La despedida literaria de Julian Barnes con su novela «Despedidas»

  • Julian Barnes anuncia que «Despedidas» será su último libro, concebido como adiós oficial a sus lectores.
  • La obra mezcla memorias, ensayo y ficción para reflexionar sobre amor, muerte, memoria y envejecimiento.
  • El autor afronta un cáncer de sangre raro, incurable pero tratable, con humor negro y lucidez.
  • «Despedidas» funciona como summa barnesiana y como gesto deliberado de retirarse de la novela, aunque seguirá escribiendo crítica y periodismo.

Despedida de Julian Barnes

A sus casi ochenta años y con más de cuatro décadas de trayectoria, Julian Barnes ha decidido marcharse de la literatura de ficción por la puerta grande. Lo hace con Despedidas (Departure(s) en el original), un libro híbrido que combina memoria personal, ensayo y relato, y que el propio autor presenta como su último título: «Este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo», escribe cerca del final.

El anuncio no es un arrebato ni una maniobra publicitaria: llega tras una vida entera dedicada a las letras, un cáncer de sangre poco frecuente «incurable pero controlable» y la sensación íntima de haber agotado sus temas. Barnes no dramatiza el cierre; lo trata como lo que siempre ha defendido en sus novelas y ensayos: una etapa más en el continuo de partidas, pérdidas y recuerdos que conforman una vida.

Un adiós anunciado: el último libro de una carrera ejemplar

En el ecosistema literario británico y europeo, Julian Barnes ocupa desde hace décadas un lugar central. Formó parte de aquella célebre promoción de jóvenes novelistas ingleses de los 80 (McEwan, Amis, Ishiguro, Rushdie…), y su nombre quedó asociado muy pronto a una renovación de la narrativa contemporánea: realismo irónico, experimentación con las formas, relectura de la tradición decimonónica y un francófilo declarado capaz de convertir a Flaubert casi en personaje de familia.

Su bibliografía impresiona por cantidad y variedad: 15 novelas, una decena de libros de no ficción, biografías, crónicas, ensayos, incluso cuatro novelas policíacas firmadas bajo el seudónimo Dan Kavanagh. En España y en gran parte de Europa su obra se ha publicado con continuidad, y títulos como El loro de Flaubert, El sentido de un final, Nada que temer o Niveles de vida se han convertido en referencias habituales en clubes de lectura y programas universitarios.

Con Despedidas, publicado ya en España, Barnes cierra el círculo. El propio título es toda una declaración de intenciones, aún más en la versión inglesa, Departure(s), con esa “s” entre paréntesis que sugiere la pluralidad de salidas: de la juventud, del amor, del cuerpo sano, de los amigos y, por último, de la propia escritura de libros.

Lejos de presentarse como testamento solemne, la obra se sitúa en un punto intermedio entre la confidencia y la meditación. Barnes insiste en que no dejará de escribir del todo: continuará con el periodismo, los artículos y la crítica. Lo que se termina es el ciclo de las novelas y los volúmenes literarios largos, «ese ladrillo anual que el mercado espera», como ironiza en entrevistas.

Libro Despedidas de Julian Barnes

Memoria, identidad y el arte de recordar

Uno de los ejes de Despedidas es la memoria. Barnes retoma un tema que ya había trabajado en Nada que temer y El sentido de un final, pero ahora lo hace desde una vejez avanzada y con la conciencia nítida de su propia fragilidad física. El libro arranca con un caso clínico tomado de una revista médica: un paciente con una lesión en el tálamo que, al probar un pastel, encadena en cascada el recuerdo de todas las tartas que ha comido en su vida. Una especie de magdalena de Proust llevada al extremo.

Ese informe da pie a una reflexión sobre lo que él llama «memoria autobiográfica involuntaria», en contraste con la memoria voluntaria y razonada que Proust asocia a la inteligencia. Barnes se pregunta qué estímulo, qué olor o sabor desencadenaría, en su caso, esa catarata de recuerdos: no sería un bizcocho empapado en té, sino quizá el pegamento de las maquetas de aviones, el beicon friéndose o el pelaje húmedo de un perro.

Desde ahí, el libro enlaza con una teoría muy barnesiana: somos en buena medida lo que recordamos. Los recuerdos almacenados, con sus lagunas, exageraciones y zonas en blanco, construyen nuestra identidad. Y al mismo tiempo, la vejez reorganiza ese archivo de forma caprichosa: vuelven nítidos los episodios de la infancia, mientras los años intermedios se desdibujan dejando «un largo agujero en el centro» de la biografía.

Barnes no romantiza ese proceso. Se burla de sí mismo cuando admite que ya le falla la memoria hasta el punto de olvidar el título de uno de sus propios libros en una entrevista. Y se apoya en un coro de escritores admirados —Proust, Flaubert, Baudelaire, Rimbaud, Philip Larkin, Virginia Woolf, John Updike— para mostrar cómo cada uno lidió, a su modo, con la tarea imposible de fijar el pasado.

Stephen y Jean: una historia de amor, reencuentro y culpa

El corazón narrativo de Despedidas es la reconstrucción de una historia a tres bandas que atraviesa medio siglo. En sus años de estudiante en Oxford, Barnes presentó en un café a dos compañeros, Stephen y Jean. Él, un joven alto y metódico que estudiaba filosofía para forjarse una mente ordenada; ella, una chica resuelta, viajera, impulsiva, con una energía que desarma a su entorno.

Entre ambos salta la chispa y, durante un tiempo, viven un romance intenso en el ambiente universitario de los sesenta. Pero, al acercarse el final de la carrera, se enfrentan a una decisión clásica: casarse y seguir juntos o separarse y tomar caminos distintos. Optan por la ruptura, y Barnes, testigo cercano de la relación, pierde luego su rastro durante décadas.

Cuarenta años más tarde, ya septuagenario, Stephen reaparece con una carta titulada «Una voz del pasado». Divorciado y nostálgico, pide a Barnes que le ayude a localizar a Jean. El escritor acepta el papel de celestino, rastrea su paradero y organiza un reencuentro en el mismo café de aquel Oxford lejano. Vuelven los recuerdos, la complicidad, el deseo. Esta vez sí hay boda.

Sin embargo, el intento de «injertar una vida nueva directamente en un tronco de tiempo cortado cuarenta años antes» resulta más complicado de lo que parece. El matrimonio se resquebraja. Las expectativas acumuladas, la diferencia entre quienes eran y quienes son, y las heridas que nunca se curaron del todo terminan imponiéndose. La historia acaba de nuevo en ruptura, y Barnes queda atrapado entre dos viejos amigos que ahora también son personajes potenciales.

Durante años se había impuesto una norma personal: no escribir nunca sobre esa pareja. Fue su padrino de boda, confidente, mediador. Romper el silencio le parecía una traición. Pero, tras la muerte de ambos, empieza a replantearse el asunto. A fin de cuentas, lleva toda la vida convirtiendo experiencias propias y ajenas en materia literaria, disolviéndolas en ese híbrido entre ficción y memoria que muchos le reprochan y muchos otros celebran.

Ficción, verdad y ese «híbrido» tan suyo

Una de las discusiones más jugosas que atraviesan Despedidas es la de los límites entre realidad e invención. En más de una ocasión, amigos y personajes le afean a Barnes «esa cosa híbrida que haces», esa mezcla de novela, ensayo, autobiografía y crítica que ha convertido en marca de la casa. Le sugieren que elija: o ficción pura o no ficción pura.

La respuesta de Barnes es tajante: «Te equivocas si crees que no sé exactamente lo que me traigo entre manos cuando escribo». Lo que le interesa no es tanto confesar hechos como pensar qué significa contar una vida, cómo se construye la “verdad” de una historia. En una célebre entrevista con The Paris Review, ya había definido la literatura como «un proceso de producción de grandes mentiras bellas y ordenadas que dicen más verdad que cualquier conjunto de hechos».

En Despedidas lleva esta desconfianza a sus últimas consecuencias. Hay un capítulo central en el que confronta su recuerdo de una noche de urgencias hospitalarias con distintas fuentes: notas, diarios, un primer borrador. El resultado es desconcertante: fechas bailadas, detalles inventados sin mala fe, omisiones involuntarias. Ni siquiera quien vive de las palabras puede fiarse del todo de ellas.

De ahí que el libro funcione también como un pequeño laboratorio sobre la memoria narrativa: qué seleccionamos, qué pulimos, qué exageramos, qué silenciamos. Barnes asume el riesgo de ser tildado de autoindulgente o «demasiado listo», consciente de que su ironía y su cultura enciclopédica pueden irritar a algunos lectores. Pero utiliza precisamente esa inteligencia como mecanismo de pudor, como manera de no caer en el melodrama. En lugar de confesarse sin filtro, pone en escena la propia tentación de confesarse.

El cáncer, la vejez y una serenidad sin heroísmo

El otro gran pilar del libro es la enfermedad. Hace casi seis años, en pleno contexto europeo marcado por el Brexit y, poco después, por la pandemia, a Barnes le diagnosticaron una neoplasia mieloproliferativa, un tipo raro de cáncer de sangre. Lejos de abrazar la retórica bélica habitual, cuestiona con sorna esas fórmulas de obituario del estilo «murió tras una larga lucha, soportada con valentía».

En sus páginas propone darle la vuelta a la frase: «Murió tras una larga y valiente lucha del cáncer contra él». Un amigo, el escritor y periodista Christopher Hitchens, también enfermo de cáncer, le sirve de ejemplo: «A la pregunta estúpida de ‘¿Por qué yo?’, el cosmos apenas se molesta en responder ‘¿Por qué no?’». Para Barnes, la enfermedad no es un castigo ni una prueba moral, sino el resultado amoral de procesos biológicos.

Su relación con los médicos está narrada con un humor tranquilo. Toma quimioterapia en pastillas cada día, se somete a analíticas periódicas y, cuando los niveles se disparan, le extraen medio litro de sangre o más. Cuenta que incluso disfruta charlando con las enfermeras durante las extracciones y que no ve sentido en «rebelarse contra la condición de la vida».

No se muestra como héroe ni como víctima. Acepta que, a su edad, es difícil distinguir qué fatiga proviene de la quimio, cuál del cáncer y cuál simplemente de estar viejo. Duerme más, sale menos, las fiestas ruidosas le agotan y su sordera complica las conversaciones. Pero le siguen importando las mismas cosas de siempre: los libros, el arte, la gente a la que quiere y, en un guiño muy británico, el destino de su club de fútbol, el Leicester City, cuyo posible regreso a la Premier se pregunta si llegará a ver.

En este contexto, la idea de poner punto final a su bibliografía cobra sentido práctico y simbólico. De joven tenía una máxima: escribir cada libro como si fuera el último. Con Despedidas, siente que por fin ha cumplido esa consigna al pie de la letra. No quiere dejar un manuscrito a medias que la muerte interrumpa, ni prolongar la producción solo porque «todavía se lo publican».

Amor, duelo y la presencia incómoda de los muertos

El libro también retoma uno de los hilos más dolorosos de la vida del autor: la muerte de su esposa, la agente literaria Pat Kavanagh, en 2008, tras un tumor cerebral fulminante. Barnes ya le había dedicado un texto desolador y preciso en Niveles de vida, pero en Despedidas vuelve sobre el duelo desde cierta distancia temporal y con una nueva vida sentimental en marcha.

Repasa, por ejemplo, las reacciones ajenas a la pérdida: las cartas de pésame que ayudan, las que hieren sin querer, las que se encogen en un «no hay palabras» demasiado literal. Recuerda el apoyo sincero de un hombre que solo llevaba las cuentas de su mujer, capaz de escribirle con tópicos pero con una autenticidad que le resultó más reconfortante que muchos mensajes literariamente más brillantes.

También confiesa su rabia en escenas aparentemente menores: una cena con tres editores que conocían bien a Kavanagh en la que nadie recoge su nombre cuando él la menciona, ni a la primera ni a la tercera vez. Esa especie de negación social de los muertos, esa incomodidad que lleva a evitarlos en la conversación, le produjo un desprecio que todavía recuerda.

Frente a la idea reconfortante de que «los muertos viven en la memoria de los vivos», Barnes introduce un matiz más áspero: los recuerdos se solidifican. Se vuelven siempre los mismos tres o cuatro, repetidos una y otra vez, sin posibilidad de desarrollarse porque la persona ya no está para generar nuevos momentos. Le emocionan especialmente las cartas que le contaban cómo era Pat cuando él no estaba presente, pero incluso ese filón se agota.

A pesar de todo, el amor vuelve a aparecer. En 2023 se ha sabido que se casó en secreto con la editora Rachel Cugnoni, a quien conocía desde hacía casi treinta años y con la que llevaba ocho de relación. La boda, en un registro civil ante apenas ocho personas, se desveló de forma casi novelesca, durante una fiesta en el restaurante Toklas de Londres en la que muchos invitados creían estar celebrando su 80 cumpleaños. Barnes aprovechó su discurso para anunciar, con humor, que cumplía la promesa que ella le había arrancado años antes: repetir cierta alocución que tanto le había gustado… esta vez como marido.

Una conversación final con el lector

Aunque el libro aborda asuntos graves —la vejez, el cáncer, la muerte de amigos como Martin Amis o la editora Carmen Callil, el Brexit o la pandemia—, el tono general de Despedidas no es sombrío. Barnes mantiene la ligereza irónica que le caracteriza, esa mezcla de elegancia británica y escepticismo francés que le ha valido premios como la Orden Nacional de la Legión de Honor en Francia.

Hacia el final, imagina una escena que sirve casi de marco para toda su obra: un escritor y un lector sentados en la terraza de un café de una ciudad indefinida, con una bebida fresca sobre la mesa, observando juntos «las numerosas y diversas expresiones de vida que desfilan delante». Esa imagen condensa su idea de la literatura como conversación prolongada, discreta, que acompaña sin imponer moralejas.

Edgar Allan García
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En ese diálogo imaginario, Barnes se permite un gesto de afecto poco habitual en él. Le dice al lector que espera que haya disfrutado de su compañía a lo largo de los años, porque él desde luego lo ha hecho. Y remata con una imagen casi física: apoya la mano en el antebrazo de quien lee —«no, no dejes de mirar», insiste— y, tras un rato, se desvanece. Una despedida silenciosa, sin aspavientos, casi doméstica.

Queda, eso sí, una puerta entreabierta: Barnes confiesa que lleva más de medio siglo escribiendo un diario. La posibilidad de que ese material vea la luz en forma de libro, quizá editado póstumamente o con mucha calma, alimenta las especulaciones del mundo editorial europeo. Al mismo tiempo, encaja con su voluntad de marcar él mismo los tiempos: la narrativa se cierra; otros formatos podrán llegar si tiene sentido.

Sus lectores en España y en toda Europa reciben así un volumen que no es necesariamente su obra más compleja ni la más ambiciosa, pero sí uno de los más personales y coherentes con lo que ha escrito siempre. Despedidas vuelve una y otra vez a sus obsesiones —amor, muerte, memoria, verdad y mentira en la ficción— y las coloca bajo la luz cruda de la vejez y la enfermedad, sin concesiones sentimentales pero también sin cinismo.

En un panorama literario donde muchos autores alargan carreras a base de fórmulas gastadas, la decisión de Barnes de frenar a tiempo y convertir su último libro en un adiós deliberado tiene algo de rara elegancia. No necesita monumentos ni grandes declaraciones finales: se conforma con dejar una estantería llena de libros, un puñado de anécdotas biográficas y la invitación a releerlo. Su partida —o sus partidas, en plural— refuerzan la idea de que las verdaderas despedidas no se gritan; se escriben despacio y se dejan en manos de quienes, años después, seguirán abriéndolas al pasar la página.