Homenaje a Mario Vargas Llosa en la FIL de Guadalajara: memoria, lecturas y legado

  • La FIL de Guadalajara despidió a Mario Vargas Llosa con el homenaje "El privilegio de apagar la luz".
  • Javier Cercas y Leonardo Padura subrayaron la influencia decisiva de sus novelas y su disciplina narrativa.
  • Pilar Reyes y Marisol Schulz recordaron su relación editorial, su rigor de trabajo y su cercanía con la feria.
  • Se destacó su papel en el boom latinoamericano, su compromiso democrático y su presencia constante en la FIL.

Homenaje a Mario Vargas Llosa en la FIL de Guadalajara

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, considerada el mayor encuentro editorial en español, se volcó en un emotivo adiós a Mario Vargas Llosa, figura clave del boom latinoamericano y presencia habitual en este foro desde sus orígenes. En un acto cargado de recuerdos, lecturas y anécdotas personales, colegas, editores y lectores evocaron la obra y la personalidad de quien muchos consideran uno de los narradores fundamentales de la literatura contemporánea en lengua española.

El homenaje, que llevó el significativo título de «El privilegio de apagar la luz», reunió a voces destacadas del ámbito literario hispano: los escritores Javier Cercas y Leonardo Padura, la editora Pilar Reyes y la directora de la FIL, Marisol Schulz Manaut, moderados por el periodista Xavi Ayén. A lo largo de la sesión, se fue dibujando un retrato coral del autor peruano, desde la admiración lectora hasta la trastienda editorial, con referencias constantes a cómo su trabajo marcó a varias generaciones de escritores tanto en Europa como en América Latina.

Un adiós al Nobel y al último gran nombre del boom

La FIL de Guadalajara quiso subrayar el peso histórico de Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura y último gran representante vivo del boom latinoamericano hasta su fallecimiento el pasado 13 de abril, a los 89 años. Para la organización de la feria, su ausencia deja un vacío evidente: fue un visitante asiduo, siempre dispuesto a participar en mesas, charlas y encuentros con lectores, convirtiéndose casi en un habitual de la casa.

En el acto se recordó que la feria, en su edición número 39, acoge este año a unos 800 autores y autoras y espera alrededor de 900.000 visitantes, con cientos de presentaciones de libros de todos los géneros. Sin embargo, buena parte de la atención se concentró en esta cita dedicada al escritor peruano, convertida en una especie de ceremonia de despedida para un autor cuya obra ha sido leída y discutida a ambos lados del Atlántico.

Los participantes insistieron en que todavía es demasiado pronto para calibrar con exactitud la dimensión cultural de Vargas Llosa. Aun así, la idea general fue que su nombre ya se inscribe en la tradición de los grandes novelistas de la lengua española, con una producción que atraviesa varias décadas, múltiples registros narrativos y una reflexión constante sobre la realidad política y social.

Entre los asistentes a la FIL se percibió un clima agridulce: por un lado, el duelo por la pérdida de un autor central; por otro, la voluntad de celebrar una trayectoria que incluye desde los primeros experimentos narrativos hasta novelas tardías donde el escritor seguía interrogando el poder, la historia y la memoria. Esta combinación de melancolía e impulso de celebración marcó el tono general del homenaje.

Javier Cercas: seis obras maestras y una huella imborrable

El escritor español Javier Cercas abrió la conversación con una lectura apasionada, pero analítica, de la obra del autor peruano. En su intervención recordó que, entre los 26 y los 33 años, Vargas Llosa publicó tres títulos decisivos: La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral. A juicio de Cercas, solo con ese trío de novelas ya habría bastado para situarlo entre los grandes narradores de nuestra lengua, incluso si hubiese dejado de escribir a partir de entonces.

El autor de Soldados de Salamina fue más allá y sostuvo que el peruano no se detuvo ahí, sino que sumó al menos otras tres piezas que, a su entender, tienen el rango de obra maestra: La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo. Con esa lista sobre la mesa, Cercas habló de un escritor capaz de repetir el gesto de excelencia literaria en varias etapas de su carrera, algo poco frecuente incluso entre los grandes nombres de la narrativa universal.

En la comparación que trazó para ayudar a fijar su figura en el imaginario lector, Cercas propuso ver a Vargas Llosa como una suerte de cruce entre Gustave Flaubert y Victor Hugo. De Flaubert, dijo, heredó la disciplina formal y el trabajo minucioso de la prosa; de Victor Hugo, la desmesura y la ambición de retratar procesos históricos y conflictos humanos de gran escala. A partir de ahí, defendió la idea de que, exceptuando a Cervantes, no hay otro novelista en español con una combinación similar de rigor y vastedad.

El vínculo de Cercas con Vargas Llosa no fue solo teórico. Recordó cómo el peruano escribió un ensayo sobre Soldados de Salamina que, en palabras del propio autor español, «era mejor que el libro». A partir de ese texto crítico se forjó una relación que él definió con cierta ironía como «un amor correspondido», un intercambio intelectual que atravesó los años y consolidó una afinidad literaria.

Para subrayar el alcance del legado, Cercas apuntó que incluso algunas novelas consideradas «menores» en la bibliografía de Vargas Llosa —como La historia de Mayta, Pantaleón y las visitadoras o Travesuras de la niña mala—, si las hubiera firmado cualquier otro escritor, serían vistas como obras mayores. Desde esta óptica, el conjunto de su producción ampliaría de forma intensa el canon de la narrativa en español.

Leonardo Padura: aprendizaje lector y respeto por la estructura

El escritor cubano Leonardo Padura centró su participación en la huella que Vargas Llosa dejó en su propia formación como lector y novelista. Relató que, cada vez que se plantea comenzar un nuevo libro, vuelve a leer Conversación en La Catedral, una obra que considera un manual práctico sobre cómo sostener una novela compleja sin perder de vista al lector.

Padura compartió el recuerdo de su primer encuentro con el peruano en el aeropuerto de Barajas, en Madrid. Se acercó con cierta timidez para presentarse como escritor cubano y le confesó que, antes de iniciar cada novela, releía Conversación en La Catedral. Según relató, esa frase cambió de inmediato el gesto del autor peruano y abrió la puerta a una breve charla, en la que terminaron cruzando referencias de amigos comunes de España. Aquella escena le sirvió para comprobar, de manera muy directa, el peso que tiene reconocer a los maestros literarios de los que uno aprende.

El autor de El hombre que amaba a los perros subrayó que muchos escritores latinoamericanos «bebieron de esa fuente inagotable» que representaba Vargas Llosa. Lo definió como un «gran manipulador literario», en el mejor sentido del término: alguien que sabía ordenar, dosificar y articular los elementos de la narración como si levantara un edificio, con una estructura cuidadosamente pensada.

Padura insistió en que, gracias a la lectura de las novelas del peruano, comprendió que la estructura es el corazón de la novela. No se trata solo del argumento, sino de la manera en que se combinan los puntos de vista, los saltos temporales y las voces narrativas. En ese sentido, consideró que la obra de Vargas Llosa sigue siendo una escuela para narradores de distintas generaciones, tanto en América Latina como en Europa.

El cubano aprovechó también para referirse al Vargas Llosa político. Recordó que fue un demócrata convencido, con una trayectoria pública atravesada por polémicas y cambios de posición. A su juicio, cuando se equivocó, lo hizo «nunca a su favor, siempre contra sí mismo», y calificó su novela Tiempos recios, centrada en la caída del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala y la intervención de Estados Unidos, como «una de las novelas más de izquierda de todos los tiempos» por la contundencia con la que denuncia ciertas dinámicas de poder.

La mirada de la edición: Pilar Reyes y Marisol Schulz

Si Cercas y Padura pusieron el foco en el impacto literario, la editora Pilar Reyes y la directora de la FIL, Marisol Schulz Manaut, aportaron la perspectiva del trabajo cotidiano con el autor. Reyes contó que se cruzó profesionalmente con él cuando tenía apenas 24 años, encargada del lanzamiento en Colombia de Los cuadernos de don Rigoberto en 1997. Para ella, que estudiaba sus novelas en la universidad, encontrarse de golpe con el escritor significó un reto tan intimidante como estimulante.

En esa primera experiencia descubrió a un autor muy atento al proceso editorial, interesado en las decisiones de portada, cubiertas y estrategias de difusión, pero sin perder la cercanía con el equipo que lo acompañaba. Reyes recordó una dedicatoria en la que Vargas Llosa firmaba «en nombre de don Rigoberto, doña Lucrecia, Fonchito, Justiniana y Mario Vargas Llosa», un gesto aparentemente sencillo que, con el tiempo, interpretó como la prueba de que sus personajes formaban parte de su vida casi como si fueran personas reales.

La editora enfatizó también la convicción del peruano acerca de la capacidad de la ficción para intervenir en la realidad. Para él, no había ruptura entre ambos planos: las novelas eran una forma de acción, capaces de modelar imaginarios, influir en debates públicos y replantear la manera en que se entiende la historia. Esta idea, según Reyes, marcó profundamente la forma en que concebía cada nuevo proyecto.

Por su parte, Marisol Schulz repasó sus 17 años de conversaciones con el autor desde el ámbito editorial y desde la dirección de la FIL. Contó que el primer desafío fue aprender a tutearlo, a petición del propio escritor, lo que contribuyó a construir una relación más directa y distendida. A partir de ahí, mantuvieron un diálogo constante sobre portadas, ediciones y planos de publicación, tanto en México como en otros países de habla hispana.

Schulz recordó una charla en Monterrey en la que el autor explicó, paso a paso, el trabajo de investigación detrás de El sueño del celta. Según relató, Vargas Llosa dedicaba un enorme esfuerzo a la fase de preescritura, sumergiéndose en archivos, testimonios y bibliografía antes de sentarse a redactar. Esa obsesión por documentarse bien se traducía en novelas con un fuerte soporte histórico, pero sin perder la tensión narrativa.

La directora de la FIL calificó el homenaje como un momento «agridulce», marcado por la pena de la pérdida y el orgullo de haber compartido con él tantos años de trabajo. Subrayó que Vargas Llosa fue siempre un invitado cercano y generoso con los lectores, dispuesto a firmar libros, conversar en pasillos y alargar encuentros incluso cuando la agenda estaba llena.

Una presencia constante en la FIL y en el mundo del libro

Más allá del acto puntual, la feria quiso remarcar que la relación de Vargas Llosa con la FIL de Guadalajara fue larga y sostenida en el tiempo. Acudió en numerosas ediciones, participó en presentaciones y mesas redondas, y se implicó en debates sobre el papel del libro en la sociedad, la libertad de expresión y los retos del mercado editorial en español.

En una de las anécdotas más comentadas, Schulz recordó cómo el escritor, en una visita a Guadalajara, la invitó a escaparse discretamente de una comida oficial en su honor para ir a escuchar mariachis en Tlaquepaque, un pueblo cercano catalogado como «pueblo mágico». Ese gesto espontáneo ilustraba una faceta menos solemne del Nobel: la de alguien que disfrutaba del ambiente local y de la cultura popular mexicana, más allá de los focos.

La FIL, que este año extiende en una de sus jornadas el horario hasta las 23:00 horas en una venta nocturna pensada para incentivar las compras de libros, se ha consolidado como un punto de encuentro entre editoriales, autores y lectores de todo el mundo hispanohablante. En este contexto, la figura de Vargas Llosa se ha percibido durante décadas como un puente entre América Latina y Europa, tanto por su biografía (con largas estancias en España y otros países europeos) como por la circulación internacional de su obra.

En la presente edición, entre los nombres invitados destacan el francolibanés Amin Maalouf —ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances—, el propio Leonardo Padura, la escritora española Rosa Montero, la uruguaya Fernanda Trías y el salvadoreño Horacio Castellanos Moya, entre otros. Esta constelación de autores refuerza la idea de la FIL como espacio donde dialogan distintas tradiciones literarias, algo que el propio Vargas Llosa defendió a lo largo de toda su trayectoria.

Durante cerca de dos horas, el homenaje fue hilando recuerdos sobre la vida y la obra del peruano, incluyendo sus reconocimientos más relevantes: el Premio Rómulo Gallegos, el Premio Cervantes y el Premio Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Español, además del Nobel. Cada mención servía para recordar que su nombre figura asociado a los principales galardones de la literatura en nuestro idioma.

En conjunto, las intervenciones de Cercas, Padura, Reyes y Schulz fueron delineando un perfil complejo: el del escritor riguroso hasta la obsesión, el del intelectual que no temía exponerse en el debate público, el del profesional atento a cada detalle editorial y el del hombre cercano que, lejos de la solemnidad, se dejaba arrastrar por una ronda de mariachis o por la curiosidad de conversar con lectores anónimos.

El acto en la FIL de Guadalajara funcionó, así, como un punto de encuentro entre memoria personal y memoria colectiva. A través de las voces convocadas, se repasó la manera en que las novelas de Mario Vargas Llosa han influido en otros autores, han marcado generaciones de estudiantes y han alimentado discusiones políticas y culturales tanto en España como en América Latina. Con el eco de esas lecturas compartidas, la feria dejó claro que, aunque el autor haya desaparecido físicamente, su presencia seguirá viva en cada nueva edición en la que un lector se acerque por primera vez a La ciudad y los perros o a La fiesta del Chivo, confirmando que su legado, más que cerrado, permanece en constante circulación entre quienes siguen encontrando en sus páginas una «fuente inagotable» de literatura.

Mario Vargas Llosa
Artículo relacionado:
Mario Vargas Llosa: homenajes, legado y relecturas que perduran