Después de más de una década instalado en la cima de las listas de ventas gracias al universo de Reina Roja, Juan Gómez-Jurado ha decidido dar un giro calculado a su trayectoria. Su nueva novela, Mentira (Ediciones B), llega como un thriller independiente que se desmarca del mundo que le convirtió en superventas, pero mantiene intactas sus señas de identidad: ritmo endiablado, diálogos afilados y una obsesión casi enfermiza por el suspense.
El resultado es una historia de mentiras profesionales, aislamiento y crimen en una remota aldea asturiana. Un relato contado en primera persona por una protagonista que avisa desde la primera frase de que no es de fiar y que obliga al lector a caminar por la novela como quien avanza sobre arenas movedizas: con la sensación constante de que la verdad puede derrumbarse en cualquier página.
Adiós (temporal) a Reina Roja, hola a Eva Ramos
Gómez-Jurado ha repetido en entrevistas que el universo de Reina Roja está “en pausa”. Después de ocho libros interconectados, millones de ejemplares vendidos solo en España y una exitosa adaptación televisiva con Victoria Luengo y Hovik Keuchkerian como protagonistas, el escritor sentía que ese “traje narrativo” empezaba a quedársele demasiado cómodo. Necesitaba, en sus palabras, que le “tirara de las costuras” de nuevo.
En ese contexto aparece Mentira, una novela que rompe con sus sagas previas y se presenta como autoconclusiva e independiente. Tanto es así que la edición española abre con una nota explícita de la editorial aclarando que la historia no pertenece al mundo de Reina Roja. Es una forma de despejar dudas y de invitar también a nuevos lectores que no hayan seguido sus libros anteriores a entrar en esta trama sin necesidad de bagaje previo.
El movimiento no deja de ser arriesgado para alguien con una maquinaria de éxito ya engrasada. Sin embargo, el propio autor reconoce que es incapaz de escribir “dos veces el mismo libro” y que su objetivo no es replicar una fórmula, sino buscar desafíos formales y emocionales nuevos en cada proyecto, aunque eso suponga salir de la zona de confort que le garantizaba ventas aseguradas.
Una mentirosa profesional atrapada en una aldea asturiana
La protagonista de Mentira se presenta con una declaración que funciona casi como manifiesto literario: «No me llamo Eva Ramos, pero tú vas a llamarme así». Desde ahí, el lector entiende que está ante una mentirosa profesional, alguien que se gana la vida arreglando los problemas de otros a través del engaño, adoptando identidades y manipulando versiones de la realidad según convenga.
Por una carambola del destino, esa mujer que vive de mentir acaba en una aldea remota de Asturias junto a su hermano Pablo. Llegan allí para cumplir una misión encargada por un hombre del que apenas saben nada, pero lo que debería ser un trabajo más se complica en cuestión de horas: una tormenta de nieve corta cualquier conexión con el exterior y deja al pueblo completamente aislado, con Eva y Pablo atrapados entre vecinos que tampoco parecen estar diciendo toda la verdad.
El relato se tensa cuando en la nieve empiezan a aparecer cadáveres. Con el entorno incomunicado, el círculo de sospechosos se reduce a ese pequeño grupo de habitantes y forasteros encerrados por el temporal. El esquema clásico del whodunit -el misterio de habitación cerrada o de isla aislada a lo Agatha Christie- se despliega en clave rural y contemporánea, pero con una particularidad: la persona que nos cuenta lo que pasa admite abiertamente que también puede estar mintiendo.
La dinámica entre los dos hermanos, sus diferencias y lealtades, y la tensión creciente con los habitantes del pueblo sostienen buena parte de la intriga. Cada gesto, cada explicación y cada silencio adquieren un doble filo, porque en un entorno donde todos ocultan algo, discernir quién miente y quién solo calla se convierte en una cuestión de supervivencia.
Romper (a propósito) la regla del narrador no fiable
En el género de misterio existe una norma no escrita: cuando hay un narrador poco fiable, no debe confesarlo. La gracia consiste precisamente en que el lector descubra, al final, que quien le contaba la historia le ha estado engañando. Gómez-Jurado decide dinamitar ese principio desde la primera línea de Mentira, avisando abiertamente de que Eva va a manipular el relato.
El autor ha explicado en varias conversaciones en radio y televisión que le divertía comprobar qué ocurría si esa regla se ponía patas arriba. Si el lector ya sabe que la narradora miente, la lectura se transforma: cada frase se convierte en una pista potencial, cada omisión suena sospechosa y los detalles aparentemente menores se cargan de importancia. El libro obliga a seguir la historia con un nivel de atención poco habitual, especialmente en una época en la que, como él mismo admite, la batalla por la atención es feroz.
La voz en primera persona domina todo el libro. Es Eva quien decide qué contar, cómo contarlo y cuándo soltar la información relevante. Hay una sola palabra de dos letras -mencionada por el propio escritor- que, colocada en el sitio exacto, reinterpreta por completo la novela. Esa obsesión por la precisión y por las “capas escondidas” se nota en la forma en que los capítulos, generalmente breves, cierran casi siempre en un punto que obliga a seguir leyendo, con esa sensación de “venga, uno más y lo dejo” que tantas lectoras asocian ya al estilo del autor.
En este juego con las reglas del thriller clásico, Gómez-Jurado reconoce que quería que el público se sintiera tan perdido como los propios personajes en medio de la ventisca. La tormenta de nieve y el aislamiento no solo funcionan como recurso físico, sino también como metáfora de una verdad que se ve siempre desdibujada por capas de mentiras, recuerdos incompletos y versiones interesadas de los hechos.
La mentira como plaga del siglo XXI
Más allá del misterio concreto que se desarrolla en la aldea asturiana, Mentira utiliza a su protagonista y la estructura misma del relato para plantear una reflexión sobre el papel del engaño en la sociedad actual. El escritor ha admitido en varias entrevistas que ve la mentira como “la mayor plaga” contemporánea, especialmente en el ámbito político y en el ecosistema digital.
Para él, vivimos una especie de “primera infancia” de la sociedad en redes, todavía incapaz de defenderse con eficacia frente a fake news, bulos y manipulaciones que se difunden con una rapidez inédita. Como en la parábola de los peces que nadan en el agua sin saber qué es el agua, Gómez-Jurado considera que nos movemos dentro de un entorno saturado de información falsa sin ser del todo conscientes de hasta qué punto nos envuelve.
La novela no se plantea como un panfleto ni como un ajuste de cuentas explícito con la política, algo que el autor ha preferido evitar de forma consciente. Pero el hecho de construir una historia entera sobre una profesional de la mentira, rodeada de personas que también mienten por supervivencia, conveniencia o miedo, permite que el lector establezca sus propios paralelismos con el clima social del presente.
La presencia de la inteligencia artificial como herramienta para generar imágenes y textos falsos aparece también en la conversación alrededor del libro. Gómez-Jurado sostiene que esa tecnología podrá fabricar simulacros convincentes en un primer vistazo, pero nunca sustituir la experiencia humana de fondo: a una IA, dice, “no se le ha caído un bebé de un carrito en un supermercado”, y esa clase de vivencias son las que acaban filtrándose en la literatura y dándole densidad emocional, más allá del truco superficial.
Personajes femeninos, conflicto y psicología
En los últimos años, los libros de Gómez-Jurado han estado protagonizados por mujeres fuertes y complejas, desde Antonia Scott en Reina Roja hasta la propia Eva Ramos en Mentira. Él mismo ha explicado que esta elección no obedece a una regla cerrada, pero sí a una cuestión narrativa: en muchos casos, le resulta más interesante el conflicto que se genera cuando es una mujer la que toma decisiones moralmente discutibles o abiertamente arriesgadas.
Pone como ejemplo a Antonia Scott, madre que está dispuesta a poner en peligro la vida de su hijo por perseguir su objetivo, lo que abre una tensión brutal entre lo personal y lo profesional. En Mentira, la protagonista también debe afrontar las consecuencias de sus actos pasados y presentes, pero desde un ángulo distinto: el de alguien que ha hecho de la falsedad un modo de vida y que de repente se ve obligada a aferrarse a la verdad para seguir viva.
El libro indaga así en la identidad de Eva. A medida que avanza la investigación sobre el crimen en la aldea, los flashbacks recuperan episodios con su mentor y situaciones clave de su pasado, revelando qué ideas aprendió y qué la empujó a convertirse en lo que es. La pregunta deja de ser solo quién ha cometido el crimen, y pasa a ser también quién es realmente Eva Ramos y cuánta distancia hay entre la historia que ella cuenta y los hechos tal y como ocurrieron.
Esta apuesta por la psicología individual supone un cambio respecto a otros thrillers del autor, donde el mal solía representarse como una fuerza externa a la que enfrentarse. En Mentira, el foco se traslada al interior de la narradora, a sus motivaciones y a sus mecanismos para justificar o disimular sus decisiones ante sí misma y ante quien la lee.
Un lanzamiento masivo y una recepción entusiasta
La publicación de Mentira ha sido uno de los grandes acontecimientos editoriales del año en España. Desde que Ediciones B anunció que se trataba del primer thriller independiente de Gómez-Jurado tras el universo Reina Roja, la expectativa se disparó. Las librerías organizaron presentaciones con teatros llenos y las primeras firmas en ciudades como Madrid, Barcelona o Zaragoza reunieron a cientos de personas en colas que se alargaron durante horas.
La editorial apostó fuerte por la novela con una tirada inicial de 150.000 ejemplares, una cifra reservada a muy pocos autores en el mercado español. En cuestión de días, el libro escaló a los primeros puestos de las listas de más vendidos y empezó a encadenar reimpresiones, confirmando que la base de lectoras construida durante años seguía respondiendo incluso ante un cambio de registro.
Los medios culturales y generalistas tampoco han escatimado adjetivos. ABC ha hablado de “la mejor novela de Gómez-Jurado”, mientras que Zenda la ha calificado directamente como “el mejor thriller de los últimos veinte años” y una “obra maestra”. Otros medios han subrayado la “arquitectura del suspense” y la habilidad del autor para sostener la tensión durante centenares de páginas sin que el ritmo decaiga.
La campaña de promoción ha incluido desde entrevistas en televisión y radio hasta encuentros con lectoras organizados por librerías y clubes de lectura. Incluso se celebró una experiencia peculiar: un grupo de ganadores de un concurso leyó la novela encerrado en un hotel durante un fin de semana, recibiendo los capítulos poco a poco hasta culminar en un encuentro con el propio escritor, al que recibieron con un aplauso sonoro.
Del folio en blanco a las 600 y pico páginas
En paralelo al ruido mediático, Gómez-Jurado no ha escondido las dificultades del proceso creativo. Ha contado que Mentira le llevó a escribir unas 650-680 páginas que no siempre fueron fáciles de sacar adelante. Cada nuevo libro, dice, lo enfrenta a la misma realidad incómoda: “todos los millones de ejemplares vendidos no escriben una sola línea por ti” cuando te sientas ante el folio en blanco.
Pese a su imagen pública desenfadada y al éxito de sus podcasts y apariciones en medios, el autor asegura que no disfruta del acto de escribir tanto como pudiera parecer. Ama ser escritor, pero no tanto el proceso, que describe como largo, tedioso y lleno de decisiones técnicas: elegir el punto de vista adecuado, decidir con qué frase abrir una novela, ordenar la información para que cada giro de trama llegue en el momento justo.
Para minimizar los cambios sobre la marcha, suele trabajar con una planificación muy meticulosa. Antes de empezar a redactar, construye el recorrido completo de la historia en una pared enorme, situando dónde quiere que el lector se sorprenda, dónde quiere que se emocione y en qué punto debe sentir miedo o desasosiego. Solo cuando tiene claro ese mapa, se sienta a convertir las imágenes mentales en páginas, con la convicción de que “todo en el libro es importante”, desde una cita de película aparentemente inocua hasta un comentario lanzado al pasar.
También ha explicado que se apoya en un pequeño círculo de confianza para pulir sus manuscritos. Amigos como el cineasta Rodrigo Cortés o el comunicador Arturo González han leído versiones tempranas de la novela y le han hecho llegar anotaciones exhaustivas. En el caso de Mentira, uno de ellos llegó incluso con más de ochenta páginas de sugerencias, que el escritor incorporó casi por completo, convencido de que el ego es compatible con aceptar ayuda cuando mejora el resultado final.
Un libro lleno de ilustraciones en tiempos de IA
Una de las peculiaridades de Mentira es la presencia de 25 ilustraciones repartidas a lo largo del volumen, algo poco habitual en un thriller para público adulto. Detrás de esta decisión hay tanto una motivación personal como un posicionamiento claro frente a la avalancha de imágenes generadas por inteligencia artificial.
El responsable de esos dibujos es el ilustrador Fran Ferriz, colaborador del autor desde hace más de una década. Según cuenta Gómez-Jurado, Ferriz ha tenido que pelear en los últimos tiempos con la competencia de trabajos producidos por IA que, a ojos de algunos, resultan “suficientemente buenos” como para reemplazar el trabajo humano. En respuesta a esa tendencia, el escritor quiso que en una novela centrada en la mentira hubiera un elemento físico, manual y auténtico: imágenes hechas a lápiz, sobre papel, a lo largo de un año de trabajo.
La inclusión masiva de ilustraciones también tiene algo de ajuste de cuentas. Cuando Reina Roja se publicó en el mercado anglosajón, la edición británica eliminó los dibujos de Ferriz con el argumento de que a esos lectores no les entusiasmaba la mezcla de novela e imágenes. El autor decidió que en su siguiente libro haría lo contrario: en lugar de tres ilustraciones, pondría veinticinco y contaría la historia como él quería, reivindicando de paso la tradición de clásicos como Sherlock Holmes o Peter Pan, que se publicaron en origen acompañados de grabados.
Lejos de “robar” espacio a la imaginación, sostiene, las ilustraciones se integran en el tono de la obra y dialogan con la atmósfera de misterio clásico, recordando que el relato por entregas ilustrado forma parte del ADN del género desde finales del siglo XIX. En un mundo donde casi todo puede falsificarse, la presencia de un trazo humano tangible funciona como declaración de intenciones.
Un autor entre el cómic, los clásicos y el best seller
El entusiasmo de Gómez-Jurado por la ficción no se limita a sus propios libros. En conversaciones recientes ha rememorado el verano, con 13 años, en el que leyó El Señor de los Anillos, Cementerio de animales y La tabla de Flandes. Aquella mezcla de fantasía épica, terror y thriller histórico le hizo entender que dedicarse a la literatura podía ser, más que un sueño, una opción vital concreta, y definió buena parte de su formación como narrador.
Entre las obras que más admira, sitúa en un lugar muy especial la novela gráfica Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons, a la que considera “probablemente el mejor cómic que se ha escrito y dibujado jamás”. Le fascina su modo de desmontar el mito del superhéroe, de jugar con documentos ficticios, artículos de prensa y fragmentos de memorias para construir un artefacto narrativo complejo y “más grande que la vida”, una expresión inglesa –larger than life– que le gusta utilizar para esas historias inmensas que contienen universos dentro.
Esa mezcla de influencias -desde los clásicos como El Quijote hasta la cultura popular contemporánea- ayuda a entender su apuesta por una prosa que busca precisión antes que simpleza, como él mismo dice. Prefiere hacer el esfuerzo de contar las cosas con belleza y rapidez, aunque eso exija más trabajo previo, antes que sacrificar matices en favor de la facilidad absoluta. La clave, a su juicio, está en escribir para lectoras inteligentes sin subestimar su capacidad de atención.
Todo ello se combina con una cercanía notable hacia su público. Las firmas en librerías y ferias del libro, las presentaciones multitudinarias y su presencia en podcasts como Todopoderosos han contribuido a construir la imagen de un autor que disfruta de ese contacto directo con los lectores, hasta el punto de describirlo como la parte favorita de su trabajo. Ver las caras de quienes llegan con sus ejemplares, dice, compensa las horas solitarias frente al teclado.
Con Mentira, Juan Gómez-Jurado mantiene intacta su vocación de entretener y a la vez aprieta un poco más las tuercas del género. Cambia de escenario, de universo y de voz narrativa, pero conserva su afán por jugar con las expectativas de quien abre sus libros. El resultado es un thriller psicológico de alta intensidad que explora la mentira como herramienta, como refugio y como amenaza, y que confirma que, al menos por ahora, el escritor madrileño sigue dispuesto a arriesgarse antes que repetirse.