo rodeaba.
Vivía rodeado de libros y recuerdos, con una perrita blanca que le acompañaba en el jardín de su casa y un móvil cuyo tono de llamada era un ladrido de perro. Ese “guau, guau” podía anunciar tanto la llamada de un expresidente como la de un poeta, un rey destronado, un compañero o su psiquiatra de confianza. Era célebre también por colgar el teléfono de forma abrupta, dejando al interlocutor en el aire con la última frase recién soltada.
Su elegancia desenfadada se concretaba en camisas rosas, un Jaguar negro con asientos de piel crema y el gesto, casi ritual, con el que paraba taxis: lanzaba la mano al aire dibujando un derechazo taurino. Pese a los símbolos de éxito, siguió llevando en los bolsillos fajos de billetes arrugados y evitando las tarjetas de crédito, como si siguiera siendo el muchacho de Cuenca que bajaba a Madrid con lo justo.
Reacciones a su muerte y capilla ardiente en Madrid
La noticia de su fallecimiento, adelantada por El Mundo, desató un aluvión de mensajes de admiración y despedida desde el mundo del periodismo, la política y la cultura. En el propio diario, el escritor y periodista Antonio Lucas le dedicó un obituario en el que lo definía como “el último bucardo del periodismo, después de mil vidas”, subrayando su condición de gran cronista político, escritor valiente y dueño de una biografía extraordinaria.
Desde las redes sociales llegaron palabras de reconocimiento de colegas, lectores y dirigentes. El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, destacó que con su muerte desaparece “una estirpe de periodistas que hicieron de Madrid un género literario”, y añadió que deja su huella en varias generaciones de profesionales y lectores.
El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, lo calificó como “un castellanomanchego ejemplar” que llevó con orgullo la medalla de oro de su región, resaltando su estilo singular, su profunda mirada sobre la realidad y una honestidad que, en su opinión, permaneció intacta a lo largo de los años.
También la Casa Real le dedicó unas líneas en las que lo describía como “escritor de periódicos, periodista de la mejor literatura, corresponsal, enviado especial, reportero siempre”, alguien que supo combinar las lecturas más exigentes con la experiencia de “haber atravesado calles, sombras y la orilla de todos los márgenes”. Subrayaban que se marcha “el joven reportero de corazón que sentía que tocaba el cielo con las manos al publicar en primera” y enviaban un abrazo a su familia y amigos.
Desde el Ayuntamiento de Madrid, el alcalde José Luis Martínez-Almeida recordó que Del Pozo era medalla de honor de la ciudad y “maestro de cronistas”, un periodista que amó Madrid y dedicó su vida a contar historias que marcaron a varias generaciones. Su muerte, apuntó, deja un hueco importante en la memoria colectiva de la capital.
Capilla ardiente, legado y última generación de reporteros
Según ha confirmado El Mundo y la Asociación de la Prensa de Madrid, la capilla ardiente de Raúl del Pozo se instalará en la Casa de la Villa de Madrid, en el Patio de Cristales de la antigua sede del Ayuntamiento. Estará abierta desde las 9.30 hasta las 21.00 horas, para que compañeros, amigos, lectores y representantes institucionales puedan despedirse.
Socio vitalicio de la APM y figura central del gremio, su desaparición se produce pocos días después de la muerte de otro periodista clave de la Transición, Fernando Ónega, lo que ha alimentado la sensación de que se va cerrando una generación de reporteros que vivieron el oficio como un territorio de riesgo, aventura y compromiso narrativo.
Del Pozo fue considerado uno de los grandes referentes del columnismo político. Para el director de El Mundo, Joaquín Manso, “nadie como él supo vivir como reportero y escribir como gran narrador”. Esa doble condición —la del periodista que pisa calle y la del escritor que pule cada frase— es la que muchos destacan hoy como su mejor legado.
Su influencia se percibe en varias promociones de periodistas y escritores que se formaron leyéndolo o escuchándolo en tertulias. Algunos, como el propio Manuel Vicent, reconocen que sus hijos decidieron dedicarse al periodismo por culpa, o gracias, a la fascinación que despertaba la figura de Raúl y la idea de que el oficio podía ser una mezcla de bohemia, literatura y rigor informativo.
Entre instituciones, compañeros y lectores existe un consenso amplio en considerarlo uno de los últimos representantes de una época del periodismo español en la que la crónica parlamentaria, las columnas de contraportada y las noches de redacción eran el centro de la vida pública. La suya fue una escritura valiente, sin cálculo excesivo sobre las consecuencias de cada párrafo, que buscaba llegar al lector como un directo a la mandíbula.
La muerte de Raúl del Pozo cierra el recorrido de un periodista que convirtió su vida entera en materia de crónica sin ponerse nunca en el centro del relato, prefiriendo que hablaran los personajes, los bares, las ciudades y los parlamentos que recorrió. De la aldea de Cuenca a la contraportada de un gran diario nacional, de las timbas clandestinas a los premios más prestigiosos, su trayectoria resume el paso de una España rural y áspera a un país moderno que él contó con ironía, dureza y pasión por el idioma. Su ausencia deja un hueco difícil de llenar en el paisaje mediático, pero también un legado de textos, anécdotas y lecciones implícitas sobre un oficio que, para él, nunca fue sólo un trabajo, sino una forma de estar en el mundo.
