Gonzalo Celorio, premio Cervantes que reivindica la lengua y la memoria literaria

  • Gonzalo Celorio, escritor mexicano, ha sido distinguido con el Premio Cervantes y homenajeado en la FIL de Guadalajara por su trayectoria bibliófila.
  • Considera que la literatura es un mecanismo de exorcismo y que se escribe "para olvidar" los conflictos que no se resuelven en la vida cotidiana.
  • Defiende que sin la lengua española no se puede entender México y rechaza las lecturas polarizadoras del pasado común con España.
  • Su obra narrativa, ensayística y su labor docente y académica lo sitúan como una de las voces centrales de las letras en español.

Gonzalo Celorio premio Cervantes

En los pasillos abarrotados de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde cuesta abrirse camino entre lectores y curiosos, hay un punto donde la multitud se aparta con especial respeto: el pequeño corredor que se improvisa para dejar pasar a Gonzalo Celorio, reciente premio Cervantes, que recorre el recinto en silla de ruedas, saludando sin perder la sonrisa. Sus compatriotas lo paran, lo felicitan y le agradecen haber llevado el galardón más importante de las letras en español a México.

La FIL lo ha recibido este año como una auténtica figura de referencia: además del Cervantes, Celorio encabeza uno de los homenajes más simbólicos del encuentro, el dedicado al Bibliófilo José Luis Martínez, un reconocimiento que pone el foco en su pasión por los libros y en una biblioteca personal que se ha convertido casi en mito entre lectores y colegas.

Un Cervantes que llega tras toda una vida entre libros

El escritor confiesa que, cuando sonó el teléfono con la noticia del Cervantes, llevaba horas en vilo: la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) había presentado su candidatura y él sentía, como dice con humor, que tenía «un boleto de lotería» aunque no supiera si sería el premiado. La sorpresa, asegura, fue enorme, sobre todo al verse en la misma lista que Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol o Elena Poniatowska.

Lejos de relajarse con el reconocimiento, Celorio dice sentirse con una energía casi rejuvenecida. El galardón ha coincidido con la aparición de su libro de memorias, Ese montón de espejos rotos (Tusquets), un volumen armado a partir de textos escritos a lo largo de décadas y ordenados ahora con criterio cronológico y temático. No lo pensó como unas memorias al uso, sino como una especie de edición de sí mismo.

En esas páginas repasa sus orígenes familiares, sus pasiones amorosas y literarias, su vida pública e íntima y su dedicación a la docencia, pero deja fuera a sus hijos. Lo explica con una metáfora que resume bien su enfoque: los «espejos rotos» del título son los fragmentos de su vida que le han exigido una reflexión crítica; sus hijos, en cambio, pertenecen a la parte más sólida y menos quebrada de su existencia.

El bibliófilo homenajeado en la FIL de Guadalajara

En paralelo al eco internacional del Cervantes, la FIL de Guadalajara le rinde este año el Homenaje al Bibliófilo José Luis Martínez, uno de los reconocimientos más apreciados del certamen. El acto se celebra en el auditorio Juan Rulfo, con la presencia de la rectora general de la Universidad de Guadalajara, Karla Alejandrina Planter; el presidente de la feria, José Trinidad Padilla; el vicerrector Jaime F. Andrade; la directora de la FIL, Marisol Schulz, y el director del Sistema Universitario de Bibliotecas, Sergio López.

La semblanza de Celorio corre a cargo del poeta Fernando Fernández, mientras que el cierre institucional lo pone el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, que viaja a Guadalajara para sumarse al reconocimiento a uno de los nombres más sólidos de la literatura hispánica actual.

Este homenaje subraya una faceta que el propio escritor reivindica con frecuencia: su pasión casi obsesiva por los libros. Cuenta que con el primer sueldo que ganó en su vida se compró un manual de gramática española, y que ese gesto marcó el inicio de una relación de por vida con las bibliotecas y el estudio de la lengua.

De niño, uno de sus hermanos mayores lo introdujo en el universo de las palabras, invitándolo a su biblioteca y enseñándole términos que él no comprendía del todo pero que repetía fascinado. Aquellas palabras «prestigiosas» le daban una identidad propia dentro de una familia numerosa y se convirtieron en el germen de una búsqueda de sí mismo a través del lenguaje, algo que, según dice, ha guiado prácticamente toda su carrera.

La FIL tampoco ha dejado de fascinarlo. Celorio recuerda con ironía su participación en la primera edición de 1987, cuando el encuentro era, según sus propias palabras, «una especie de tianguis de libros» con ejemplares apilados y precios marcados como si fueran kilos de jitomates. Desde entonces, ha visto crecer el evento hasta convertirse en una feria de dimensión internacional que combina la parte profesional con una vertiente festiva difícil de encontrar en Europa.

La literatura como exorcismo y espacio de conflicto

En las ruedas de prensa ofrecidas en Guadalajara, el premio Cervantes ha insistido en una idea que resume bien su concepción del oficio: «uno escribe, en buena medida, para olvidar«. Para él, la literatura es un mecanismo de exorcismo que permite tomar distancia de los conflictos que la vida cotidiana no consigue resolver en una simple charla de sobremesa.

Las novelas, explica, nacen casi siempre de un conflicto que obliga al escritor a navegar a través de muchas páginas. Ese problema no desaparece del todo, pero queda transfigurado, atenuado, exorcizado por la escritura. De ahí que, cuando publica un libro, sienta que se ha desprendido de él y que el proceso que realmente le importa ya ha sucedido.

Desde esa perspectiva, Celorio habla del lector con una mezcla de humor y lucidez: lo describe como «una especie de masoquista que busca conflictos ajenos». Leemos, sostiene, porque al conocer los problemas de otros nos reconocemos en ellos, nos sentimos parte de un mismo género humano y aprendemos a comprendernos un poco mejor a nosotros mismos.

Su visión de la escritura tiene mucho de indagación. Afirma que el autor sabe cuándo zarpa pero no tiene la menor idea de adónde va a llegar, y que ese trayecto de incertidumbre forma parte esencial del trabajo literario. El texto va abriendo caminos que el propio escritor descubre a medida que avanza.

Cuestionado por el posible impacto de la inteligencia artificial en la creación literaria, Celorio se muestra prudente pero claro: admite que estas herramientas pueden producir formulaciones ingeniosas o textos de apoyo, pero no cree que puedan sustituir la experiencia íntima y conflictiva de la escritura tal como él la entiende, ni la relación viva entre un autor de carne y hueso y sus lectores.

Lengua española, identidad mexicana y relación con España

En el contexto del Cervantes y de su presencia en la FIL, Celorio ha reflexionado también sobre el papel del español en la historia de su país. En conversación con la agencia EFE, subrayó que «sin la lengua española no existiría México», ya que fue, en su opinión, la lengua de la independencia y la herramienta con la que se articuló el proyecto político y cultural de la nación.

Desde esa perspectiva, mira con escepticismo los debates contemporáneos que exigen una solicitud de perdón a España por la conquista. Considera que esas propuestas generan una polarización improcedente e inútil, porque simplifican una historia compleja y compartida en la que la lengua ha sido al mismo tiempo herencia, conflicto y espacio de creación.

Su trayectoria lo sitúa, además, en un lugar de diálogo permanente entre México, España y el resto del ámbito hispánico. Es director de la Academia Mexicana de la Lengua desde 2019, institución de la que forma parte desde hace más de treinta años, y académico correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Cubana de la Lengua, lo que refuerza ese vínculo con Europa y, en particular, con el sistema panhispánico.

En el plano literario, Celorio se ha ocupado con frecuencia de la historia y transformación de la Ciudad de México. Observa con preocupación que la capital camina, según él, hacia su propia destrucción, reflejo de una actitud autodestructiva más amplia en la sociedad mexicana. Ante ese panorama, reivindica la escritura como una forma de retener en la página lo que aún merece la pena conservar.

Para el autor, solo la literatura puede paliar simbólicamente esa destrucción: escribir sobre México le permite fijar en palabras las formas de vida, los paisajes y las contradicciones de una ciudad en constante cambio, aunque sea consciente de que lo que queda con el paso del tiempo es cada vez más fragmentario.

Docencia, exilio español y una obra que cruza géneros

Buena parte de la vida de Gonzalo Celorio ha transcurrido en las aulas. Profesor universitario durante décadas, estuvo al frente de la cátedra Maestros del exilio español en la UNAM, donde exploró la huella que dejaron en México los intelectuales republicanos que llegaron tras la Guerra Civil.

Recuerda con especial afecto a maestros como Adolfo Sánchez Vázquez, llegado a Veracruz en el buque Sinaia, o al poeta Luis Rius, que llevaron consigo a América el espíritu del exilio republicano y una idea exigente de la cultura. A su juicio, ese legado fue uno de sus grandes maestros colectivos y consolidó un puente intelectual duradero entre México y España.

Celorio suele bromear con que aquella materia podría haberse llamado «la cátedra de mi ronco pecho», porque le permitía hablar de lo que más le interesaba en cada momento. Al inicio de cada semestre se preguntaba a sí mismo sobre qué quería aprender, y a partir de ahí construía un curso en el que, sostiene, aprendían tanto los estudiantes como él.

Esa experiencia docente alimenta una convicción que repite a menudo: «la mejor manera de aprender es enseñar». La preparación de clases, el diálogo con los alumnos y la necesidad de explicar con claridad términos complejos le han servido, según confiesa, para organizar su propio pensamiento literario y crítico.

Su obra creativa se reparte entre la novela, el ensayo y la reflexión sobre la lengua. Entre sus títulos más conocidos figuran las novelas Amor propio, Retiemble en sus centros la tierra y Los apóstatas, así como ensayos como Del esplendor de la lengua española, Mentideros de la memoria o El viaje sedentario. Con ellos se ha consolidado como una de las voces más influyentes del pensamiento literario mexicano.

A lo largo de su carrera ha recibido premios como el Premio Nacional de Ciencias y Artes, el Premio Mazatlán de Literatura o la Medalla José Vasconcelos, distinciones que, junto con el Cervantes, reconocen tanto su obra como su papel en la vida cultural de México y del espacio hispánico.

En las comparecencias en Guadalajara, Celorio ha mencionado que, a medida que pasan los años, el pasado se alarga y el futuro se acorta. Esa conciencia del tiempo le ha llevado a escribir más sobre lo vivido, a ordenar recuerdos y a transformarlos en textos que funcionen no solo como memoria personal, sino también como un mapa de las pasiones y conflictos de su generación.

En este momento de madurez creativa, entre homenajes, entrevistas y reconocimientos, el premio Cervantes aparece en la trayectoria de Gonzalo Celorio como una confirmación pública de algo que muchos lectores ya percibían: su figura articula la lengua, la memoria y la reflexión crítica sobre México y el mundo hispano, y su literatura se ha convertido en uno de los lugares desde los que mejor se entiende ese entramado compartido entre América y Europa.

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