
José Sacristán, uno de los intérpretes más queridos y respetados del panorama audiovisual y teatral español, se prepara para soplar 89 velas el próximo 27 de septiembre. Lejos de plantearse una jubilación, el actor de Chinchón sigue inmerso en una gira que lo lleva por toda la geografía nacional con su espectáculo más personal: ‘El hijo de la cómica’, un sentido homenaje a su amigo y maestro Fernando Fernán Gómez, inspirado en el primer tomo de sus memorias, ‘El tiempo amarillo’.
Con más de siete décadas de oficio a sus espaldas, Sacristán ha sabido convertir el paso del tiempo en un aliado. Su carrera, salpicada de premios y reconocimientos, vive ahora una etapa de reflexión y gratitud. El intérprete, que ya cuenta con dos premios Goya —el segundo de ellos honorífico en 2022—, no esquiva la realidad de su edad, pero la afronta con una mezcla de lucidez y sentido del humor que le caracteriza. “Miro al calendario y sé que esto se acaba”, confesaba recientemente en el pódcast ‘El tercer acto’, donde también habló de los achaques que empiezan a aparecer, aunque asegura que los va manejando sin dramatismo.
Una rutina alejada de los gimnasios
Uno de los aspectos que más ha llamado la atención en sus últimas entrevistas es su particular filosofía de vida. Sacristán lo tiene claro: nunca ha sido de hacer deporte, y no le importa reconocerlo. “Nunca he practicado deporte, pero me he cuidado y no he cometido excesos”, explicaba en su paso por ‘El hormiguero’, donde desmontó el mito de que su vitalidad se deba a una estricta rutina física. Su método es mucho más simple: caminar a diario, mantener la mente ocupada y, sobre todo, respetar sus horas de sueño.
El actor confiesa que se acuesta tarde y se levanta cuando su cuerpo se lo pide. “Me acuesto a las cuatro de la mañana leyendo, escuchando música o viendo una película”, contó. Y es que, después de toda una vida madrugando —empezó a trabajar como aprendiz de mecánico antes de cumplir los 14 años—, ahora se permite el lujo de no mirar el despertador. “No quiero madrugar más”, sentencia con una sonrisa.

Los ajos de Chinchón y un desayuno ligero
En cuanto a la alimentación, Sacristán no sigue dietas milagrosas ni planes estrictos. Su desayuno es de lo más sencillo: “un yogur de frutas y un vaso de agua. Nada más”. Pero hay un producto que siempre está presente en su día a día y que él mismo reivindica con orgullo: los ajos de su tierra natal, Chinchón. “Son mano de santo”, asegura, convencido de que este alimento tan castizo tiene gran parte de culpa de su buen estado general.
El actor también ha hablado abiertamente de su relación con el tabaco, al que ahora califica de “estupidez” y “sandez mental”. Y sobre otras sustancias, bromea con que “el mayor alucinógeno” que ha probado es el orujo. Unas declaraciones que reflejan a la perfección su carácter directo y sin artificios.
El teatro como motor vital
El escenario sigue siendo su gran pasión y su mejor medicina. Con ‘El hijo de la cómica’, Sacristán ha encontrado un formato que le permite seguir haciendo lo que más le gusta sin las exigencias de los rodajes cinematográficos. “Se necesita un tiempo del que no dispongo”, explicaba en ‘La revuelta’ al ser preguntado por el cine. El teatro, en cambio, le ofrece la flexibilidad que necesita a sus 88 años, y él lo agradece: “Mientras la madre naturaleza me siga dando cuerda, seguiré jugando a este maravilloso oficio”.
Su jornada cuando hay función está perfectamente estructurada. Dedica las tardes a repasar el texto, concentrarse y llegar con antelación al teatro para hacer ejercicios de voz y prepararse. Las giras, aunque exigentes, las gestiona con descansos rigurosos entre ciudad y ciudad. Y cuando no trabaja, disfruta de su casa en Madrid, de las escapadas a Chinchón y de la compañía de su pareja, la actriz Amparo Pascual, con quien comparte vida y escenario desde hace más de dos décadas.
Una mirada crítica al mundo actual
Lejos de quedarse en la nostalgia, Sacristán también tiene una opinión contundente sobre el presente. Le preocupa la deriva de la sociedad y, en particular, el avance de una tecnología que, a su juicio, está dejando de lado el humanismo. “La inteligencia artificial me produce escalofríos”, confesó, y añadió que “la desfachatez de los que están manejando el cotarro pone los pelos de punta”. Para él, la educación es la base de todo y el atropello que percibe en el día a día le resulta especialmente inquietante.
Con todo, el actor no pierde la ilusión. La considera una “medida terapéutica” frente a la necedad y la crueldad que, lamentablemente, se encuentran a diario. “El actor tiene el poder de desplazar sus preocupaciones al personaje que interpreta”, explica, y eso le ayuda a mantener el equilibrio. A sus 88 años, José Sacristán sigue siendo un ejemplo de dignidad profesional y personal, un referente que demuestra que la edad, bien llevada, es solo un número.
El próximo 27 de septiembre, el actor cumplirá 89 años con la misma energía y el mismo compromiso de siempre. Su legado es inmenso, pero él prefiere mirar hacia adelante, con la maleta lista para la próxima función y la certeza de que, mientras el cuerpo aguante, seguirá haciendo lo que mejor sabe: emocionar al público desde las tablas. Una vida dedicada al arte, con los pies en la tierra y el corazón en Chinchón, que es, al fin y al cabo, de donde todo empezó.
