
Han pasado varios años desde que el universo de El cuento de la criada se despidió de la televisión, pero la República de Gilead no se ha ido a ninguna parte. Ahora ese mundo distópico regresa con Los testamentos, una nueva serie que retoma el legado de Margaret Atwood y lo lleva un paso más allá, tanto en el plano literario como en su adaptación para la pequeña pantalla.
Esta vez, el foco se desplaza de la historia de June Osborne a una generación de chicas que han crecido sin conocer otra realidad que la del régimen teocrático. La ficción, que llega a España de la mano de Disney+, combina la intriga política, el drama adolescente y la crítica social para desplegar un retrato más amplio de Gilead y de las fuerzas que intentan derribarlo desde dentro.
De la novela premiada a la secuela televisiva
Antes de convertirse en serie, Los testamentos fue una novela largamente esperada. Margaret Atwood publicó este libro en 2019, más de tres décadas después de El cuento de la criada, en un contexto muy diferente al de los años ochenta. Aquella secuela literaria, concebida cuando el movimiento #MeToo y las nuevas olas del feminismo estaban en plena efervescencia, obtuvo el Premio Booker compartido con Niña, mujer, otras, de Bernardine Evaristo, y reactivó el interés por Gilead en todo el mundo.
En la novela, Atwood da un giro de perspectiva: abandona el punto de vista único de Defred y apuesta por una narración coral con tres voces femeninas, que permiten entrar en capas del sistema que antes apenas se intuían. Esa estructura multiplica las miradas sobre la opresión, la complicidad y la resistencia, y sirve de base conceptual para la serie, aunque la adaptación televisiva no siga al pie de la letra todos los detalles del libro.
La serie de Disney+ se sitúa, al igual que el texto original, varios años después de los hechos centrales de El cuento de la criada. El salto temporal abre la puerta a nuevas preguntas: qué ha sido de las niñas arrancadas a sus familias, cómo se sostiene el régimen tras años de violencia institucional y qué grietas comienzan a aparecer en esa fachada aparentemente monolítica.
Conviene tener claro que los responsables de la serie han insistido en que se trata de una continuación del universo televisivo ya conocido, más que de una adaptación literal de la novela. El objetivo es mantener la coherencia con las seis temporadas previas y, al mismo tiempo, incorporar los elementos clave que hicieron del libro un fenómeno global.
Un nuevo relato para una realidad distinta
La obra de Atwood siempre ha funcionado como un espejo deformado del presente. Cuando escribió El cuento de la criada en los años ochenta, lo hizo con la Guerra Fría de fondo, la represión de los regímenes del Este y el giro neoliberal de líderes como Ronald Reagan o Margaret Thatcher. La idea de que «cualquier sistema político puede derrumbarse» marcaba la atmósfera del libro original.
Con Los testamentos, la autora escribe desde otra época: la segunda década del siglo XXI, previa a la pandemia, pero ya marcada por el triunfo de Donald Trump, el Brexit, los atentados terroristas en Europa y el auge de las grandes plataformas digitales. En esa coyuntura, las preocupaciones cambian: la vigilancia tecnológica, la polarización política y la fragilidad de las democracias ocupan un lugar central en el imaginario colectivo.
Atwood ya no es la escritora en plena madurez que publicó su primera visita a Gilead, sino una autora consagrada que roza los ochenta años y que carga con el peso de un fenómeno cultural masivo. La presión de los lectores, el impacto de la serie original y el clima político internacional se filtran en Los testamentos, que dialoga directamente con los debates contemporáneos sobre derechos civiles, igualdad y autoritarismo.
A pesar del paso del tiempo, su sello sigue intacto. La novela mantiene un espíritu crítico, irónico y profundamente escéptico con cualquier poder que pretenda presentarse como salvación, y al mismo tiempo conserva una capacidad notable para generar tensión narrativa. Esa combinación, trasladada a la pantalla, aspira a que la secuela televisiva sea tan inquietante como su predecesora, pero quizás algo más luminosa en el horizonte que plantea.
Curiosamente, incluso la elección de la portada literaria dio que hablar: los lectores esperaban el rojo icónico de las criadas, pero el libro se presentó con un verde intenso que Atwood asoció a la idea de esperanza. Ese matiz cromático sirve como declaración de intenciones: el universo de Gilead sigue siendo brutal, pero ahora se abre la puerta a imaginar su posible final.
Protagonismo para una nueva generación de mujeres
Un cambio clave de Los testamentos consiste en desplazar el foco hacia quienes han crecido bajo el régimen sin recordar otra cosa. Si en El cuento de la criada seguíamos a una mujer adulta que había conocido la vida previa al golpe, aquí nos encontramos con adolescentes que solo han visto el mundo a través del prisma de Gilead o desde la seguridad relativa del exilio.
La serie se articula en torno a dos jóvenes: Agnes, criada dentro de los rígidos códigos religiosos del país, y Daisy, una chica que procede de fuera de sus fronteras y que aporta un punto de vista externo, moldeado por una educación en libertad. Ambas se ven abocadas a convivir en un entorno tan privilegiado en apariencia como opresivo en la práctica: una escuela preparatoria de élite para futuras esposas, donde se consolidan las jerarquías que sostienen el sistema.
Ese escenario permite mostrar cómo se fabrica la obediencia desde la adolescencia. Entre rituales, clases de moral y constantes recordatorios del papel que se espera de ellas, el vínculo que surge entre Agnes y Daisy se convierte en el eje emocional de la historia. Su relación, cargada de confidencias y sospechas, actúa como chispa de una toma de conciencia que va más allá de sus propias trayectorias personales.
La novela y la serie insisten en que son las nuevas generaciones las que pueden desencadenar cambios estructurales. Atwood lanza, a través de estas protagonistas, un mensaje claro: incluso en un entorno tan férreamente controlado, siempre existe la posibilidad de cuestionar las reglas, buscar fisuras y construir alianzas que desborden lo establecido.
Junto a ellas aparece también el personaje de Becka en la historia literaria, otra joven marcada por la presión social y religiosa. Aunque la ficción televisiva centra el foco en Agnes y Daisy, el universo adolescente se llena de códigos de lealtad, pequeños gestos de rebeldía y estrategias de supervivencia silenciosas que se irán desplegando con cada episodio.
Tía Lydia, pieza clave del engranaje de Gilead
Si algo diferencia esta secuela del relato anterior es la importancia que adquiere Tía Lydia, un personaje ya conocido por los espectadores de El cuento de la criada que aquí da un salto al primer plano. En la serie, de nuevo interpretada por Ann Dowd, se presenta como la directora implacable de la escuela de futuras esposas, pero también como una figura mucho más compleja de lo que parecía a simple vista.
En el libro, una de las tres narradoras es precisamente esta tía, cuya voz revela tanto su pasado como la forma en que maniobra dentro del sistema. Su relato desmonta la imagen de funcionaria obediente y muestra a una mujer que, desde una posición privilegiada y al mismo tiempo peligrosa, decide jugar una partida a largo plazo. La serie recoge esa ambigüedad y la traslada en clave dramática.
Para el espectador, Tía Lydia se convierte en un prisma a través del cual se entienden las contradicciones del régimen. Su edad y su experiencia la sitúan en ese grupo de mujeres que, aun sin valor reproductivo para Gilead, resultan esenciales para mantener el orden: son ellas quienes adoctrinan, vigilan y corrigen, pero también quienes conocen mejor que nadie las debilidades de la estructura que ayudan a sostener.
Este énfasis en la madurez femenina tiene un eco directo en los debates actuales sobre el papel de las mujeres mayores en las sociedades occidentales, muchas veces invisibilizadas o reducidas a estereotipos. Atwood y la serie proponen, en cambio, una figura cargada de matices, capaz tanto de ejercer la crueldad más fría como de planear estrategias que podrían dinamitar el régimen desde dentro.
El regreso de Ann Dowd a este rol, ahora con mayor protagonismo, aporta continuidad emocional con la serie original. Para quienes siguieron la historia de June, resulta inevitable comparar la tía que conocíamos con la que se desvela en esta nueva etapa, lo que añade una capa extra de tensión y curiosidad sobre sus verdaderas lealtades.
Un movimiento colectivo para la transformación
Tanto en la novela como en la serie se refuerza una idea que ya estaba latente en El cuento de la criada: nadie se libera solo en un sistema tan opresivo. Si la primera historia insistía en la importancia de la sororidad y los pequeños gestos de ayuda mutua, Los testamentos da un paso más y apuesta por una narrativa abiertamente coral.
En esta ocasión, la trama no se articula alrededor de un viaje individual, sino de una red de personajes que, desde posiciones muy distintas, contribuyen a debilitar el régimen. Jóvenes educadas en la sumisión, mujeres adultas que conocen las tripas del poder, figuras vinculadas a la resistencia exterior e incluso personajes a priori antipáticos se ven empujados a colaborar por un objetivo que los trasciende.
El mensaje que se desprende es nítido: la transformación política requiere un tejido social activo. No basta con un puñado de héroes aislados; hace falta que distintas capas de la población asuman riesgos, compartan información y pongan en cuestión la normalidad impuesta. La serie traduce esta idea en escenas en las que los vínculos personales se vuelven herramientas de subversión.
Para el público europeo, acostumbrado a ver en la ficción distópica una advertencia más que una simple fantasía, este enfoque resuena con los debates sobre el retroceso de derechos, el auge de discursos autoritarios y la fragilidad de las garantías democráticas. Atwood ya avisó en los ochenta de que ninguna democracia está blindada para siempre; ahora, con Los testamentos, introduce la posibilidad contraria: también los sistemas autoritarios pueden ceder cuando la presión social se articula.
A pesar de todo lo sombrío que rodea a Gilead, la secuela es, en cierto modo, más esperanzadora que la obra original. No porque prometa una victoria fácil, sino porque deja entrever que los engranajes del régimen no son indestructibles. Eso sí, el propio tono de la historia recuerda una y otra vez que nada cambiará si la gente se limita a observar desde la distancia, ya sea en el mundo ficticio o en el nuestro.
La adaptación televisiva en Disney+: formato, reparto y estrenos en España
En su salto a la televisión, Los testamentos llega como producción original vinculada a Hulu y distribuida en España a través de Disney+. La serie está comandada por Bruce Miller, showrunner y productor ejecutivo responsable también de El cuento de la criada, lo que garantiza una continuidad clara en tono, estética y construcción del universo.
El equipo creativo incorpora además a Elisabeth Moss como productora, un gesto significativo teniendo en cuenta que fue el rostro de June Osborne durante seis temporadas. Junto a ella figuran nombres como Warren Littlefield, Steve Stark, Shana Stein, Maya Goldsmith, John Weber, Sheila Hockin, Daniel Wilson, Fran Sears y Mike Barker, que dirige los tres primeros capítulos y ha sido una pieza clave en el desarrollo visual de la franquicia.
En cuanto a formato, la temporada está compuesta por 10 episodios de alrededor de una hora de duración. Disney+ ha optado por una estrategia de lanzamiento escalonada: los tres primeros se estrenan el miércoles 8 de abril, y a partir de ahí los capítulos restantes llegan semanalmente al catálogo español de la plataforma. De este modo se busca mantener viva la conversación, el análisis y las teorías entre episodios.
El reparto combina rostros nuevos y figuras ya asociadas al universo de Gilead. Chase Infiniti y Lucy Halliday encabezan el elenco como Agnes y Daisy, respectivamente, con un protagonismo absoluto en la trama de la escuela de futuras esposas. La presencia de Ann Dowd como Tía Lydia refuerza el puente con la serie original, mientras que nombres como Eva Foote, Kira Guloien, Rowan Blanchard, Amy Seimetz, Brad Alexander, Mabel Li o Isolde Ardies completan un cuadro coral que pone el acento en la diversidad de experiencias dentro del régimen.
Cada episodio lleva por título una pieza significativa de ese recorrido, desde «Flores preciosas» y «Dientes perfectos» hasta «Las tijeras», último capítulo de la temporada. Esta selección de nombres subraya tanto la dimensión íntima de la historia —la adolescencia, el cuerpo, las primeras decisiones vitales— como la amenaza constante de violencia estructural que define a Gilead.
El tratamiento musical también juega un papel importante. En el arranque de la serie, por ejemplo, suena una banda sonora que contrasta la rigidez del régimen con himnos pop reconocibles, desde «Dreaming» de Blondie hasta «Dreams» de The Cranberries, lo que añade una capa irónica a la vida reglada de las protagonistas y remite al mundo exterior que el sistema intenta borrar.
Impacto cultural y expectativas en Europa
Las seis temporadas de El cuento de la criada, emitidas entre 2017 y 2025, dejaron una huella potente en el debate público. La iconografía del vestido rojo y la cofia blanca fue adoptada en manifestaciones y protestas, especialmente en América y Europa, para denunciar retrocesos en materia de derechos reproductivos y libertades civiles. En países como España, esa imagen se mezcló con la denominada Marea Verde y otros movimientos feministas que ocuparon las calles durante la última década.
En ese contexto, el estreno de Los testamentos llega con un listón muy alto y una audiencia ya familiarizada con el lenguaje visual y político de Gilead. Es probable que la nueva serie genere menos impacto sorpresa que su antecesora, en parte porque el universo ya no es desconocido, pero abre la puerta a otra conversación: cómo viven las adolescentes las normas heredadas y qué tipo de resistencia es posible cuando la opresión ha sido siempre el paisaje de fondo.
Las primeras valoraciones apuntan a que la secuela quizá resulte menos demoledora en términos de impacto inmediato, con algunos episodios que apuestan más por construir atmósferas y relaciones que por grandes giros argumentales. Sin embargo, la exploración del universo adolescente, con sus códigos propios de complicidad, sororidad y lealtad, aporta una frescura distinta y permite matizar la lectura política del relato.
En Europa, donde el auge de discursos ultraconservadores y el cuestionamiento de ciertos consensos sociales han alimentado la preocupación por la deriva democrática, no es difícil que el público conecte de nuevo con las advertencias de Atwood. El eco entre la ficción y la realidad se deja sentir en debates sobre derechos de las mujeres, diversidad, control institucional y vigilancia digital, temas que la serie sitúa en primer plano sin convertirse en un panfleto.
El final abierto de la temporada deja espacio para posibles continuaciones si la respuesta del público acompaña. No hay promesa cerrada de nuevas entregas, pero el propio diseño de la trama sugiere que el universo de Gilead aún guarda historias por contar, especialmente si la recepción en mercados clave como el europeo confirma que sigue habiendo interés por este tipo de distopías con fuerte carga social.
Con todo, Los testamentos se presenta como una pieza complementaria más que como un reemplazo de El cuento de la criada. No pretende repetir el mismo impacto ni calcar su estructura, sino ampliar el mapa con otras voces y otros dilemas. Para quienes siguieron a June hasta el desenlace, y para quienes se acercan por primera vez al universo de Atwood a través de Disney+, esta secuela ofrece un nuevo punto de entrada a Gilead: más coral, más centrado en la juventud y con la mirada puesta en si un sistema que parecía inamovible puede empezar a resquebrajarse desde sus propias escuelas, pasillos y dormitorios.


