El escritor húngaro László Krasznahorkai, último Premio Nobel de Literatura, ha elegido Barcelona para su primera aparición pública fuera de Hungría desde que fue distinguido por la Academia Sueca. Lejos de la pompa habitual que suele rodear al galardón, el autor ha llegado al Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) con un discurso sereno pero demoledor sobre el mundo actual, la política húngara y el papel del arte.
Ante una expectación inusual y entradas agotadas desde hacía semanas, el escritor conocido como “el maestro del apocalipsis” se ha mostrado cordial, irónico y a ratos muy crudo. Ha hablado de la crisis permanente en la que, según él, vive la humanidad, de la miseria material y moral que le obsesiona desde joven y de su confianza casi obstinada en la alta cultura como refugio ante lo que considera un presente dominado por lo cutre y lo superficial.
Barcelona, primera parada internacional del Nobel húngaro
La visita a la capital catalana tiene un valor simbólico: Krasznahorkai ya tenía previsto acudir al CCCB antes de que se anunciara el Nobel, pero aquel acto se canceló al coincidir con el estallido mediático del premio. Meses después, ha querido cumplir aquel compromiso aplazado y convertir Barcelona en su carta de presentación internacional tras Estocolmo.
En la rueda de prensa celebrada por la mañana, la directora del CCCB, Judit Carrera, ha subrayado la larga relación de la ciudad con el autor y con su obra. No en vano, fue en Barcelona donde la editorial Acantilado publicó en 2001 Melancolía de la resistencia, el primer título suyo en castellano, inicio de un catálogo que hoy suma ya ocho libros y que pronto se ampliará con Herscht 07769, una novela construida como una única frase de unas 400 páginas.
A su lado, las editoras Sandra Ollo (Acantilado) y Mariona Bosch (Edicions del Cràter) han preferido no abundar en teorías sobre la obra del húngaro y han lanzado un mensaje directo a los lectores: “No hablemos más de Krasznahorkai, empecemos a leerlo”, invitando a perder el miedo a una literatura considerada exigente, pero que compensaría con creces el esfuerzo.
El propio escritor ha confesado que, tras el anuncio del Nobel, se sintió desbordado por felicitaciones y peticiones de entrevistas, muchas llegadas de periodistas que ni siquiera habían leído sus libros. Entre las anécdotas, recordó una carta de su pueblo natal invitándole a pagar un nuevo puente de madera. Durante semanas, dijo, su mayor deseo fue “desaparecer” y recuperar algo de silencio.
Ya en la sesión abierta al público, acompañado por su traductor y amigo Adan Kovacsics, la sala del CCCB se llenó para escuchar a un autor que se confiesa “escritor sin casa”, ligado a Barcelona, Alemania o Japón, pero cada vez más distante de la Hungría en la que creció.
El “maestro del apocalipsis” y la idea de un fin del mundo permanente
La etiqueta de “maestro del apocalipsis” acompaña a Krasznahorkai desde que Susan Sontag la acuñara para definir su prosa y las adaptaciones cinematográficas que hizo junto a Béla Tarr. Al recordarla en Barcelona, el escritor sonrió, agradecido por la atención de una intelectual que admiraba, pero también un tanto incómodo por la hipérbole: le parece exagerado tanto lo de “apocalipsis” como lo de “maestro”.
Con todo, reconoció que la palabra le ha obligado a pensar durante años. Su conclusión es tajante: el apocalipsis no es un punto final, sino un proceso que nunca se detiene. Para Krasznahorkai, la humanidad vive desde hace mucho en una especie de caída constante, una sucesión de derrumbes parciales de los que se sale como se puede para, inevitablemente, volver a tambalearse.
En Barcelona insistió varias veces en la idea de que “no hay un momento en que el mundo haya ido bien”. Ni siquiera en las cuevas prehistóricas, dijo, se podría hablar de armonía. A su manera, señaló, la historia avanza a golpes: alguien descubre el fuego y todo cambia; alguien más tarde intenta “quemar Roma” y el desastre genera nuevas fases de desarrollo.
Este pesimismo de fondo, sin embargo, no se convierte en puro derrotismo. El autor admite que sigue pensando lo peor de la especie humana, pero se esfuerza en no quedarse instalado en la rabia o el odio. Cuando era joven, confesó, estaba convencido de que la “revolución radical” era la única salida; con los años, su visión se ha templado, aunque la desconfianza hacia los poderes políticos y económicos permanece intacta.
Desde esa mirada, el apocalipsis no es una explosón espectacular, sino una atmósfera que impregna muchas de sus novelas: pueblos empobrecidos, ciudades donde el tiempo parece detenido justo antes del colapso, personajes atrapados en rutinas opresivas que buscan una salida que no acaba de llegar.
Hungría, patria pegajosa y amenaza política
Si hubo un momento en que el tono de Krasznahorkai se volvió abiertamente sombrío fue al hablar de su país y del gobierno de Viktor Orbán. A menudo evita pronunciar el nombre del primer ministro, apuntó, porque muchos húngaros en el extranjero temen represalias por criticar al actual Ejecutivo. Aun así, no dejó lugar a dudas sobre su diagnóstico.
“Mi patria me parece horrible”, admitió, y confesó que la palabra “patria” se le ha vuelto “pegajosa y sucia”. Es una sensación dolorosa, dijo, porque remite al lugar donde fue feliz de niño, antes de comprender el peso del régimen socialista y las carencias del sistema.
Recordó su primera salida de Hungría, ya cumplidos los treinta años, cuando cruzó la frontera hacia Austria y tuvo la impresión física de que el cielo era más azul y la hierba más verde. A partir de entonces, Occidente se convirtió para él en sinónimo de libertad, aunque con el tiempo comprobara que aquel mundo idealizado tampoco existía tal y como lo imaginaba.
En la Hungría actual, según sus palabras, se vive una situación “horrrible”, con un clima en el que opinar puede tener consecuencias a pesar de no vivir en una dictadura formal. De cara a las próximas elecciones, se aferra a la esperanza de un cambio político, pero no oculta la posibilidad de un escenario continuista.
Tan contundente fue su diagnóstico que, cuestionado por el futuro inmediato, lanzó un mensaje que no dejó indiferente a nadie: si la situación no mejora tras los comicios, aconsejaría a los húngaros “huir del país”. La frase resuena con fuerza en una Europa que mira con inquietud el auge de fuerzas ultraderechistas y autoritarias.
Crítica al poder, defensa del arte y recelo ante la tecnología
Fiel a su fama de escritor combativo, Krasznahorkai no reservó sus críticas únicamente a Hungría. Ampló su foco para hablar de unas élites políticas y económicas que, a su juicio, se guían sobre todo por el dinero. Los dirigentes, dijo, llenan discursos con frases vacías, pero toman decisiones con consecuencias enormes para la gente común, mientras buena parte de los mecanismos de poder permanece opaca para la mayoría.
En ese paquete de crítica incluyó a figuras como Elon Musk y sus proyectos espaciales, o a una China convertida en potencia tecnológica y militar. Del presidente ruso, Vladímir Putin, llegó a decir que es un “mal hombre”, uno más en la larga lista de líderes que han tenido capacidad para destruir medio mundo y que, por razones a veces azarosas, no han llegado a consumar ese desastre total.
Frente a ese panorama, se agarra a lo que denomina “alta cultura”, la cultura de calidad. El escritor lamenta la degradación del ecosistema cultural, donde conviven autores exigentes con un entretenimiento que califica de “baratijas”. Mencionó explícitamente “lo cutre de Hollywood” como ejemplo de un modelo que habría arrinconado la literatura más ambiciosa.
Defensor confeso de la escritura lenta, se siente un “hombre de otro tiempo”: prefiere pluma, lápiz o máquina de escribir antes que ordenadores y dispositivos digitales, y se resiste a cambiar ese hábito. La tecnología le parece fascinante en ciertos aspectos, pero claramente insuficiente para abordar la complejidad humana.
En Barcelona volvió a contraponer los cohetes de Musk con la literatura: la tecnología podría sacar a la gente de la Tierra y no traerla de vuelta; el arte, en cambio, eleva al lector a un espacio de libertad, pero lo devuelve al mundo real con una mirada distinta. Esa combinación de vuelo y regreso, asegura, es lo que permite seguir viviendo con algo de sentido en medio del caos.
Obra exigente, miseria, dignidad y ángeles caídos
Buena parte de la conversación en Barcelona giró también en torno a la obra de Krasznahorkai, desde Tango satánico hasta Guerra y guerra, pasando por Melancolía de la resistencia o El barón Wenckheim vuelve a casa. Son novelas de frases larguísimas, atmósferas densas, humor soterrado y una mirada a menudo implacable sobre la condición humana.
El autor no oculta que sus libros reclaman paciencia y concentración, pero reivindica ese esfuerzo como parte de la experiencia de lectura. Evocando a Samuel Beckett, uno de los nombres con los que se le compara más a menudo, recalcó que la literatura que “cuesta” puede transformarnos más que muchas obras fáciles de consumir y rápido olvido.
Uno de los ejes que atraviesa su narrativa es el interés por las personas hundidas en la miseria, aquellas a las que ya solo les queda la dignidad. En Barcelona lamentó que en las últimas décadas casi no haya leído novelas centradas en personajes que no tienen absolutamente nada, y confesó que quizá debería haber dedicado toda su obra a esos desposeídos.
En su universo abundan figuras que describe como “ángeles” modernos: una niña en Tango satánico, un cartero en Melancolía de la resistencia, un archivero en Guerra y guerra. Son personajes vulnerables, desamparados, que caen una y otra vez, pero que encarnan una forma de pureza en medio del desastre. En su discurso del Nobel, recordó, habló precisamente de esos ángeles que parecen haber muerto, aunque todavía se resistan a desaparecer del todo.
La sensación de “escritor sin casa” y su relación complicada con Hungría se suman a esa galería de caídos. A menudo se ha comparado su itinerancia vital con la de Imre Kertész, otro Nobel húngaro que se definía como alguien “sin destino” tras sobrevivir a los campos nazis. Krasznahorkai evocó cómo Kertész recibió la llamada de la Academia Sueca en 2002 sin que, en apariencia, su vida cambiara gran cosa más allá del ruido mediático.
Béla Tarr, compañero de viaje y capitán exigente
Imposible hablar de Krasznahorkai en Barcelona sin mencionar a Béla Tarr, el director de cine húngaro fallecido recientemente con quien colaboró estrechamente en varias películas de culto, como Sátántangó o El caballo de Turín. Su relación profesional y personal ocupó un tramo especialmente emotivo del encuentro.
El escritor rememoró la madrugrada en que Tarr, recién acabado de leer el manuscrito de Tango satánico, se presentó a las cinco de la mañana aporreando su puerta, completamente entusiasmado. Vestía de una forma excéntrica y era un perfecto desconocido para él, pero aquella conversación nocturna fue el inicio de una amistad y de una colaboración que se prolongaría durante décadas.
De Tarr recuerda sobre todo su disciplina extrema y un dolor físico crónico debido a problemas de columna que lo acompañó casi toda su vida. Esa mezcla de sufrimiento y ambición convertía cada rodaje en una empresa agotadora en la que, según Krasznahorkai, el director era el capitán absoluto del barco y los demás, incluido el propio escritor, remaban en la dirección que él marcaba.
En sus últimas semanas, el Nobel permaneció a su lado, cuidándole y acompañándole hasta el final. Aún hoy, admitió, no ha terminado de medir el impacto completo que esa relación ha tenido en su propia obra. Tiene la sensación de que todavía le debe una especie de ajuste de cuentas literario a su amigo desaparecido.
La adaptación cinematográfica de Tango satánico, de más de siete horas, ejemplifica bien el tipo de proyecto que ambos compartían: ritmo lento, imágenes hipnóticas, una Hungría rural casi fantasmagórica y esa sensación de espera interminable de algo que tal vez nunca llegue o que, si llega, sea peor de lo esperado.
En Barcelona, Krasznahorkai habló de Tarr como de alguien nada fácil, pero profundamente entregado a sus películas, dispuesto a sacrificarlo casi todo por ellas. Esa misma intensidad, trasladada al campo de la literatura, parece guiar también el modo en que el escritor concibe su propio trabajo.
Entre Oriente, Europa y la búsqueda literaria sin fin
La relación de Krasznahorkai con Europa no se limita a su país de origen ni a la Alemania donde ha residido largos períodos. En su trayectoria aparece también un fuerte vínculo con Oriente, especialmente con China y Japón, cuya cultura ha explorado en profundidad y que nutre libros como Y Seiobo descendó a la tierra.
Contó cómo, en los años ochenta, un amigo le invitó a Ulaanbaatar para asistir a una conferencia sobre Gengis Kan, y cómo aquel viaje, continuado hasta Pekín en tren, le hizo comprender que no existe una única visión del mundo. Desde entonces, ha vivido temporadas en distintos países asiáticos, incorporando mitos, dioses y paisajes de esas tradiciones a su universo literario.
En la charla barcelonesa, el autor insistió también en la idea de una insatisfacción constante con su propia obra. Dijo que Tango satánico no le convenció del todo, y que precisamente por eso escribió un segundo libro, y luego un tercero, y así hasta hoy. Cada novela sería una forma de corregir las anteriores, sin llegar nunca a un punto definitivo de descanso.
Ese perfeccionismo convive con una relación física cada vez más complicada con la escritura: la mano y el brazo izquierdos, con los que escribe, le duelen cada vez más. Aunque no habló abiertamente de retirada, reconoció ese cansancio corporal y la duda de si el mundo necesita más libros suyos, una pregunta que, a tenor del interés editorial y del Nobel, el ecosistema literario europeo parece responder de otra manera.
Al hilo de todo ello, volvió a poner el acento en que el arte, a diferencia de la tecnología, mantiene viva una calidad humana profunda que no se puede sustituir con algoritmos. Mientras la inteligencia artificial y los nuevos dispositivos avanzan, sostiene, la literatura sigue ofreciendo un espacio de altura desde el que mirar la Tierra sin perder el contacto con lo cotidiano.
Lo vivido en Barcelona deja la impresión de un autor que, pese al Nobel, sigue sintiéndose ajeno al ruido y a las celebraciones, fiel a una escritura que explora el apocalipsis como estado permanente, denuncia la deriva política de su país y se aferra a la alta cultura como último refugio. Entre la miseria y la dignidad, entre Europa y Oriente, entre la amistad con Béla Tarr y la desconfianza hacia la tecnología, László Krasznahorkai aparece en el CCCB como un Nobel poco acomodado, dispuesto a seguir incomodando al mundo que lo ha consagrado.