Juan Rulfo. Aniversario de su fallecimiento. Poemas

Juan Rulfo

Juan Rulfo fallecía un día como hoy de 1986 en Ciudad de México a causa de un enfisema pulmonar, pero su obra sigue vigente y en lo más alto del reconocimiento. Además, las nuevas generaciones de lectores también la siguen descubriendo y apreciando. Fue tan breve como intensa pero, por su calidad, ocupa un puesto destacado dentro del llamado boom de la literatura hispanoamericana de los años 60.

La más famosa siguen siendo Pedro Páramo, su única novela de la que Borges dijo que era «una de las mejores de la literatura de lengua hispánica, y aún de la literatura». Y así ha quedado, como una de las obras maestras de la literatura mundial del siglo XX. Pero Rulfo también escribió poesía y hoy lo recordamos con una selección de poemas y fragmentos.

Juan Rulfo

Fue el tercero de cinco hermanos y su familia tenía una buena posición económica, pero a su padre lo mataron cuando él tenía seis años. Seis años más tarde muere su madre y fue su abuela la que se ocupó de él hasta que terminó siendo enviado a un orfanato.

En 1947 se casó con Clara Aparicio, con la que tuvo cuatro hijos. En 1970 obtuvo el Premio Nacional de Literatura en México. Unos años más tarde fue elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. En 1983 le concedieron el Premio Príncipe de Asturias y dos años después fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Juan Rulfo — Selección de poemas y fragmentos

Sin título

¿Dónde estabas? Parecía encontrarte entre los ruidos más pequeño son aquellos que baten sus sonidos y se confunden con las palpitaciones con el murmullo de la tierra con el grito de la sangre.

Parecía encontrarte apenas devuelto como ir de una constelación sin esperanza. Me faltabas. Eras como ese sueño que nunca llega y que remotamente nos espera entre dos estaciones

Chiquilla

¿Sabes una cosa?

He llegado a saber, después de muchas vueltas, que tienes los ojos azucarados. Ayer nada menos soñé que te besaba los ojos, arribita de las pestañas, y resultó que la boca me supo a azúcar; ni más ni menos, a esa azúcar que comemos robándonosla de la cocina, a escondidas de la mamá, cuando somos niños.

También he concluido por saber que los cachetitos, el derecho y el izquierdo, los dos, tienen sabor a durazno, quizá porque del corazón sube algo de ese sabor.
Bueno, la cosa es que, del modo que sea, ya no encuentro la hora de volverte a ver.

No me conformo, no; me desespero.
Ayer pensé en ti, además, pensé lo bueno que sería yo si encontrara el camino hacia el durazno de tu corazón; lo pronto que se acabaría la maldad a mi alma.

Por lo pronto, me puse a medir el tamaño de mi cariño y dio 685 kilómetros por la carretera. Es decir, de aquí a donde tú estás. Ahí se acabó. Y es que tú eres el principio y fin de todas las cosas.

Vivimos en una tierra

Vivimos en una tierra
en que todo se da,
gracias a la providencia,
pero todo se da con acidez.
Estamos condenados a eso.

Nadie puede durar tanto

Nadie puede durar tanto,
no existe ningún recuerdo
por intenso que sea
que no se apague.

Me gustas más

Me gustas más
cuando te sueño,
entonces hago de ti
lo que quiero.

Cada suspiro

Cada suspiro
es como un sorbo de vida
del que uno se deshace.

Yo lloro

Yo lloro, sabes,
lloro a veces por tu amor.
Y beso pedacito a pedazo
cada parte de tu cara
y nunca acabo de quererte.

Juan Rulfo — Diles que no me maten — de El llano en llamas

—¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
—No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
—Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
—No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
—Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
—No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
—Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
—No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
—Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
—La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Fuentes: Escribirte y Palabra virtual


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