«La desesperación». Un poema que alaba lo macabro y lo grotesco

La desesperación

Hay poemas que son como un terremoto, como un trueno que atraviesa todo tu ser. La desesperación es uno de ellos. Esta obra, tradicionalmente de José de Espronceda (Almendralejo, 25 de marzo de 1808-Madrid, 23 de mayo de 1842), pero que algunos biógrafos y estudiosos atribuyen a Juan Rico y Amat (Elda, Alicante; 29 de agosto de 1821-Madrid; 19 de noviembre de 1870), es una de las muestras más nihilistas y desgarradoras del Romanticismo español.

Características del romanticismo oscuro

Los poemas pueden reflejar lo grotesco y la desesperación de la vida

El poema «La desesperación», de José de Espronceda, forma parte de lo que se llama «Romanticismo oscuro», un subgénero que surgió en el siglo XIX y que exponía ideas poco optimistas, ya fueran sobre el ser humano, la religión, o la naturaleza. No solo tenemos a Espronceda como ejemplo, sino que hay muchos otros como Edgar Allan Poe (quizás el más conocido de este género), Emily Dickinson, o incluso podríamos introducir a muchos «poetas malditos».

Dentro de las características de este tipo de obras literarias, nos encontramos con las siguientes:

Cero confianza en la perfección

Para los románticos oscuros, el ser humano no es perfecto, ni tampoco lo va a conseguir nunca. Por eso, todos sus personajes se relacionan con el pecado, con la autodestrucción, con los vicios de la vida. Para ellos, el ser humano es un pecador y por ese motivo ven la vida como un cúmulo de situaciones y actividades que no llevan a la perfección, sino al lado contrario.

Son pesimistas

A pesar de que hablamos del romanticismo, lo cierto es que los poemas del romántico oscuro son pesimistas, hablan siempre de forma negativa, ya sea directa o indirectamente, porque entienden que, por mucho que se intente algo, siempre estará avocado al fracaso.

En este sentido, también las propias vidas de los poetas influyen en gran medida en los poemas.

El mundo es sombrío

No solo sombrío, sino misterioso y negativo. Lo que otros románticos lo ven como algo espiritual y relacionado con la divinidad, con la vida y la luz; ellos lo ven como todo lo contrario. De tal forma que para los románticos oscuros es un lugar donde el hombre saca todo su lado más negativo, y la propia naturaleza, su entorno, se vanagloria de esa negatividad, hundiéndolo aún más en su miseria.

La desesperación

La desesperación es una oda a lo macabro, lo grotesco, y lo moralmente cuestionable. En este sentido, nos recuerda a historias como El gato negro, de Edgar Allan Poe («¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos que es la Ley?»), que si bien es un cuento, comparte en esencia el espíritu, y el carácter retorcido del poema.

Sus sonoros versos heptasílabos nos hacen preguntarnos si al protagonista realmente le apasionan las cosas terribles de las que habla, o que goce de ellas es una consecuencia de la vida que ha llevado. Todo es tremendo y horripilante en este poema, que no deja ni un leve atisbo de esperanza. Entre sus renglones tienen cabida cementerios, catástrofes y, en suma, todos los placeres oscuros y culpables de los que un ser humano puede disfrutar. Sin lugar a dudas, lo que atrapa de esta obra es su feroz exaltación de lo tenebroso, de la locura, y de todo aquello que la sociedad rechaza.

Puedes leerlo a continuación:

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas
la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como vocea,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ellos caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello…
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

Otros poemas macabros que deberías conocer

El romanticismo oscuro surgió en el siglo XIX

Espronceda no es el único poeta que escribía poemas macabros. Existen muchos poetas, tanto conocidos como desconocidos, que en algún momento de su vida han escrito poemas oscuros. Muy conocidos por aquellos a los que les gusta lo gótico, queremos dejarte aquí algunos ejemplos más de este tipo de subgénero.

Todos ellos tienen muchas de las características que hemos citado antes, y son buenos ejemplos que puedes tener en cuenta.

«El funeral del diablo» (Mary Coleridge)

¡Gente buena, el Diablo está muerto!

¿Quiénes son los portadores que llevan el velo?

Uno de ellos piensa que también asesinó a Dios

con la misma espada que a Satanás mató.

Otro cree que ha salvado la vida de Dios;

el Diablo fue siempre el Dios de la contienda.

¡Un manto púrpura sobre él se extendió!

Un rey que yace muerto.

El peor de los reyes nunca gobernó

tan bien como este magnífico Rey del Infierno.

¿Cuál es la recompensa por su sufrimiento?

Él mismo está muerto, pero el infierno permanece.

Forjó su ataúd antes de morir.

Fue hecho de oro, siete veces templado,

con las brillantes palabras de aquellos

que se jactaban de haberlo abandonado.

¿Dónde lo enterrarás? ¡No en la tierra!

En flores venenosas él renacería.

No en el mar.

Los vientos y las olas lo liberarían.

Acuéstenlo en la pira funeraria.

Toda su vida ha vivido en el fuego.

Y a medida que las llamas ascendían al cielo,

Satanás se transformó en un ángel de luz,

para poder cumplir mejor con el trabajo

en el que siempre se esforzó cuando vivía debajo.

«El baile de los ahorcados» (Arthur Rimbaud)

El baile de los ahorcados

Los mejores versos de los poetas malditos 1

En la horca negra bailan, amable manco,

bailan los paladines,

los descarnados danzarines del diablo;

danzan que danzan sin fin

los esqueletos de Saladín.

¡Monseñor Belzebú tira de la corbata

de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,

y al darles en la frente un buen zapatillazo

les obliga a bailar ritmos de Villancico!

Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:

como un órgano negro, los pechos horadados,

que antaño damiselas gentiles abrazaba,

se rozan y entrechocan, en espantoso amor.

¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza,

trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio,

¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!

¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!

¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!

Todos se han despojado de su sayo de piel:

lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.

En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.

El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;

cuelga un jirón de carne de su flaca barilla:

parecen, cuando giran en sombrías refriegas,

rígidos paladines, con bardas de cartón.

¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!

¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!

y responden los lobos desde bosques morados:

rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno…

¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes

que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos,

un rosario de amor por sus pálidas vértebras:

¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio!

Y de pronto, en el centro de esta danza macabra

brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,

llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita

y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,

crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje

con gritos que recuerdan atroces carcajadas,

y, cómo un saltimbanqui se agita en su caseta,

vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.

En la horca negra bailan, amable manco,

bailan los paladines,

los descarnados danzarines del diablo;

danzan que danzan sin fin

los esqueletos de Saladín.

«Remordimiento» (Charles Baudelaire)

Puedes escribir un poema en cualquier sitio

Cuando te hayas dormido, mi bella tenebrosa,

al fondo de un sepulcro hecho de mármol negro,

y cuando solo tengas por alcoba y morada

un panteón húmedo y una cóncava fosa;

cuando la piedra, hundiendo tu pecho asustadizo

y tu torso relajado por una deliciosa displicencia,

impida que palpite tu corazón y ansíe,

y que tus pies recorran tu carrera azarosa,

la tumba, confidente de mi sueño infinito

(porque la tumba siempre comprenderá al poeta),

en esas largas noches donde el sueño es proscrito,

te dirá: «¿De qué te sirve, cortesana incompleta,

nunca haber conocido lo que lloran los muertos?».

—Y el gusano roerá tu piel como un remordimiento.

«Separados» (Marcelone Desbordes-Valmore)

No me escribas. Estoy triste, desearía morirme.

Los veranos sin ti son como noche sombría.

He cerrado los brazos, que abrazarte no pueden,

invocar mi corazón, es invocar la tumba.

¡No me escribas!

No me escribas. Aprendamos únicamente a morir en nosotros.

Pregunta sólo a Dios…, sólo a ti mismo, ¡cómo te amaba!

Desde tu profunda ausencia, escuchar que me amas

es como oír el cielo sin poder alcanzarlo.

¡No me escribas!

No me escribas. Te temo y temo mis recuerdos;

han guardado tu voz, que me llama a menudo.

No muestres agua viva a quien beberla no puede.

Una caligrafía amada es un retrato vivo.

¡No me escribas!

No me escribas dulces mensajes: no me atrevo a leerlos:

parece que tu voz, en mi corazón, los vierte;

los veo brillar a través de tu sonrisa;

como si un beso, en mi corazón, los estampara.

¡No me escribas!


6 comentarios, deja el tuyo

  1.   Gustavo González dijo

    Una poesía realmente desesperada, cuando uno ya a perdido la esperanza. Solo quiere el dolor porque ya no tiene esperanza alguna. Es triste, pero comprensible. No es para regalar a la mujer amada, es para olvidar el engaño y abandono del amor humano.

    1.    carlos aisa dijo

      «a perdido» es con h: del verbo haber

      1.    Julio dijo

        A quien se refiere cuando dice » el dios vendado»?….es baco?

  2.   Juli dijo

    Son lindos y macabros

    1.    Narciso dijo

      Creo que se refiere a Cupido.

  3.   Enrique Capredoni dijo

    Lo leí de niño, en las obras completas de Espronceda que mi abuela tenía en su biblioteca. Lo leí de adolescente buscándolo por mi memoria de niño. De adulto lo busco, y lo recuerdo casi completo de memoria, y cambia tanto el impacto que deja en cada etapa. Las imágenes que nos representa pasan de jocosas a terriblemente reales del mundo que vivimos de adultos.

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