Hace apenas unas semanas se cumplió un mes desde que el cáncer se llevó a Ascensión Alegre, madre de Luz y compañera de vida de Ernesto Morales. La noticia sacudió a su entorno más cercano, pero también encendió una pequeña chispa que hoy se materializa en forma de libro infantil: Mi pequeña Luz, un cuento ilustrado que nace de una carta de despedida y se transforma en un homenaje duradero al amor familiar.
Lejos de quedarse en el ámbito privado, aquella carta se ha convertido en un proyecto editorial que pretende acompañar a otras familias en momentos difíciles. El cuento se presenta esta tarde, a las 19.00 horas, en la Biblioteca Pública del Estado, de la mano de la editorial Ruiz Morote, y lo hace con la intención de acercar a los más pequeños una historia sobre la pérdida, pero también sobre la esperanza y la huella imborrable que dejan quienes ya no están.
De una carta íntima a un cuento ilustrado para la infancia

El origen de Mi pequeña Luz se remonta a los últimos días de Ascen en el hospital, cuando, consciente de la gravedad de su enfermedad, decidió empezar a escribirle una carta a su hija. Ernesto recuerda que aquello le costó muchísimo porque sentía que era una forma de rendirse, de aceptar que no habría un mañana compartido. Pese a la dureza del momento, logró concluir varios folios cargados de ternura, mensajes de amor y deseos para el futuro de Luz.
Aquellos “un par de folios preciosísimos”, como los define su marido, quedaron guardados con la idea de entregárselos a la niña cuando fuera algo mayor. El tiempo pasó, el dolor se asentó y Ernesto comenzó a asistir a grupos de duelo, donde un cuento que leyó en una de las sesiones acabó de encender la idea: transformar parte de esa carta en un relato ilustrado que pudiera ser compartido más allá del ámbito familiar.
El proceso creativo no fue una simple transcripción. Ernesto confiesa que tomó algunas frases textuales, añadió otras y dejó fuera los pasajes más íntimos. La carta original es mucho más extensa y personal, y había aspectos que, por respeto a la memoria de Ascen y a la propia Luz, debían permanecer en la esfera privada. Aun así, la esencia del mensaje se mantiene: una madre que se despide, pero que a la vez se queda, de otra manera, en la vida de su hija.
El resultado es un cuento pensado para ser leído en familia, especialmente con niños que afrontan la ausencia de un ser querido. El tono, cuentan sus impulsores, huye del dramatismo excesivo y se orienta a mostrar que el vínculo afectivo puede seguir vivo incluso cuando la persona ya no está. No se trata de recrearse en la tristeza, sino de ofrecer palabras que puedan sostener el duelo de una forma más amable.
El papel esencial de las ilustraciones de Belén Patón
Para dar forma visual a esa historia, Ernesto contó con la ayuda de Belén Patón, mejor amiga de Ascen y pieza clave en la creación de Mi pequeña Luz. Ella asumió el reto de traducir en imágenes el universo emocional que había detrás de cada frase, apoyándose tanto en la carta como en los recuerdos compartidos con la protagonista.
Morales destaca que la dimensión que Belén le aporta al libro va mucho más allá de una mera ilustración literal. Sus dibujos no reproducen de forma directa lo que dice el texto, sino que construyen un relato visual propio, cargado de símbolos y detalles que remiten al carácter de Ascen. Son imágenes que dialogan con las palabras, pero a la vez amplían el significado de la historia.
La cercanía personal ha sido determinante para el resultado final. Belén no solo conocía a Ascen, sino que compartió con ella años de amistad, confidencias y proyectos. Por eso, cuando comenzó a bocetar las primeras escenas del cuento, no le tembló el pulso al rescatar gestos, miradas y maneras de ser que quienes la trataron reconocen de inmediato.
Hay un momento especialmente significativo: cuando Luz vio el primer boceto, aseguró sin dudarlo: “Esa es mamá”. Para la familia fue una confirmación de que el libro iba por el camino correcto. Esa reacción de la niña muestra hasta qué punto las ilustraciones captan algo más que un físico: recogen la esencia de la persona, su forma de estar en el mundo, aquello que, en definitiva, se echa de menos cuando alguien falta.
Ernesto está convencido de que otra ilustradora sin ese vínculo afectivo no habría podido llenar el cuento de la misma manera. La libertad creativa con la que ha trabajado Belén se sostiene precisamente en esa confianza mutua y en el deseo compartido de rendir un homenaje honesto, sin edulcorar la realidad, pero tampoco sin regodearse en el dolor.
Un libro sobre duelo, esperanza y amor que no se apaga
Desde el primer momento, la intención de Ernesto al adaptar la carta de Ascen no fue escribir una historia triste, sino construir un relato que orbitara en torno a la esperanza, el amor y la idea de presencia más allá de la muerte. Él mismo subraya que el cuento no nació “para buscar la tristeza”, sino para que quedara algo luminoso, algo que pudiera acompañar a Luz y a cualquier lector que atraviese una pérdida.
Una de las frases del cierre del libro se ha convertido ya en una de las más comentadas por quienes lo han leído, sobre todo personas que también han pasado por duelos recientes: “Solo tienes que cerrar los ojos y pensar en mí para sentirme cerca”. En pocas palabras, condensa la idea de que el amor no desaparece con la muerte física, sino que sigue latiendo en la memoria y en los gestos cotidianos.
En el día a día de Ernesto y de su hija, la presencia de Ascen continúa muy viva. Él cuenta que hablan de ella todos los días, que la traen a la conversación con naturalidad y que tratan de integrar su recuerdo en la vida corriente, sin convertirlo en un tema tabú. El cuento se ha convertido, en cierto modo, en una herramienta más para mantener ese vínculo presente.
Además del libro, Ernesto decidió maquetar la carta original y regalársela a Luz el día que cumplió cinco años. Desde entonces, ese texto se ha leído muchas veces en casa. El cuento, por su parte, ha encontrado su propio espacio en los rituales familiares: hay una escena que él recuerda con especial cariño, una noche en la cama, los dos solos, cuando leyeron la historia completa por primera vez y la niña le dijo: “Muchas gracias por hacer el cuento, papá”.
Ese agradecimiento resume el sentido profundo del proyecto: más allá de la publicación, las presentaciones y el interés que está generando, Mi pequeña Luz funciona ante todo como un puente íntimo entre una madre y su hija. Un puente que, al compartirse con otros lectores, puede ayudar a muchas familias a poner palabras a aquello que a veces cuesta tanto explicar.
La historia de una familia marcada por la música, la docencia y un duelo temprano
Ernesto y Ascen compartían mucho más que la vida en pareja. Antes de enamorarse, fueron amigos durante años, compañeros de oposiciones y músicos. Coincidieron en escenarios, aulas y preparaciones académicas, pero nunca terminaban de encontrarse en el plano sentimental… hasta que, en 2015, todo encajó.
A partir de entonces, su relación avanzó con la naturalidad de quienes llevan tiempo caminando en paralelo. Se fueron a vivir juntos, se casaron y, por motivos laborales, se trasladaron a Toledo. Más tarde, las circunstancias les devolvieron a la provincia de Ciudad Real: “Nos volvimos a Manzanares”, recuerda Ernesto. Ella consiguió plaza como profesora en La Solana, mientras que él ejerce actualmente en Porzuna.
Aquel septiembre, ya instalados de nuevo en la zona, llegó la noticia del embarazo de Ascen. En apariencia, la vida se desplegaba hacia delante, con proyectos, cambios y la ilusión de formar una familia. Después vino la pandemia de coronavirus, el confinamiento, las aulas vacías, y como a tantas otras parejas, ese periodo les obligó a replegarse y a adaptarse a una rutina marcada por la incertidumbre.
Cuando el país empezaba a levantar la cabeza y a recuperar una cierta normalidad, “nos atropelló la vida”, resume Ernesto. En cuestión de mes y medio, un cáncer que se manifestó demasiado tarde cambió su historia. Hubo ingresos hospitalarios, unos pocos días de regreso a casa y, finalmente, la despedida. Ascen tuvo uno de esos tumores que apenas dan margen para reaccionar, organizarse o asumir lo que está pasando.
A pesar de la dureza del proceso, Ernesto destaca la actitud con la que ella afrontó el tramo final. Su forma de estar en el hospital dejó huella en el personal que la atendió, hasta el punto de convertirse en una referencia para quienes la cuidaban. Esa fortaleza, unida a su carácter reservado y tímido, contrasta con la exposición pública que hoy supone la publicación del cuento, algo que él mismo reconoce con una mezcla de pudor y necesidad.
Presentaciones, acogida del público y función social del cuento
La primera puesta de largo de Mi pequeña Luz tiene lugar en la Biblioteca Pública del Estado, en un acto que cuenta con la participación de la editorial Ruiz Morote y con la presencia de familiares, amigos y lectores. Según avanza Ernesto, la edición del cuento está prácticamente agotada incluso antes de la presentación oficial, una señal clara del interés que ha despertado la historia.
Para él, no deja de ser una situación paradójica. Recuerda que Ascen era “muy tímida” y que, de poder ver todo lo que está ocurriendo alrededor de su carta, probablemente le daría “un gorrazo” por exponer así una parte de su vida. Sin embargo, esa misma timidez convivía con una gran capacidad para conectar con las personas, especialmente con sus alumnos, algo que ahora se traslada a un público más amplio.
Tras el estreno en Ciudad Real, el libro tiene previstas nuevas paradas. Las próximas presentaciones serán en Manzanares, el 7 de febrero, y en Alcázar de San Juan, el 14. Con ello, el proyecto mantiene una fuerte vinculación con la geografía manchega, el territorio en el que la familia desarrolló su vida personal y profesional y donde la figura de Ascen es especialmente recordada.
Más allá de los actos puntuales, Ernesto defiende que el valor de Mi pequeña Luz reside en su capacidad para acercar la realidad de la muerte y el duelo a los niños de una manera cuidadosa. En un contexto en el que todavía cuesta hablar abiertamente de estas cuestiones con la infancia, el cuento se plantea como una herramienta para abrir conversaciones en casa o en el aula, sin dramatismos, pero sin rodeos innecesarios.
El propio autor subraya que la historia puede “tocarnos” aunque no conozcamos los detalles reales que la inspiran. La narración está pensada para que funcione de forma autónoma, como una pequeña pieza literaria que habla de amor, memoria y acompañamiento. Quien quiera ir más allá encontrará, detrás de cada página, la vida concreta de una familia que ha decidido compartir una parte muy delicada de su historia con la esperanza de ayudar a otros.
Con todo este recorrido, Mi pequeña Luz se consolida como mucho más que un simple cuento: es el legado de una madre a su hija, la manera en que un padre transforma el dolor en algo que pueda ser leído y releído, y el trabajo de una ilustradora que pone imagen a un vínculo que sigue brillando. A través de palabras e imágenes, el libro muestra cómo el amor puede seguir guiando los pasos de una niña y de todas las personas que se acerquen a sus páginas, incluso cuando la ausencia duele y la vida obliga a aprender a caminar de otra forma.