El panorama cultural se ha levantado con una noticia que toca de cerca a quienes valoran el rigor en la historia del arte. Nos ha dejado Josep Maria Cadena i Catalán, un hombre que no solo vivió el periodismo con una intensidad fuera de lo común, sino que se convirtió en el gran biógrafo de los pinceles catalanes. A sus 90 años, este barcelonés de pura cepa se despide dejando un legado que sirve de brújula para entender la evolución estética y social de las últimas décadas.
No se puede entender la divulgación artÃstica en España sin mencionar su nombre, ya que se pateó las redacciones más importantes buscando siempre ese ángulo humano que humanizaba a los genios. Cadena no solo escribÃa sobre cuadros; buceaba en las vidas de los creadores para rescatar anécdotas y contextos que, de otro modo, se habrÃan perdido en el olvido. Su capacidad para conectar con el público, desde una perspectiva siempre didáctica y cercana, le convirtió en un referente para las nuevas hornadas de crÃticos.
Un todoterreno de las redacciones y la libertad
Desde que se graduó a finales de los años cincuenta, Josep Maria demostró que lo suyo era un compromiso serio con la palabra escrita. Se curtió en agencias como EFE y en el Diario de Barcelona, donde ya apuntaba maneras al reivindicar a esos dibujantes satÃricos que sufrÃan la censura de la época. No se quedaba solo en la teorÃa; se dice pronto, pero se jugó el tipo siendo uno de los cerebros detrás del Grup Democrà tic de Periodistes, una organización que operaba en la sombra para defender la libertad de información cuando las cosas estaban más feas.
Su paso por cabeceras emblemáticas como El Periódico de Catalunya dejó una huella que todavÃa hoy se percibe en las secciones de cultura. Allà pasó un cuarto de siglo analizando exposiciones y desgranando la actualidad con una finura envidiable. Como responsable de la sección cultural, supo dar espacio a firmas emergentes y a maestros consagrados, manteniendo siempre un equilibrio que le ganó el respeto de todo el sector, desde los dueños de las galerÃas hasta el artista que empezaba en su taller.
La enciclopedia viviente del dibujo y la pintura
Si echamos un ojo a su bibliografÃa, las cifras marean un poco. Publicó más de setenta volúmenes que son, en esencia, un mapa detallado de la creatividad catalana. Desde monografÃas dedicadas a figuras como Ricart Serra hasta estudios profundos sobre Juan Gris o Nonell, su pluma no dejó palo sin tocar. Era un auténtico apasionado de la prensa satÃrica y de cómo los dibujos podÃan contar la historia de un paÃs mejor que cualquier manual académico, lo que le llevó a ser una pieza clave en la Gran Enciclopedia Catalana.
A lo largo de su dilatada carrera, su esfuerzo no pasó desapercibido para las instituciones, acumulando honores que él recibÃa con una naturalidad pasmosa. Fue distinguido con la Creu de Sant Jordi y el Premi Nacional de Cultura, aunque seguramente el premio que más valoraba era ver sus textos en manos de quienes querÃan aprender algo nuevo. Su labor en fundaciones como la Xavier Nogués o la Fundación Gin demuestra que su interés por proteger el patrimonio artÃstico iba mucho más allá de su faceta como escritor.
Incluso en sus últimos años, seguÃa muy pendiente de que el código deontológico del periodismo se cumpliera a rajatabla, participando activamente en consejos profesionales. Al final, nos queda el consuelo de que su trabajo perdurará en las estanterÃas y en la memoria de una Barcelona que ayudó a explicar mejor que nadie. Cadena fue, por encima de todo, un puente necesario entre el artista y el espectador, logrando que el arte dejara de ser algo lejano para convertirse en algo que todos pudiéramos sentir como propio.