
El escritor madrileño Marcos Giralt Torrente ha sido distinguido con el Premio de la Crítica en la categoría de narrativa por su libro Los ilusionistas, una obra en la que vuelve a indagar en la memoria familiar y en las huellas que deja el pasado en la vida presente. La Asociación Española de Críticos Literarios ha considerado esta novela como el mejor título de narrativa publicado en 2025.
El fallo se ha dado a conocer en el municipio salmantino de Morille, en la 70 edición de unos galardones de enorme prestigio que, aunque no cuentan con dotación económica, son una referencia en el ámbito literario español y europeo. Para Giralt Torrente, que ya contaba en su haber con el Premio Nacional de Narrativa por Tiempo de vida, este reconocimiento supone un espaldarazo más a una trayectoria marcada por la introspección y la exploración de la intimidad familiar.
Un premio clave para la narrativa en España
La Asociación Española de Críticos Literarios ha reconocido Los ilusionistas como la mejor obra de narrativa en castellano publicada durante 2025. El jurado, integrado por 21 críticos independientes vinculados a distintos medios de comunicación, ha subrayado la capacidad del autor para iluminar la complejidad de los vínculos familiares sin caer en simplificaciones ni idealizaciones.
Este galardón, que alcanza ya las siete décadas de historia, es el único que se concede simultáneamente en las cuatro lenguas oficiales del Estado —castellano, catalán, gallego y euskera—, además de incluir una categoría para libro traducido de lengua extranjera. En narrativa en castellano, el nombre de Giralt Torrente se suma así a una larga lista de autores de referencia que han visto consolidada su obra gracias a este reconocimiento.
En esta ocasión, la deliberación tuvo lugar en Morille, una pequeña localidad salmantina con una intensa vida cultural, donde se anunció que la novela de Giralt Torrente se imponía entre los títulos de narrativa del año. Aunque el premio no implica una compensación económica, su peso simbólico y su repercusión crítica suelen traducirse en una mayor atención lectora y mediática.
El escritor madrileño ha confesado que fantaseaba precisamente con este premio cuando publicó el libro. Teniendo ya el Nacional de Narrativa por Tiempo de vida, imaginaba que alguna distinción podría llegarle por Los ilusionistas, y entre todas, la de la Crítica era la que más ilusión le hacía. Según ha reconocido, el reconocimiento le produce una satisfacción serena y un particular agradecimiento hacia el jurado.
El premio confirma a Marcos Giralt Torrente como una de las voces centrales de la narrativa en español actual, especialmente en ese territorio híbrido entre memoria, autobiografía y ficción en el que se ha movido en sus últimos libros.
Los ilusionistas: memoria familiar y ficción entrelazadas
Los ilusionistas, publicada por Anagrama, prolonga la indagación familiar que el autor inició con Tiempo de vida, centrada entonces en la figura de su padre, el pintor Juan Giralt. En esta nueva obra desplaza el foco hacia la rama materna, para reconstruir las vidas de sus abuelos y de su propia madre desde una mirada tan afectuosa como implacable.
El punto de partida se sitúa en el verano de 1931, cuando Gonzalo Torrente Ballester y Josefina Malvido se conocen en un pueblo costero de Galicia. Él es un joven escritor en ciernes, absorbido por la literatura y devorado por una ambición creativa que no se corresponde con su precaria situación económica. Ella, de origen campesino, está a punto de acabar sus estudios de magisterio, tras una infancia marcada por la disciplina y el esfuerzo en el medio rural.
A partir de ese encuentro, el libro reconstruye una historia de pareja atravesada por la tensión entre los deseos personales de cada uno y las exigencias de la vida familiar. La novela muestra cómo la vida matrimonial acaba subordinándose al proyecto literario de él, y cómo ella asume un papel de sacrificio para que él pueda perseguir sus aspiraciones, con todas las heridas silenciosas que esa renuncia deja en la familia.
El autor no se limita a relatar acontecimientos: abre al lector la trastienda de la escritura, esa “cocina del escritor” en la que se combinan cartas sin fechar, lagunas en la memoria, interpretaciones, silencios elegidos y episodios reconstruidos. Las zonas de sombra, las omisiones y las dudas forman parte central del relato, que se articula como una investigación emocional más que como una crónica cerrada.
En este ejercicio, Giralt Torrente mezcla hechos verificables con pasajes imaginados, apoyándose en documentos familiares, testimonios y recuerdos, pero también en la libertad de la ficción. El resultado es una narración que reflexiona sobre la propia imposibilidad de capturar del todo una vida ajena, por muy cercana que sea.
El universo familiar: abuelos, madre y los “ilusionistas”
El título del libro, Los ilusionistas, alude a los tres tíos maternos del autor, hijos de Gonzalo Torrente Ballester y de su primera esposa, Josefina Malvido, a quienes Giralt retrata junto a su madre. La novela se propone entender de qué están hechos esos personajes familiares que marcaron su infancia y juventud, qué los moldeó y cómo llegaron a ser quienes fueron.
El jurado del Premio de la Crítica ha subrayado la “extraordinaria lucidez” con la que el autor ilumina ese complejo universo doméstico, al tiempo que muestra una clara madurez personal y creativa. La narración explora la dificultad de esos personajes para adaptarse a la realidad, su resistencia a las normas y el contraste entre sus aspiraciones y sus capacidades para afrontar la vida cotidiana.
A través de esta radiografía íntima, el escritor se ocupa también de sí mismo: al tratar de entender a sus abuelos, a su madre y a sus tíos, va desentrañando cómo han influido sus decisiones, sus fracasos y sus convicciones en su propia manera de mirar el mundo. La familia aparece así no como un escenario secundario, sino como el núcleo que condiciona buena parte de las lealtades, los miedos y las ambiciones del narrador.
Uno de los elementos más delicados de la obra es la gestión de la figura de Gonzalo Torrente Ballester, un autor central de la literatura española del siglo XX, muy vinculado además a la ciudad de Salamanca. Giralt reconoce que, en cierto modo, su abuelo se convierte en un “lastre” mediático: la atención tiende a dirigirse hacia el nombre del célebre novelista, cuando su objetivo es que el libro se lea como la historia de una familia concreta, no como un nuevo capítulo sobre un escritor consagrado.
Para evitar que el protagonismo del abuelo eclipse el resto, el autor llega a utilizar solo iniciales o recursos de distanciamiento y pide explícitamente que la obra se interprete en clave familiar, no como una biografía de un autor famoso. Aun así, parte de la recepción crítica ha seguido destacando la figura de Torrente Ballester, hasta el punto de que en algunas reseñas las fotografías publicadas no eran de Giralt, sino de su abuelo.
Salamanca, Galicia y la huella de Torrente Ballester
La concesión del Premio de la Crítica a Los ilusionistas ha tenido un claro acento salmantino y gallego. El fallo se anunció en Morille, un pequeño municipio de Salamanca con apenas unos cientos de habitantes pero con una intensa agenda cultural, y la historia narrada en el libro está fuertemente vinculada a Galicia y a la ciudad de Salamanca, donde Gonzalo Torrente Ballester desarrolló buena parte de su vida profesional.
El relato arranca en una localidad costera gallega en los años treinta, cuando el futuro novelista, entonces un joven de veinte años, ambiciona una obra de gran calado sin contar todavía con el respaldo económico ni el reconocimiento público. La precariedad de la época, las tensiones políticas y las limitaciones de origen social atraviesan de fondo la historia íntima de la pareja.
Más tarde, la biografía del abuelo se entrelaza con Salamanca, ciudad en la que residió casi un cuarto de siglo y donde dejó una huella muy visible en la vida cultural. Allí impartió clases en el Instituto Torres Villarroel y se convirtió en una figura habitual de la vida intelectual de la ciudad, especialmente en espacios emblemáticos como la cafetería Novelty, donde su estatua sentada sigue recordando esa presencia cotidiana.
Tras su jubilación, la capital salmantina le rindió homenaje dando su nombre a una biblioteca pública, consolidando esa relación afectiva entre la ciudad y el escritor ferrolano. La novela de Giralt recoge indirectamente esa atmósfera cultural, al situar parte de la historia familiar en esos mismos escenarios, con su mezcla de tradición académica, cafés literarios y tertulias.
En el libro, sin embargo, lo relevante no es tanto la figura pública de Torrente Ballester como las dinámicas íntimas del clan familiar que se configuró alrededor de él. La lucha por el reconocimiento literario, la organización de la vida doméstica en función de sus prioridades y la forma en que los demás asumieron o cuestionaron ese orden interno son algunos de los hilos que Giralt va tirando con paciencia y sin concesiones.
Una escritura honesta: heridas, memoria y compasión
Quienes se acercan a Los ilusionistas encuentran una prosa sobria, elástica y muy trabajada, en la que se mezclan reflexión, relato y análisis emocional. Giralt Torrente concibe la literatura como una investigación sobre la condición humana, con sus contradicciones, renuncias y zonas menos amables, y defiende que solo puede abordarse con una honestidad radical, sin encubrir aquello que incomoda.
El libro propone al lector revisar la propia historia familiar con una mirada doble: por un lado, precisa y atenta a las mezquindades, a los egoísmos y a las fracturas; por otro, compasiva con la fragilidad de los seres humanos, conscientes de que nadie elige las coordenadas de su nacimiento ni el contexto en el que se ve obligado a vivir. Las heridas, plantea el autor, quizá se transforman con el tiempo, pero rara vez desaparecen del todo.
En distintas entrevistas, Giralt ha contado anécdotas personales que ilustran ese enfoque. Recuerda, por ejemplo, cómo un tío suyo, dedicado a actividades delictivas, le hizo una lista de novelas del siglo XX que debía leer, lista que él fue completando y que, de forma paradójica, contribuyó a su formación como escritor. Pequeños detalles biográficos como ese se filtran en la manera de concebir la literatura como una búsqueda sin solemnidades.
El autor es también muy consciente de su posición en el campo literario actual, donde a veces percibe cierta distancia respecto a los lectores más jóvenes. En alguna Feria del Libro se ha encontrado con jóvenes que rechazan leer a autores varones por principios, una experiencia que él relata con humor, pero que le lleva a reflexionar sobre cómo conectar con otras generaciones y sobre el peso de los prejuicios de todo tipo a la hora de elegir lecturas.
Esa combinación de ironía, autoexigencia y vulnerabilidad atraviesa la novela: no hay complacencia respecto a las figuras familiares, pero tampoco una voluntad de ajuste de cuentas. Lo que interesa es comprender por qué cada persona actuó como actuó, qué contexto la modeló y qué coste tuvieron sus decisiones para los demás.
Trayectoria y consolidación de Marcos Giralt Torrente
El Premio de la Crítica por Los ilusionistas llega a un autor con una trayectoria ya ampliamente reconocida en España. Nacido en Madrid y formado en un entorno artístico —es hijo del pintor Juan Giralt y nieto del novelista Gonzalo Torrente Ballester—, Giralt Torrente se ha movido con soltura entre la novela, el relato y la escritura memorialística.
Entre sus títulos más destacados figuran Tiempo de vida, con el que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa, una obra centrada en la relación con su padre; las novelas París y Los seres felices; así como colecciones de cuentos como Mudar de piel y libros de corte autobiográfico como Algún día seré recuerdo. En todos ellos aparece una preocupación constante por los vínculos familiares, el paso del tiempo y la manera en que las experiencias se sedimentan en la memoria.
En el caso de Los ilusionistas, la novela ya había llamado la atención antes de este último reconocimiento. Fue finalista del premio AENA de un millón de euros, un galardón de reciente creación con una dotación económica muy elevada, finalmente otorgado a la autora argentina Samanta Schweblin. Además, el libro obtuvo el Premio Francisco Umbral, reforzando su presencia en el panorama literario del año.
Más allá de los premios, Giralt ha explicado en diversas ocasiones que su vida cotidiana ha estado muy marcada por la paternidad y por una implicación intensa en los cuidados. Mientras su pareja ejerce como profesora de instituto, él ha pasado largas etapas compaginando la escritura con la crianza, las tareas domésticas y la organización familiar, algo que, según reconoce, ha reducido su ritmo de publicación pero que considera fundamental en su manera de estar en el mundo.
Esta experiencia personal también se refleja en su forma de entender la masculinidad y las relaciones de género. Formado en una familia monomarental, con su madre como referencia central, se ha descrito en más de una ocasión como un “desclasado” que observa a cierta distancia los modelos tradicionales y las expectativas sociales, lo que le ha permitido, sostiene, ganar un punto de vista flexible y atento a los matices.
El nuevo premio no solo corona un ciclo de escritura en torno a la familia, sino que sitúa a Giralt Torrente en una posición destacada dentro de la narrativa europea que explora los cruces entre memoria, autoficción e historia íntima. Su obra se lee ya como parte de una corriente contemporánea que revisa el pasado familiar para entender el presente, sin renunciar a la complejidad ni a la duda.
La trayectoria de Marcos Giralt Torrente se refuerza ahora con un reconocimiento que lo inscribe en la tradición de los grandes narradores que han obtenido el Premio de la Crítica y subraya el lugar central que ocupa la memoria familiar en la literatura española actual, un territorio donde Los ilusionistas se consolida como una referencia obligada para quienes deseen adentrarse en las zonas más frágiles y reveladoras de la vida privada.
