Luis de Góngora

Frase de Luis de Góngora.

Frase de Luis de Góngora.

Luis de Góngora (1561 – 1627) fue un destacado poeta y dramaturgo, así como uno de los más importantes representantes del Siglo de Oro español. Hoy en día se le reconoce como el máximo expositor del culteranismo, corriente literaria que alternativamente es llamada gongorismo. Su obra poética se caracteriza por ser intrépida y, al mismo tiempo, mundana.

Igualmente, su lenguaje es considerado uno de los faros más luminosos dentro del devenir de la “poesía hispanoparlante” contemporánea. Por ello, su trabajo ha sido catalogado como “las dos caras de un mismo espejo”, en donde la luz y la oscuridad tienen un origen similar en sus distintos escritos.

Luis de Góngora: una vida entre letras

Luis de Góngora y Argote nació el 11 de julio de 1561, en la calle de las Pavas de Córdoba, Andalucía. Formó parte de una de las familias más acomodadas y conservadoras de la época en las riberas del Guadalquivir, de hecho, su padre fue un juez de bienes confiscados por el Santo Oficio.

Primeros años marcados por una fuerte tradición católica

El joven Luis llegó a tomar órdenes menores hasta alcanzar el grado de canónigo de la catedral de su ciudad natal. También, consiguió muchísimo prestigio ocupando el cargo de Capellán Real en 1617 durante el mandato de Felipe III. Lo cual, le llevó a vivir hasta 1626 en la corte de Madrid para poder ejercer las funciones inherentes a su título.

Posteriormente, viajó en distintas comisiones de su cabildo por prácticamente toda España. Esas expediciones las aprovecha para pasar con frecuencia por su natal Andalucía. Del mismo modo, visitó asiduamente Jaén, Navarra, Castilla, Cuenca, Salamanca y numerosos recovecos de la actual Comunidad de Madrid.

Enemistad con Quevedo

Uno de los capítulos más comentados en torno a la vida de este poeta y dramaturgo fue su enemistad con Francisco de Quevedo. Según Góngora, su “colega” durante un tiempo (cuando coincidieron en la Corte de Valladolid) se dedicó a imitarle. Es más, Luis de Góngora llegó a afirmar que ni siquiera lo hacía de forma abierta, sino mediante un seudónimo.

La belleza de sus poemas

Dos de sus obras aparecen entre las más representativas de la poesía universal en castellano. Esto gracias a la complejidad que encierran en sí mismas Las soledades y La Fábula de Polifemo y Galatea. Ambas causantes de mucha controversia en su época —no solo por la originalidad de sus metáforas recargadas— debido principalmente a su tono indecoroso, grosero e insolente.

Por consiguiente, su inapelable vena satírica siempre estuvo presente a lo largo de todos sus escritos. Acompañándolo desde aquellos primeros trazos como lo fueron la escritura de los poemas dedicados al sepulcro del Greco, a Rodrigo Calderón y La fábula de Píramo y Tisbe. En complemento, su creación poética destaca por las características mencionadas a continuación:

  • Utilización constante de insólitas hipérboles barrocas.
  • Uso frecuente de hipérbatones con desarrollos paralelos.
  • Léxico sumamente rebuscado.

Obras “mayores y “menores”

Su obra poética está agrupada en dos bloques: poemas mayores y poemas menores. Entre ellos, abundan los romances como el de Angélica y Medoro, cuyo tono pícaro, lírico y hasta personal del narrador, impregna a profundidad esta conocida pieza de inspiración literaria.

Los manuscritos de Luis de Góngora

Luis de Góngora jamás publicó en vida ninguno de sus trabajos; tan solo fueron manuscritos pasados de mano en mano. Los cuales, incluían cancioneros, romanceros e incluso antologías, muchas veces publicados sin su permiso. En una ocasión —en el año 1623— intentó publicar de manera formal parte de su obra, pero desistió del intento.

Uno de los textos cuya difusión sí autorizó fue el llamado Manuscrito de Chacón, transcrito por Antonio Chacón para el conde-duque de Olivares. Allí se incluyeron aclaraciones de la mano del propio Góngora junto con la cronología de cada uno de los poemas.

Entre letrillas y sonetos

Adicionalmente, Góngora era un fiel exponente de las letrillas satíricas, religiosas y líricas, así como de los sonetos con un toque burlesco. El estilo de estos últimos mezclaban de forma sutil historias polémicas, líos amorosos y discusiones filosóficas o morales. Algunos tenían motivaciones fúnebres, pero pocas veces renunciando a la sátira.

A pesar de lo anterior, la búsqueda de altos valores estéticos formaba parte de sus preocupaciones. Pues el objetivo de la mayor parte de las letrillas era hacer mofa de las llamadas damas pedigüeñas. Aparte de atacar ese profundo anhelo por lo inalcanzable o el deseo de obtener riquezas exorbitantes. A diferencia de los poemas mayores, cuyo motivo se centraba en impulsar una revolución culterana.

Las Soledades

Soledades.

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Esta es quizá la obra más imaginativa dentro de su catálogo. Las soledades es todo un reto a la inteligencia humana, causal de un sin número de controversias en su momento. Su contenido presenta una enrevesada idealización de la naturaleza, suponiendo un trabajo que representa la culminación del estilo “gongoresco”.

Por otra parte, su “atrevimiento” estético fue causante de un gran escándalo de la mano de su perfil de hombre “hiperculto”. Además, el debate se vio condimentado por el trasfondo de una temática de carácter sugerentemente homosexual. Es decir, una vez más el escritor andaluz llevó al límite los convencionalismos sociales de su época.

Final de una historia, el comienzo de una memoria

Los últimos días de Luis de Góngora no le hicieron honor a la vida de un hombre que —solo con manuscritos— influyó notablemente dentro de las letras castellanas. Las causas: la avaricia de algunos de sus familiares y problemas de senilidad se combinaron de manera despiadada para dejarlo hundido en la miseria.

Un legado “salvado por el adversario”

Su obra, inacabada en muchos casos y sin publicar, estuvo en verdadero en riesgo de perderse en los confines del olvido. Paradójicamente, los constantes conflictos con Quevedo permitieron en un principio rescatar y salvaguardar su legado. Porque de esta “rencilla” sí quedó mucho papel escrito para la posteridad.

La “guerra de sátiras” desatada entre ambos sirvió para mostrar a un hombre jovial y amante de la buena vida. Asimismo, Luis de Góngora es descrito como un ferviente apasionado de las corridas de toros y de los naipes. Esto último le valió la desaprobación de sus primeros guías, los jerarcas eclesiásticos.

Reivindicación necesaria

En la actualidad, sus poemas y su obra literaria en general —incluyendo su inclusión en la dramaturgia— son reconocidos con la importancia merecida. Y, pese a que el autor no lo pudo ver en vida, sus escritos se publican con suma frecuencia. Justo como corresponde.


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