Gonzalo Celorio, Premio Cervantes: la palabra como destino compartido entre México y España

  • El escritor mexicano Gonzalo Celorio recibe el Premio Cervantes por una trayectoria que une memoria personal e historia cultural hispánica.
  • Su discurso en Alcalá de Henares reivindica el humor y la libertad en Cervantes y defiende la mezcla de géneros y la literatura del yo.
  • Celorio subraya los vínculos históricos y lingüísticos entre México y España y considera el español «lengua de la independencia» en América.
  • El jurado lo reconoce como escritor integral, clave en el diálogo cultural entre ambos lados del Atlántico.

Gonzalo Celorio Premio Cervantes

El escritor mexicano Gonzalo Celorio ha recibido el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2025, el máximo reconocimiento de las letras en español, en una ceremonia solemne celebrada en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, en Madrid. El galardón, otorgado por el Ministerio de Cultura de España, distingue una trayectoria que ha convertido la memoria familiar, la reflexión sobre la lengua y el diálogo entre México y España en el eje de una obra literaria de amplio alcance.

Con este reconocimiento, Celorio se consolida como séptimo autor mexicano en ganar el Cervantes y se suma a una nómina en la que figuran nombres como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Fernando del Paso. Su figura se ha presentado estos días en España como la de un escritor integral: narrador, ensayista, profesor universitario, académico de la lengua y editor, siempre volcado en la defensa de la palabra escrita.

Una ceremonia cargada de simbolismo en Alcalá de Henares

Entrega del Premio Cervantes a Gonzalo Celorio

El acto de entrega tuvo lugar, como marca la tradición, el 23 de abril, Día del Libro, efeméride vinculada a la muerte de Miguel de Cervantes. En el histórico Paraninfo de la Universidad de Alcalá intervinieron el rey Felipe VI, el ministro de Cultura Ernest Urtasun y el propio Gonzalo Celorio, ante una audiencia en la que se dieron cita representantes del mundo político, académico y cultural de España y de varios países hispanoamericanos.

El escritor llegó al recinto con más de una hora de antelación, recibido por una compañía militar mixta encabezada por la Brigada Paracaidista y formaciones de los tres ejércitos. Ya en el interior, su figura, apoyada en un bastón y con la voz que él mismo define como “disminuida y pedregosa”, contrastó con el tono firme de un discurso en el que combinó emoción íntima y reflexión literaria.

El jurado, reunido el pasado 3 de noviembre, decidió otorgarle el premio por una obra que, a lo largo de más de cinco décadas, ha contribuido “de manera profunda y sostenida al enriquecimiento del idioma y de la cultura hispánica”. En el acta se subraya la elegancia de su prosa, la hondura de su mirada crítica y su capacidad para explorar la identidad, la educación sentimental y la pérdida a través de la memoria.

Dotado con 125.000 euros, el Premio Cervantes se concede anualmente a un autor cuya obra esté escrita total o esencialmente en castellano. Desde su creación en 1976, se ha consolidado como la gran referencia de las letras en español, una especie de “Nobel en castellano” que marca el canon literario compartido entre Europa y América Latina.

Un discurso entre Cervantes, el humor y la libertad

El eje del discurso de Gonzalo Celorio en Alcalá de Henares fue su lectura personal de Cervantes y, en especial, del Quijote. Consciente del peso de la tribuna, el autor reconoció haber trabajado durante meses en un texto donde se cruzan su propia poética, el recuerdo de su familia y una reflexión sobre la libertad creativa que el Quijote encarna desde el siglo XVII.

Celorio evocó la imagen de Cervantes que preside su escritorio, “engolado” por la gorguera y con un gesto severo que, sin embargo, no logra ocultar el humor desbordante que recorre sus páginas. A partir de esa estampa, sostuvo que el autor del Quijote usó la parodia y la risa para desvelar la esencia de la condición humana, siempre dividida entre los ideales imposibles y la realidad más cruda.

Para el escritor mexicano, la novela cervantina es, por encima de todo, una celebración de la libertad. Recordó que Mario Vargas Llosa ha visto en el Quijote una defensa de la soberanía del individuo frente a los abusos de cualquier poder, una idea que Celorio retomó para señalar cómo la experiencia del cautiverio y la cárcel marcó la sensibilidad de Cervantes y su apuesta radical por la autonomía del sujeto.

A partir de ahí, defendió que la libertad no sólo se refleja en lo que dicen los personajes, sino en la propia forma de la novela. El Quijote, dijo, rompe con los moldes de su tiempo y mezcla sin pudor poesía, prédica, ensayo, digresiones críticas y relatos intercalados. Esa hibridación convierte la obra en un “género de géneros” y prefigura muchos de los experimentos narrativos modernos, desde la literatura del yo hasta la novela más fragmentaria.

La literatura del yo y la mezcla de géneros

Una de las ideas centrales del discurso y de las intervenciones de Celorio en Madrid fue la defensa de la literatura del yo, territorio en el que se mueve con naturalidad. Frente a la visión que asocia esta corriente únicamente a la lírica, reivindicó su presencia en el ensayo, la novela, las memorias y la crónica, géneros que en su obra se entrecruzan “hasta la promiscuidad”.

Recordó a Michel de Montaigne, que ensayaba sobre sí mismo, y la definición del ensayo de Alfonso Reyes como un “centauro de los géneros” donde conviven la inteligencia analítica y la imaginación. Para Celorio, esa condición híbrida explica por qué sus presuntas novelas integran confesión, crónica, reflexión crítica y recuerdo familiar, diluyendo las fronteras entre ficción y experiencia.

El propio autor ha definido sus libros como “novelas memoriosas”, conscientes de que la memoria es engañosa pero fértil para la literatura. En ellas, su yo se cuela por todos los resquicios de la escritura para reconstruir historias de ancestros, exilios, revoluciones y migraciones que, sin dejar de ser íntimas, aspiran a interpelar a cualquier lector que se reconozca en esos conflictos.

En sus declaraciones ante la prensa en el Museo Reina Sofía, Celorio insistió en que “nadie sabe bien quién es si no sabe de dónde procede” y reconoció que escribe, paradójicamente, “para olvidar”, aunque sus novelas se sostengan en el acto de recordar. Esa tensión entre la necesidad de fijar el pasado y el deseo de desprenderse de él recorre, de fondo, gran parte de su obra.

Una saga familiar entre Asturias, Cuba y México

Buena parte de esa poética se articula en la trilogía que el propio autor denomina, con cierta ironía, “Una familia ejemplar”, compuesta por las novelas Tres lindas cubanas, El metal y la escoria y Los apóstatas. En ellas reconstruye la trayectoria de tres generaciones marcadas por las revoluciones latinoamericanas, la guerra civil española y las oleadas de migración entre Europa y América.

Celorio narra, por ejemplo, la historia de su abuelo asturiano, que salió de un caserío cercano a Llanes a mediados del siglo XIX para “hacer las Américas” y acabó levantando una fortuna como comerciante de licores en México, riqueza que sus descendientes dilapidaron después. Ese viaje desde la cordillera cantábrica hasta el México urbano y convulso del siglo XX se convierte en metáfora de un puente histórico entre España y América.

Por el lado materno, rescata la memoria de una abuela nacida en La Habana cuando Cuba seguía siendo provincia española, y de las tres hermanas Blasco Milián, cuyas vidas quedaron atravesadas por la Revolución castrista. En Tres lindas cubanas relata cómo ese proceso político y social las separó y enfrentó, mostrando, a través de lo doméstico, el impacto íntimo de los grandes acontecimientos.

Los apóstatas, por su parte, desplaza el foco hacia los hermanos del propio autor: uno absorbido por la Revolución sandinista en Nicaragua desde la Teología de la Liberación y otro fascinado por la arquitectura barroca mexicana. La novela convierte sus trayectorias en material literario para construir una épica familiar que atraviesa distintos países, ideologías y momentos de tensión histórica.

En todo este proyecto narrativo, Celorio parte de datos reales, archivos, cartas y testimonios, pero se permite transformar nombres, fechas y parentescos, suprimir figuras poco literarias e inventar personajes que se integran sin fricciones en el conjunto. Defiende que la ficción puede llegar donde la historia se detiene, al ampliar la realidad con lo que los personajes recuerdan, sueñan o imaginan, y que esa libertad le ha permitido descubrir, mientras escribía, episodios familiares desconocidos y a veces inquietantes.

México y España: una relación tejida con lengua y memoria

Más allá de su universo familiar, la obra y las palabras de Gonzalo Celorio han puesto en primer plano la relación entre México y España, marcada tanto por el legado colonial como por el exilio republicano y los intercambios culturales del siglo XX. En su discurso en Alcalá, el autor afirmó que la nacionalidad mexicana “no puede disociarse de la historia y la cultura españolas” y citó a Carlos Fuentes para describir a su país como parte sustancial de “el territorio de la Mancha”.

En sus intervenciones públicas en Madrid, el escritor se ha mostrado crítico con el tono que adquirió la crisis diplomática abierta en los últimos años por la petición de disculpas a España por la conquista. Calificó esa exigencia de “despropósito anacrónico y retrotópico”, al considerar que se juzga con categorías actuales un proceso de hace siglos, en un contexto en el que ni existían los Estados tal y como hoy se entienden, ni el mundo prehispánico respondía a la imagen idealizada de un paraíso perdido.

Su tesis, expresada con claridad en el Museo Reina Sofía, es que el español en América no debe verse únicamente como “lengua de conquista”, sino como “lengua de la independencia”. Según Celorio, sin el castellano habría sido imposible que países como México configuraran sus nacionalidades modernas, y recuerda que muchos evangelizadores aprendieron lenguas indígenas para comunicarse, de modo que la implantación del español estuvo mediada por una compleja realidad plurilingüe.

En la ceremonia del Cervantes, Felipe VI retomó esa idea de vínculo profundo y afirmó que México y España son “más que países hermanos”, subrayando cómo la biografía del autor, nieto de emigrante asturiano y de madre con raíces españolas, formado por maestros mexicanos y exiliados republicanos, sintetiza un siglo de intercambios literarios y humanos entre las dos orillas del Atlántico.

El ministro Ernest Urtasun, por su parte, aprovechó su intervención para rendir homenaje al exilio español en México, al que Celorio siempre ha señalado como una de sus grandes escuelas. Ha llegado a decir que, si tuviera que nombrar a su maestro, respondería sin dudar que fue el exilio republicano, aludiendo a figuras como Luis Cernuda, que encontró en la Universidad Nacional Autónoma de México un espacio de trabajo y refugio que hoy hereda, a su manera, la generación de Celorio.

Un escritor integral al servicio de la palabra

La trayectoria de Gonzalo Celorio se ha construido en paralelo en varios frentes: la creación literaria, la docencia, la gestión cultural y la vida académica. Nacido en Ciudad de México en 1948, es doctor en Lengua y Literaturas Hispánicas y profesor desde los años setenta en instituciones como la Universidad Iberoamericana, el Instituto Politécnico Nacional, El Colegio de México y, de forma central, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

En el ámbito institucional ha ocupado cargos clave: fue director de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, secretario académico y posteriormente director de la Facultad de Filosofía y Letras. Entre 2000 y 2002 estuvo al frente del Fondo de Cultura Económica, una de las editoriales públicas más relevantes del mundo hispánico, donde contribuyó a reforzar el catálogo literario y ensayístico dirigido a lectores de ambos lados del Atlántico.

Su vínculo con las academias de la lengua es igualmente intenso. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, de la que fue director entre 2019 y 2023, y miembro correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Cubana de la Lengua. Además, dirige en la UNAM la cátedra extraordinaria “Maestros del Exilio Español”, en la que se revisa el legado de quienes se vieron obligados a abandonar España tras la guerra civil y encontraron en México un espacio para continuar su trabajo intelectual.

En los últimos días, las intervenciones públicas de Celorio en Madrid han estado atravesadas por una confesión reiterada: se considera, ante todo, un hombre hecho de libros. Él mismo ha contado que no tiene propiamente una casa, sino una biblioteca, y que se ha pasado la vida leyendo, enseñando y editando, hasta el punto de que su palabra favorita del diccionario es, sencillamente, “palabra”.

Obra literaria, memoria y reconocimientos

En el terreno creativo, la producción de Gonzalo Celorio abarca novela, ensayo, crónica y memoria. Entre sus novelas más conocidas figuran Amor propio, El viaje sedentario, Y retiemble en sus centros la tierra, El metal y la escoria y Mentideros de la memoria. En el ensayo destacan títulos como Los subrayados son míos, Cánones subversivos, México, ciudad de papel, Ensayo de contraconquista, Del esplendor de la lengua española o Ese montón de espejos rotos, donde despliega su mirada sobre la tradición literaria hispánica y la ciudad de México.

Su obra ha sido traducida a varios idiomas —entre ellos inglés, francés, italiano, portugués, griego y chino—, lo que da una idea de su proyección internacional. El jurado del Cervantes ha destacado la ironía, la ternura y la erudición que atraviesan sus textos, dibujando un mapa emocional y cultural del México contemporáneo que a la vez funciona como espejo de la condición humana.

La lista de premios que ha recibido a lo largo de su carrera es extensa. Entre otros, se cuentan el Premio de Periodismo Cultural del Instituto Nacional de Bellas Artes por Los subrayados son míos, el Prix des Deux Océans en el Festival de Biarritz por El viaje sedentario, el Premio Nacional de Novela IMPAC-CONARTE-ITESM por Y retiemble en sus centros la tierra, el Premio Universidad Nacional en el campo de Creación Artística y Extensión de la Cultura y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura.

A ellos se suman el Premio Mazatlán de Literatura por El metal y la escoria, el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores por Mentideros de la memoria y la Orden de la Cultura Nacional de Cuba, otorgada en 1996. Todos estos reconocimientos retratan a un autor que ha sabido combinar rigor intelectual, sensibilidad narrativa y compromiso con la difusión de la cultura escrita en español.

En España, su larga colaboración con la editorial Tusquets ha sido determinante. Su primera novela, Amor propio, apareció en ese sello en 1992 y desde entonces buena parte de su obra ha llegado al lector español a través de la misma casa editorial. En sus recientes comparecencias, Celorio ha querido recordar la figura de Beatriz de Moura, fundadora de Tusquets, fallecida días antes de la ceremonia, y a quien atribuye el haber “abierto las letras españolas al mundo y el mundo a las letras españolas”.

Violencia, literatura y el papel del lector

Más allá de la celebración, las intervenciones de Gonzalo Celorio en España han dejado también espacio para una mirada crítica sobre el momento internacional. Interrogado por los conflictos abiertos en distintas regiones del planeta, el escritor ha reconocido que lo que está sucediendo le resulta “pavoroso” y que la violencia actual “descorazona” y deja a muchos al borde de un precipicio moral.

Ante la pregunta de qué puede hacer la literatura frente a esa realidad, su respuesta ha sido prudente. A su juicio, los libros no pueden detener la violencia, pero sí registrarla, ponderarla y criticarla, ofreciendo al lector un espacio para comprenderla y tomar distancia. En ese gesto, sostiene, se genera un pequeño “remanso de paz”: el de la lectura atenta que permite pensar el presente sin reducirlo a un simple titular.

También ha dedicado algunas reflexiones al oficio de lector. Ha llegado a afirmar que quienes leen novelas son una especie de “masoquistas” que compran conflictos que no les pertenecen, los adoptan y los convierten en propios. Esa apropiación, sin embargo, sería la única forma de comprobar que se pertenece al género humano, al reconocerse en las dificultades y contradicciones de los otros.

Sobre la novela como género, Celorio ha insistido en su naturaleza peligrosa y libertaria. Considera que, al permitir una crítica profunda de la realidad, la novela fue en América durante mucho tiempo una forma incómoda de escritura. De hecho, subraya la “tardía llegada” del género al continente, donde no se consolidaron obras novelescas de gran calado durante el periodo colonial, a pesar de que el Quijote ya circulaba desde el siglo XVII como modelo canónico de libertad narrativa.

En paralelo, el escritor ha defendido que “nada es incompatible con la creatividad literaria” y ha respondido así a quienes le reprocharon, en algún momento, no dedicarse en exclusiva a la ficción. Para él, la docencia, la gestión cultural, la crítica y la lectura intensiva forman parte de un mismo proyecto: vivir a través de la palabra y compartir el gusto por los libros con generaciones sucesivas de estudiantes y lectores.

Mientras se cierra esta semana cervantina, con la lectura continuada del Quijote en el Círculo de Bellas Artes y actividades paralelas como la exposición Ese montón de espejos rotos, dedicada a su universo literario, la figura de Gonzalo Celorio se consolida en España como la de un autor que tiende puentes entre memoria personal, historia común y lengua compartida, y para quien la palabra sigue siendo, por encima de todo, la materia prima con la que se construye la vida.

Gonzalo Celorio, premio Cervantes
Artículo relacionado:
Gonzalo Celorio, premio Cervantes que reivindica la lengua y la memoria literaria