Jack London. Centenario de su muerte. Sus imprescindibles.

Jack London y un par de sus clásicos

Jack London y un par de sus clásicos

Se acaba de cumplir el centenario de la muerte de uno de los famosos escritores de la literatura norteamericana. Jack London (San Francisco, 12 de enero de 1876 – Glen Ellen, 22 de noviembre de 1916) vivió solamente 40 años, pero lo hizo con toda la intensidad. Su vida fue su mayor aventura y así supo escribir las que creó. A lo grande. London, corresponsal de guerra, socialista comprometido y aún más comprometido con el mundo animal, puso título a viajes y personajes sin parangón e inolvidables.

Su mayor homenaje en su obra es para la Naturaleza, y la descripción de su fuerza, poder y esencia está en cada una de esas aventuras. Su compromiso con ella y esa intensidad vital fueron los que le pasaron factura. Su obra quizás esté aún más viva cien años después y la pueden leer lectores de todas las edades. Buck o Colmillo Blanco siguen siendo dos de mis mejores amigos.

Es imposible condensar toda su obra en unas líneas o hablar de su vida llena de viajes y experiencias. Hawaii, Japón, México, el Londres de Jack el Destripador, la Alaska de la fiebre del oro… Él los pisó todos.  También es imposible destacar alguna de entre todas como tampoco elegir entre tantos buenos personajes. Me quedaré con los más clásicos, un trío de mis animales preferidos: los perros y los lobos.

La llamada de la selva (1903)

(…) Y cuando en las noches quietas y frías dirigía el hocico hacia alguna estrella y aullaba como un lobo, eran sus antepasados, muertos y ya convertidos en polvo, los que dirigían el hocico a las estrellas y aullaban a través de los siglos. Y las cadencias de Buck eran las cadencias de ellos, las cadencias con que expresaban su pena y el significado que para ellos tenían el silencio, el frío y la oscuridad.

Soy de un pueblo pequeño, me crie en el campo y he vivido con varios perros a lo largo de mi vida. Mi padre y mis abuelos fueron cazadores y aprendí a diferenciar lo que es cazar y matar. Leer historias como la de Buck a muy temprana edad también pueden marcarte.

El valor, el empeño, el esfuerzo, la pérdida, la superación y, en especial, la lealtad son conceptos que tienen su máxima expresión en el viaje físico y espiritual que hacemos con Buck. Perdemos a nuestro amo y una vida tranquila, y sentimos la dureza de una nueva existencia en la más inhóspita y despiadada condición que, sin embargo, no encarna la Naturaleza, sino otros seres humanos.

Pero hay que sobrevivir, seguir adelante. Así que nuestros músculos también crecen al tirar de pesados trineos sobre la nieve y el hielo perpetuos. Entonces solamente la casualidad nos trae a Thornton y cuando nos salva queremos recuperar la fe en los hombres. Así que lo seguimos, lo convertimos en ese dios al que siempre seremos leales porque es lo que llevamos en la sangre. O no.

Porque ahí fuera, en la más profunda y desconocida oscuridad del bosque, en lo más lejano de nuestra sangre también está esa llamada. Lo que más nos late en realidad. Lo que tienen más como nosotros. Porque somos más. Cuando también nos quitan a Thornton ese sonido nos grita desde dentro. Ya sí que no podemos perder más. Y corremos hacia los nuestros.

Colmillo blanco (1906)

Los lobos son los tiburones de la tierra. Saben lo que hacen mucho mejor que nosotros. Siguen nuestra pista porque saben que acabarán por apoderarse de nosotros. Seguro que nos cazan. 

Esa cita es de uno de los pocos diálogos que encontramos en esta novela, tanto o más famosa que la anterior, y prácticamente simétrica. Esta vez estamos más cerca de los lobos y nos sentimos más salvajes. ¿Quién puede resistirse a meterse en la piel de un perro más lobo que perro al que llaman Colmillo Blanco? Solo el nombre ya denota fiereza y lucha, y todo lo vivimos a través de sus ojos desde que es un cachorro.

Ahora, sin embargo, hacemos el camino inverso desde el carácter indómito a la casi docilidad conforme vamos teniendo más contacto humano. Los maltratos de Castor Gris y las crueles peleas de perros en las que nos mete Guapo Smith donde casi perdemos la vida. Menos mal que Wheedon Scott nos rescató y se quedó con nosotros. Con él aprendimos lo que es el amor, la lealtad y esa absoluta melancolía y desesperación cuando se ausenta quien más nos ha enseñado y queremos.

Esta es posiblemente la más conocida de las varias adaptaciones de esta novela al cine.

Blanco

El lobo de mar – (1904)

Aquí ya sí que somos lobos, navegamos en una fragata llamada Fantasma y estamos al mando de uno, claro: el capitán Lobo Larsen. Esta vez cazamos focas y también náufragos intelectuales, refinados y muy idealistas como el joven Humphrey van Weyden. Larsen es cruel, despiadado y sin escrúpulos. Estamos sometidos a su tiránica autoridad y Van Weyden descubrirá pronto la dureza y la impiedad del mundo primitivo que representa Larsen. Pero también aprenderá de él.

Hay algunas buenas adaptaciones al cine sobre esta novela. Yo me quedo con la clásica de Michael Curtiz (1941), con un Edward G. Robinson memorable y con otra contemporánea de 2009.

Por qué leerlas

El choque entre civilización y naturaleza, la perpetua lucha entre el bien y el mal, la supervivencia del más fuerte, el determinismo genético, la selección natural y… La AVENTURA en su más pura expresión. Y porque es Jack London. Su nombre ya es una razón única.

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