Muere Cees Nooteboom, el gran viajero de la literatura europea

  • El escritor neerlandés Cees Nooteboom ha fallecido a los 92 años en su casa de Sant Lluís, en Menorca.
  • Figura clave de la literatura europea de posguerra, alternó novela, poesía, ensayo y libros de viaje.
  • Mantuvo un intenso vínculo con España, especialmente con Menorca y el Camino de Santiago.
  • Su obra, marcada por la guerra, el viaje y la identidad europea, fue galardonada con premios internacionales como el Formentor.

Autor neerlandés fallecido

El escritor neerlandés Cees Nooteboom ha muerto a los 92 años en su casa de Sant Lluís, en la isla de Menorca, donde pasaba grandes temporadas desde hacía décadas y donde había encontrado su refugio mediterráneo. La noticia la han confirmado su editorial neerlandesa, De Bezige Bij, y su sello de referencia en España, Siruela, que han destacado la serenidad con la que el autor afrontó sus últimos días.

Considerado uno de los autores europeos más influyentes de la posguerra, Nooteboom fue poeta, novelista, ensayista, cronista de viajes y traductor. Su nombre figuró durante años entre los candidatos recurrentes al Nobel de Literatura, aunque el galardón nunca llegó, algo a lo que restaba importancia con una ironía muy suya.

Un adiós sereno en Menorca

Escritor vinculado a Menorca

Según comunicó Siruela, Nooteboom falleció «en paz y tranquilidad» en su querida Menorca el pasado 11 de febrero, a orillas de ese Mediterráneo que él mismo describía como una especie de monasterio íntimo. Vivía entre Países Bajos, Alemania y España, pero en la recta final de su vida se instaló de manera estable en la isla balear junto a su esposa, la fotógrafa Simone Sassen, cuando su salud empezó a resentirse.

La editorial española lamentó públicamente la pérdida y subrayó que extrañarán su amistad, su erudición y su particular sentido del humor, rasgos que también destacaban quienes le trataron de cerca. Para muchos lectores y críticos, la imagen de Nooteboom está ya inseparablemente unida a las calles tranquilas de Sant Lluís y al paisaje menorquín, escenario silencioso donde escribió una parte decisiva de su obra tardía.

Su vínculo con Baleares venía de lejos. En los años sesenta, encontró primero refugio en la Serra de Tramuntana, en Mallorca, huyendo del ruido del continente. Con el tiempo fue alternando estancias en Mallorca y Menorca, hasta que esta última se convirtió en su hogar simbólico y creativo. Él mismo reconocía que «es el lugar donde he escrito buena parte de mis libros y poemas».

Queda pendiente de publicación una recopilación de sus crónicas sobre España, desde los años cincuenta hasta la actualidad, que verá la luz en Siruela bajo el título previsto de España interminable. Crónicas de un viajero. El volumen, en preparación antes de su muerte, aspira a condensar más de medio siglo de mirada atenta sobre la realidad española.

Infancia marcada por la guerra y fe católica

Nacido como Cornelis Johannes Jacobus Maria Nooteboom en La Haya en 1933, creció en el seno de una familia católica de clase acomodada. Su infancia quedó profundamente herida por la Segunda Guerra Mundial: su padre murió en 1945 durante un bombardeo en La Haya y la casa familiar quedó reducida a un montón de escombros que él recordaría siempre como «una montaña irreconocible de piedras».

La madre volvió a casarse pocos años después y su padrastro, profundamente religioso, decidió enviar al joven Cees a internados católicos en Venray y Eindhoven, donde estudió con franciscanos y agustinos. A pesar de que fue expulsado de varios centros, de allí se llevó el latín, el griego y una cultura clásica que marcaría de forma duradera su obra literaria, tanto en los temas como en las referencias mitológicas y filosóficas.

Esa mezcla de trauma bélico y formación religiosa se filtró en su escritura como una reflexión constante sobre la fragilidad de Europa, la culpa y el naufragio histórico. Veía el continente como un lugar que debía reconstruirse una y otra vez sobre sus propias ruinas, y convirtió esa intuición en uno de los ejes de su literatura.

Antes de consagrarse por completo a los libros, trabajó de joven en un banco, entre los 17 y los 19 años, llevando dinero a ancianas de la alta sociedad mientras soñaba con otra vida. Le gustaba recordar cómo se desviaba de la ruta para pararse junto a un arroyo en el bosque y quedarse allí pensando, sin escribir todavía una sola palabra, como si la escritura hubiese empezado en esa especie de absentismo silencioso.

De carácter inquieto, abandonó los estudios reglados y muy pronto se echó a la carretera. Recorrió Europa haciendo autostop y comenzó a entender que su verdadera universidad sería el mundo, no un aula. De aquellos viajes iniciáticos surgió no solo su vocación de escritor, sino también una forma de vida nómada que nunca abandonó del todo.

El nacimiento del escritor viajero

A los 22 años publicó su primera novela, Philip y los demás (también conocida como Philip y los otros), un libro impregnado de esos trayectos por Europa y de la sensación de desarraigo de un joven que busca amor, identidad y sentido en movimiento constante. La obra rompía con el realismo dominante en los Países Bajos de la época y se acercaba más a la fábula y al sueño, con un narrador que miraba el mundo desde la distancia del viajero.

Poco después debutó en poesía con Los muertos buscan un hogar, y en 1956 comenzó a ejercer como reportero de viajes, relatando entre otras cosas la Revolución húngara contra la invasión soviética. Aquellos años inauguraron una doble vía que no abandonaría: por un lado, la poesía más íntima; por otro, el periodismo literario que lo llevó a cubrir acontecimientos clave del siglo XX.

En sus crónicas, Nooteboom escribió sobre Budapest en 1956, el Muro de Berlín en 1963, el Mayo del 68 en París, la Sudamérica posterior a la revolución cubana y, décadas más tarde, la caída definitiva del Muro en 1989 y el nacimiento de la Alemania reunificada. Él mismo resumía aquella etapa diciendo que se dedicó a escribir «sobre el mundo y sobre lo que veía en mis viajes».

Durante un tiempo, tras la publicación de El caballero ha muerto (1963), novela experimental que consideraba un fracaso, apartó la narrativa larga para centrarse sobre todo en los libros de viajes. Esa retirada momentánea de la novela le permitió consolidar una voz de cronista cosmopolita, atento tanto a los grandes sucesos históricos como a los pequeños detalles cotidianos.

Su vida y su obra fueron, desde entonces, las dos caras de una misma moneda: viajar y escribir se convirtieron en un único gesto. Él mismo lo resumió en una frase que repetía a menudo: «Desde entonces, viajar y escribir ha sido mi vida».

Consagración internacional y la novela Rituales

El regreso triunfal de Nooteboom a la narrativa llegó en 1980 con Rituales, la novela que le otorgó reconocimiento internacional y lo colocó definitivamente en el mapa de la gran literatura europea. El libro, que fue traducido a más de una decena de idiomas y llevado al cine, entrelaza tres historias atravesadas por el azar, el destino y la búsqueda de sentido en un mundo donde las viejas certidumbres se desmoronan.

En Rituales, Nooteboom abordaba temas como la identidad entendida como máscara, la espiritualidad más allá de las religiones y una visión circular del tiempo, cercana a ciertas lecturas filosóficas de la historia europea. Para muchos críticos, fue la demostración de que podía unir su mirada de viajero con una arquitectura narrativa compleja.

Después llegarían La historia siguiente (1991), que se convirtió en un gran éxito en Alemania y le valió el Premio Europeo Aristeion de Literatura, así como otras novelas como El día de todas las almas, Perdido el paraíso, Una canción del ser y la apariencia o el volumen de relatos Los zorros vienen de noche, donde seguía interrogándose sobre memoria, vida, muerte y paso del tiempo.

Mientras tanto, en su propio país, los críticos no siempre fueron generosos, una paradoja habitual en su trayectoria. Mientras en los Países Bajos se le juzgaba con cierta dureza, fuera de sus fronteras acumulaba premios y reconocimientos. Él prefería tomarse esas tensiones con distancia e ironía, y en una entrevista llegó a decir que «escribir es, al fin y al cabo, mortalidad aplazada».

En el ámbito europeo, se consolidó como una de las voces más originales de la posguerra: cronista de un continente en transformación, intérprete de sus ruinas y sus resurrecciones, y maestro en mezclar la reflexión metafísica con la experiencia muy concreta del viaje.

España como casa literaria

Si hubo un país, fuera de los Países Bajos y Alemania, que marcó a Nooteboom, ese fue España. Desde 1954 no hubo prácticamente un año en que no pisara territorio español, ya fuera para residir temporadas largas en Menorca, para impartir conferencias o para explorar rincones menos transitados del mapa peninsular.

Su relación con la cultura española fue intensa y múltiple. Tradujo poesía de autores como Antonio Machado, Jaime Gil de Biedma o César Vallejo, colaboró con medios como EL PAÍS y mantuvo amistad con escritores, traductores y editores españoles y catalanes. En Cataluña, por ejemplo, dejó títulos en catalán como La següent història, Perdut el paradís o Desviació a Santiago, publicados por editoriales locales.

El libro que quizá mejor condensa esa cercanía es El desvío a Santiago, un clásico de la literatura de viajes en el que reunió sus múltiples trayectos por el Camino de Santiago y otras rutas españolas, a menudo acompañado por Simone Sassen. El volumen, traducido a numerosos idiomas, fue definido por algunos críticos como «bueno para Nooteboom y bueno para España», por la forma en que proyectaba una imagen compleja y fascinada del país.

En otras obras, como Hotel Nómada, Noticias de Berlín, El azar y el destino o Venecia. El león, la ciudad y el agua, se percibe también la huella española, ya sea en pasajes ambientados aquí o en la mirada comparativa con otros lugares del mundo. Él mismo señalaba que, aunque el país hubiera cambiado mucho desde la grisura de los años cincuenta, seguía encontrando en España aquello que buscaba, aunque ya no se compartiera el pan y el vino en los trenes como antes.

Menorca, en particular, se convirtió en el epicentro sentimental de su relación con España. Allí escribió libros como Lluvia roja o 533 días, diarios y apuntes de un hombre que observaba el mundo desde la calma insular, rodeado de cactus que, según bromeaba, eran sus mejores amigos en tiempos de redes sociales.

Premios, reconocimientos y eterno candidato al Nobel

A lo largo de las décadas, Nooteboom acumuló una larga lista de galardones que daban idea de la huella que dejaba su obra. Entre ellos, destacan el Premio P.C. Hooft (2004), el máximo reconocimiento de las letras neerlandesas, el Premio Europeo Aristeion de Literatura (1993), el Premio Bordewijk (1981) o el Pegasus de Literatura (1982).

En el ámbito internacional, recibió el Premio Europeo de Literatura, el Premio Estatal Austriaco de Literatura Extranjera, la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid (2003), el Premio Europeo de Poesía (2008), el Premio de Literatura Neerlandesa (2009) y el prestigioso Premio Chatwin (2010), considerado el gran galardón de la literatura de viajes.

En 2020 se le concedió el Premio Formentor de las Letras, que subrayó su condición de «autor universal» y de escritor que había hecho del nomadismo una actitud filosófica, estética y espiritual. Por las restricciones de la pandemia, no pudo desplazarse a la isla mallorquina para recogerlo en persona, pero en sus palabras de agradecimiento recordó que Menorca, vecina de Formentor, era el lugar donde había escrito gran parte de su obra.

Francia lo nombró Caballero de la Legión de Honor y Alemania lo distinguió como Doctor Honoris Causa por la Freie Universität de Berlín. Estas distinciones visualizan hasta qué punto su figura era apreciada en las grandes tradiciones culturales del continente.

Durante años, su nombre sonó con insistencia en las quinielas del Premio Nobel de Literatura. Él, sin embargo, prefería esquivar el tema: en una entrevista aseguró que «toda palabra empleada en hablar de este tema es tiempo perdido», una forma elegante de quitarle hierro a una expectativa que nunca llegó a materializarse.

Un escritor de muchos géneros y una sola obsesión

Nooteboom se definía sobre todo como poeta, quizá porque, como él mismo lamentaba, la poesía neerlandesa es de las menos traducidas y sentía que ahí residía el corazón de su trabajo. Sin embargo, su producción abarcó prácticamente todos los géneros: novela, relato, ensayo, diarios, crónicas de viaje, crítica de arte e incluso letras para canciones.

Fue también un activo traductor de poesía española, catalana, francesa, alemana y de teatro norteamericano, mediando entre tradiciones literarias y reforzando ese carácter de puente cultural que lo definía. Su prosa, incluso en los libros de viajes, conservaba siempre una cadencia poética y una atención muy minuciosa al lenguaje.

Entre sus ensayos y crónicas destacan títulos como Hotel Nómada, Cartas a Poseidón, Noticias de Berlín o El azar y el destino. En ellos reflexiona sobre la vida cotidiana, los mitos antiguos, la política europea, los paisajes urbanos y naturales, y el modo en que el tiempo y la memoria moldean nuestra percepción del mundo.

Su monumental proyecto Tumbas, realizado junto a Simone Sassen, reúne semblanzas y fotografías de las sepulturas de escritores y poetas como Julio Cortázar, Antonio Machado, Robert Louis Stevenson, Yasunari Kawabata o Percy Shelley. Más que un catálogo de tumbas, el libro se convirtió en un viaje sentimental por sus «muertos amados» y en una meditación visual y escrita sobre la posteridad.

En una frase que repetía como declaración de principios, afirmó: «Mi vida es poesía. Y viajes. Inventar historias y narrarlas». Esa combinación de movimiento físico y exploración interior fue el hilo conductor de un catálogo que supera con facilidad el medio centenar de títulos.

Testimonios, traducciones y relación con el mundo hispano

La huella de Nooteboom en el ámbito hispano tiene también mucho que ver con el trabajo de sus traductores. Isabel Clara Lorda, responsable de verter al castellano una veintena de sus libros —muchos de ellos en Siruela—, confesaba estos días sentirse desolada tras la noticia de su muerte. Recordaba que Nooteboom estaba presente en su vida desde la infancia y que había sido amigo de sus padres.

Lorda explicaba que, al traducir tanto de su obra, acabó «apropiándose» de su pensamiento, de su voz y de su ironía, hasta el punto de que la relación traductor-autor se convirtió en un largo viaje mental compartido. Su contacto personal con él se fue reduciendo conforme empeoraba la salud del escritor, hasta que las conversaciones quedaron limitadas a llamadas con Simone Sassen.

Desde el mundo académico y literario en España se ha subrayado estos días su papel como hispanista por convicción. Pasó por ciudades como Barcelona, Madrid o Santander, donde participó en ciclos de conferencias organizados por instituciones como la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, y siempre mostró una atención especial a la política española y catalana.

Colegas y críticos destacaron de él una mezcla poco habitual de erudición y cercanía. El escritor mexicano Juan Villoro llegó a decir que, «si la perplejidad fuera un oficio, Nooteboom sería el mayor profesional del gremio», una forma de resumir su mirada siempre abierta, dispuesta a dejarse sorprender por lo que encontraba en cada viaje.

Esa misma actitud impregna muchos de sus libros de viaje, donde alterna la observación minuciosa con la reflexión filosófica, y donde los paisajes de España, América Latina, Asia o África se convierten en escenarios para pensar el paso del tiempo, la identidad y la historia reciente del mundo.

Viajes, humor y una filosofía de la escritura

A pesar de la gravedad de muchos de sus temas —la guerra, la muerte, la memoria—, Nooteboom conservó siempre un humor discreto, a menudo autoconsciente. En una anécdota muy citada, relataba cómo Angela Merkel, en un encuentro público, comentó que su nombre estaba mal escrito en los carteles de la conferencia. Él respondió con media sonrisa que su apellido tenía cuatro oes y que prefería que se equivocaran con esas letras antes que con los ceros de sus honorarios.

Para él, la poesía tenía algo de milagro cotidiano. Recordaba que las mismas palabras que aparecen en los periódicos están en los poemas, solo que combinadas de manera diferente, y que ese simple cambio ya es un prodigio. Esa idea de transformar la materia más común del lenguaje en algo nuevo recorría toda su obra.

En una entrevista en México, rememoró el momento en que, de joven, se colgó la mochila al hombro y dijo a su madre: «Me voy». Añadía que nunca volvió realmente a casa y que hay instantes en la vida en los que las cosas son de una claridad absoluta, aunque uno no pueda prever la vida que vendrá después.

Su famosa reflexión de que «escribir es, al fin y al cabo, retrasar la mortalidad» condensa bien su concepción del oficio. Para él, cada libro era una forma de aplazar un poco el final, de dejar un rastro legible de su paso por el mundo y de sus encuentros con paisajes, ciudades y personas.

Cuando se le preguntaba qué consejo daría a un escritor en ciernes, respondía con una fórmula sencilla que resumía toda una poética: «Vi, leí, esperé, y después escribí». Primero la experiencia, luego la lectura, luego la paciencia, y solo al final la escritura, casi como un efecto inevitable de todo lo anterior.

La muerte de Cees Nooteboom cierra la trayectoria de uno de los últimos grandes viajeros de la literatura europea, un autor que hizo de la carretera, los puertos y los aeropuertos su despacho y que encontró, paradójicamente, en una casa de Sant Lluís el lugar desde el que mirar el mundo con mayor claridad. Entre Menorca y Ámsterdam, entre los internados católicos y los desiertos latinoamericanos, entre el Camino de Santiago y el Muro de Berlín, deja una obra vasta y diversa que seguirá acompañando a lectores de muchos países, como un mapa abierto donde aún quedan rutas por descubrir.

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