
En una casa blanca al borde de un acantilado, rodeada apenas por el murmullo del viento en los árboles y el canto de los pájaros, Fernanda Trías intenta estirar las horas de escritura antes de arrancar su gira por España. La autora uruguaya (Montevideo, 1976) disfruta de los últimos días en la residencia literaria Finestres, en Cataluña, antes de presentar en Barcelona su nuevo libro de relatos, Miembro fantasma (Páginas de Espuma). Desde ese refugio casi aislado atiende, con la cobertura telefónica jugando en contra, para hablar de un volumen que la devuelve al cuento una década después de No soñarás flores.
En estos diez relatos, la escritora vuelve a un territorio que le es muy propio: vidas atravesadas por pérdidas que no terminan de asumirse, vínculos marcados por la culpa y silencios familiares que pesan más que cualquier grito. El título toma prestado el concepto médico del «miembro fantasma» —ese dolor real en una extremidad amputada que el cerebro sigue sintiendo— para pensar tanto los duelos íntimos como las heridas colectivas de una sociedad, desde la adicción hasta la dictadura uruguaya.
El regreso al cuento y una constelación de ausencias
Volver al cuento no significa que Trías lo hubiese abandonado. Durante los últimos diez años publicó sobre todo novela, pero siguió escribiendo relatos en paralelo, casi como una respiración constante. Los textos de Miembro fantasma se gestaron, según explica, entre aproximadamente 2018 y 2024, con un pico de trabajo en los años de la pandemia, cuando el encierro revalorizó algo tan cotidiano como las ventanas.
De hecho, en el libro se repiten ciertos elementos materiales —ventanas, ventiladores, vasos de whisky o vodka— que funcionan como hilos discretos entre historias distintas. Las ventanas se convierten en un punto de fuga y en un marco para observar el mundo sin salir al exterior, un lugar donde la intimidad y el miedo se cruzan. Los ventiladores, en cambio, remiten a la infancia de la autora: no cualquier aparato, sino ese ventilador viejo y sucio, con la rejilla llena de pelusas, que giraba en el hogar sin aire acondicionado de sus padres en Montevideo.
La propia escritora reconoce que es «muy de trabajar con material viejo»: ideas o borradores antiguos que reescribe desde cero cuando por fin encuentra la forma adecuada. Algunos cuentos del volumen llevaban años guardados en un cajón hasta que el título general, «Miembro fantasma», operó como una clave que permitió ver que todos pertenecían a una misma constelación emocional. No buscaba una unidad temática rígida, sino un tono y una temperatura compartidos.
Ese núcleo común es el peso de lo que ya no está y, sin embargo, insiste. Ausencias que no se resuelven, duelos que se estiran indefinidamente, relaciones de amistad o de familia que se rompen pero continúan condicionando la vida de quienes siguen adelante. En palabras de la autora, son historias sobre «eso que no sabemos cómo nombrar, pero cargamos».
La metáfora del miembro fantasma: cuerpo, memoria y sociedad
El concepto médico del miembro fantasma no le era ajeno a Trías. Durante dos décadas trabajó como traductora especializada en medicina, lo que la familiarizó con síndromes, patologías raras y terminología clínica. En su novela Mugre rosa, por ejemplo, ya había incorporado el síndrome de Prader-Willi, que provoca un hambre insaciable en un niño. Ese bagaje reaparece ahora transformado en metáfora.
Mientras escribía el cuento que da título al libro, el término «miembro fantasma» se le reactivó y decidió investigar más. Le interesó especialmente la idea de que el cerebro mantiene una representación del cuerpo que no se actualiza al mismo ritmo que la realidad: tras una amputación, la mente sigue registrando la presencia de la extremidad perdida y debe «reaprender» la ausencia. Ese desfase entre lo que hay y lo que sentimos que hay le ofreció una imagen poderosa para pensar la experiencia de la pérdida en general.
A partir de ahí amplió el concepto: no quería limitarse a lo literal ni quedarse en una metáfora demasiado cerrada. En el libro, el «miembro fantasma» puede ser una mano amputada cuyos dedos ausentes continúan doliendo en el cuerpo de una madre diabética, pero también una adicción que desordena la vida de toda una familia, una ciudad que ya no existe como se la recuerda o una dictadura que parece haber quedado atrás y, sin embargo, opera todavía como dolor latente en la memoria colectiva.
La propia Montevideo aparece para la autora como una especie de miembro fantasma: la ciudad de su infancia ya no es la que encuentra cuando vuelve, los barrios donde creció han cambiado, y lo que pervive es una versión fantasmática, una ciudad interior. Incluso la escritura, dice, funciona como un miembro fantasma: algo que persigue, obsesiona y obliga a buscar formas para lidiar con ello.
En este sentido, el libro no se limita a encadenar dramas individuales, sino que interroga también los dolores de una comunidad. La dictadura uruguaya, por ejemplo, no aparece de manera panfletaria ni didáctica, sino filtrada por la perspectiva de quien fue niña en esos años, intuía que algo terrible sucedía y padecía el silencio asfixiante en casa y en la escuela, pero no podía entender del todo qué ocurría.
Dictadura, memoria y una herida que no se cierra
La dictadura en Uruguay es un tema que recorre la obra de Trías desde distintos ángulos. En Miembro fantasma, se concentra de forma particular en el relato que da nombre al libro. La autora llevaba mucho tiempo queriendo escribir sobre la experiencia de crecer en un país sometido a un régimen represivo sin comprender plenamente la dimensión política de lo que pasaba, pero sintiendo su impacto en el cuerpo y en la vida cotidiana.
Rememora una escuela dominada por la disciplina extrema, la falta de libertades y la presencia constante de militares en la puerta —los llamados «lagartos verdes», con rifles cruzados sobre el pecho—. A esa imagen se suma el peso del silencio familiar: preguntas que no se podían hacer, conversaciones cortadas, algo turbio flotando en el aire. Con los años comprendió que esa represión sentida, aun sin entenderla, permeaba en todos los ámbitos de la existencia y no solo en quienes fueron asesinados o desaparecidos, sino en la población entera, incluidos los niños.
La dificultad era encontrar una forma literaria que evitara el panfleto o el simple testimonio. Trías confiesa que el cuento «Miembro fantasma» tuvo muchas versiones, reescrituras y bloqueos. Sabía que contenía algo valioso, pero durante tiempo no supo cómo contarlo. Cuando por fin logró articular la dictadura como un miembro fantasma colectivo —una herida que persiste en la memoria histórica y en la memoria íntima— el texto se destrabó.
Para la autora, no se trata de un «compromiso» en el sentido solemne del término, sino de la evidencia de que hay heridas abiertas que siguen actuando y necesitan ser nombradas. Asegura que escribir sobre esos años le permite abordar de otro modo recuerdos que preferiría no revivir, pero que considera necesario seguir trabajando en la literatura para que no queden sepultados bajo la indiferencia o el olvido.
En este cruce entre experiencia personal y trauma histórico, el libro insinúa que también las sociedades cargan con sus propios miembros fantasma: violencias no resueltas, deudas de justicia, memorias fragmentadas que siguen doliendo mientras no encuentren una forma de ser asumidas.
Adicciones, cuerpo y fragilidad cotidiana
Además de las heridas históricas, los cuentos de Trías se internan en dolores mucho más íntimos y domésticos. Varios relatos exploran las adicciones, y en particular el alcoholismo femenino, un terreno poco transitado en comparación con la larguísima tradición literaria del hombre borracho: del escritor bebedor al parroquiano de barra.
Las mujeres alcohólicas de Miembro fantasma no encajan en ese molde masculino. Viven la adicción como una experiencia de soledad, encierro y vergüenza, casi clandestina. Una de las historias, «Intimidad irremplazable», arranca con la imagen de unos pichones en una ventana y una mujer que bebe dentro de la casa. Entre la madre pájaro y el pichón, y entre la mujer y ese nido que observa, se construye una extraña cadena de intimidad y dependencia que la autora fue descubriendo a medida que avanzaba en la escritura.
En otros cuentos, la adicción actúa como un miembro fantasma que afecta no solo a quien bebe o consume, sino a todo el núcleo familiar, que se organiza alrededor de ese vacío doloroso del que cuesta hablar. Trías insiste en que no le interesa la escritura como terapia, sino como herramienta para darle forma narrativa a experiencias que suelen quedar en la sombra, sin ser nombradas directamente.
Más allá del alcohol o las enfermedades, el libro mira de frente a diversas formas de fragilidad: personajes que se sienten impostores en su propio trabajo, amistades que se fracturan sin ruido, cuerpos que cambian sin que el sujeto termine de reconocerlos. La propia autora admite padecer el conocido «síndrome de la impostora», a pesar de que su trayectoria está avalada por premios importantes como el Sor Juana Inés de la Cruz, que ha recibido en dos ocasiones.
Ese sentimiento de no estar nunca del todo a la altura, de tener que justificar continuamente el propio lugar, se filtra en relatos como «Personaje en construcción», donde una escritora observa cómo sus colegas varones publican con seguridad mientras ella duda de cada línea. Para avanzar, dice Trías, no queda otra que aceptar las vulnerabilidades y asumir que forman parte del oficio.
Duelo, amistades rotas y la vida que sigue
Una de las piezas más comentadas del libro es «Ciclón», que varios críticos han señalado como el mejor cuento del volumen. La historia gira en torno a Myriam, una anciana que repasa la amistad intensa con una compañera de la infancia, convertida años después en escritora de éxito. Esa amiga ha construido su carrera narrando precisamente los años de juventud que compartieron, mientras Myriam guarda, casi en secreto, los recortes de prensa que hablan de ella.
Entre ambas se abre un abismo silencioso: la amistad se rompió en la adolescencia y nunca se recompuso. Sin embargo, la presencia de esa otra, convertida en figura pública, sigue marcando la vida de Myriam como un miembro fantasma: una parte perdida de sí misma que continúa doliendo pese a haber desaparecido de la escena. El cuento permite pensar en los duelos de amistad, un tipo de pérdida del que se habla poco en comparación con las rupturas amorosas o los vínculos familiares.
Trías sostiene que esos duelos resultan difíciles de nombrar porque son complejos y, a menudo, carecen de rituales sociales de despedida. Un mejor amigo puede pasar de ser fundamental en la construcción de nuestra identidad a convertirse en alguien completamente ausente, casi borrado de la biografía. La autora se muestra fascinada —y perturbada— por la facilidad con que personas decisivas en nuestras vidas pueden convertirse en «no personas», sin rastro aparente.
Los personajes de estos cuentos rara vez hablan de su dolor de forma abstracta. En lugar de describir lo que sienten, lo encarnan: en gestos mínimos, en obsesiones, en rutinas que se vuelven opresivas. Siguiendo con la metáfora médica que atraviesa el libro, la escritura de Trías funciona casi como una cirugía precisa: dice mucho más de lo que explicita, apunta con bisturí a la zona exacta donde late el conflicto y deja al lector la tarea de completarlo.
Esa apuesta por las mutaciones interiores, por cambios casi imperceptibles que alteran la forma en que un personaje queda en el mundo, marca la distancia con relatos más centrados en grandes peripecias. Lo decisivo, aquí, no es tanto lo que ocurre hacia afuera como aquello que el protagonista comprende —a veces apenas un centímetro más— sobre sí mismo.
El cuento como relámpago y el trabajo paciente de la reescritura
En varias entrevistas, Fernanda Trías ha descrito el cuento como un relámpago: una aparición súbita que ilumina una escena durante unos segundos. Si no se escribe de inmediato, se corre el riesgo de que desaparezca por completo. Ese fogonazo inicial suele llegar, en su caso, con una imagen acompañada por una línea argumental muy condensada, algo así como el corazón de la historia.
Con las novelas, en cambio, la imagen suele ser más desnuda, casi una fotografía o un plano fijo, y necesita de mucho más trabajo de excavación posterior. El cuento, dice, ya trae consigo un impulso narrativo, aunque la autora no sepa todavía cómo evolucionará la trama. La emoción de escribir está en sentarse a ver qué se descubre ese día, sin tener todo controlado de antemano.
Esta forma de encarar la escritura conecta con una idea que le gusta tomar prestada de Hebe Uhart: «andar a media rienda». No se trata de lanzarse al descontrol absoluto, pero tampoco de trazar un camino milimétrico que el texto deba seguir sin desviaciones. Dejar un margen a la deriva, al hallazgo inesperado, es para Trías lo que mantiene vivo el proceso y permite que esa sorpresa se contagie al lector.
Ese relámpago inicial, no obstante, es solo el comienzo. La autora confiesa que reescribe mucho, deja reposar los textos durante meses e incluso medio año antes de volver a ellos con otros ojos. No tiene prisa por publicar, y ese tiempo de decantación le resulta fundamental. El propio cuento «Miembro fantasma» tuvo una primera versión en 2016 y necesitó años de trabajo hasta encontrar tono, estructura y final.
Esta combinación de intuición y paciencia se refleja en un lenguaje cuidado, que rehúye tanto la grandilocuencia como la simplificación excesiva. Trías defiende sin complejos la densidad del lenguaje literario en una época que tiende a exigir claridad entendida como texto plano, rápido y sin fricción. Asegura que no subestima al lector y confía en que hay quien agradece una escritura que no lo lleve siempre por caminos previsibles.
Lenguaje, ficción y memoria: la realidad como territorio poco fiable
Otro de los ejes del libro es la relación entre memoria e imaginación. En muchos relatos, la frontera entre lo recordado, lo inventado y lo narrado por otros se vuelve porosa, hasta el punto de que la realidad aparece como una categoría poco fiable. «Ciclón», por ejemplo, superpone lo que una escritora escribió sobre su juventud, la película adaptada de ese libro y los recuerdos de la amiga que vivió realmente esos años.
¿Qué fue «verdad» en esa historia? ¿Lo que quedó fijo en el texto publicado, lo que la película masificó o lo que una mujer cree recordar de forma fragmentaria? Trías se interesa precisamente por esa zona contaminada, donde la memoria ya está atravesada por relatos ajenos y por las versiones que uno mismo elabora para poder contarse su vida. Incluso las mentiras que nos decimos son historias, y la literatura puede exponer esos mecanismos sin ofrecer una respuesta definitiva.
Esa voluntad de «desnudar» la máquina de la ficción convive con el deseo de que el lector se entregue al relato. Trías no ve incompatibilidad entre ambas cosas: se puede comprender cómo está construido un texto y, al mismo tiempo, creer en él mientras se lee. Como lectora, dice, agradece a los autores que la sorprenden y evitan caer en fórmulas repetidas; como escritora, intenta no instalarse en una zona cómoda.
En paralelo, la autora reivindica el lenguaje como materia prima de la literatura. Otras artes también cuentan historias —el cine, las series, el teatro—, pero lo propio de la escritura reside en el trabajo con las palabras. Por eso le preocupa cierta presión contemporánea hacia una escritura sin rugosidades, hiperexplicada y sin capas. Defender la complejidad del lenguaje es, para ella, también una postura política frente a un contexto que tiende a aplanarlo todo.
Ser escritora, ser extranjera: tradición rioplatense y voz propia
Fernanda Trías forma parte de una generación de autoras latinoamericanas —como Gabriela Wiener, Mariana Enríquez o Mónica Ojeda— que escriben desde una mezcla de rabia, valentía y compromiso con temas incómodos, aunque sin caer en el panfleto. Sus personajes suelen ser figuras solitarias, a veces atormentadas, que se mueven en los márgenes de la sociedad. Ya en su novela La azotea, una mujer con agorafobia atrinchera a su familia en casa, y en El monte de las furias la protagonista elige la vida ermitaña en la montaña.
A pesar de llevar más de veinte años fuera de Uruguay —vive desde hace tiempo en Colombia—, la autora se siente cómoda en la tradición rioplatense. Vuelve una y otra vez a nombres como Onetti, Felisberto Hernández, Levrero, Idea Vilariño o Armonía Somers, que considera parte de su biblioteca íntima. La extranjería, lejos de romper ese vínculo, se ha convertido en otra forma de estar en el mundo y de mirar el lugar de origen desde cierta distancia.
Ese desarraigo se filtra incluso en el lenguaje. Trías sigue utilizando expresiones marcadamente uruguayas, sobre todo en cuentos que remiten a la infancia, y confiesa que no escribiría un relato con un protagonista colombiano, aunque en algunos textos aparezcan términos locales cuando el escenario así lo pide. Escribe desde el lugar de la extranjera, pero con el oído pegado a la lengua en la que creció, aunque no sepa si ciertas palabras se siguen usando igual en Uruguay.
El camino para reclamar el lugar de escritora no fue sencillo. Empezó a publicar a comienzos de los años 2000, en un contexto donde, según recuerda, para una mujer resultaba más difícil decir en voz alta «soy escritora». Esa conquista requirió insistencia, resistencia a las dudas ajenas y propias, y una defensa de su propio proyecto literario. Hoy, los reconocimientos como el premio Sor Juana Inés de la Cruz ratifican una trayectoria consolidada, pero la autora insiste en que la inseguridad nunca desaparece del todo cuando alguien la lee por primera vez.
Esas experiencias se cuelan en el libro a través de personajes femeninos que intentan escribir entre interrupciones, cargas familiares y miedos varios. La escritura aparece como un espacio ganado a pulso, no como un don natural incontestable. Trías reivindica el derecho a experimentar, a no aceptar que otros marquen lo que «debería» escribir y a sostener una voz propia incluso cuando no encaja del todo en los moldes del mercado.
Al final, Miembro fantasma se presenta como un libro de relatos que dialoga de forma íntima con el presente europeo y latinoamericano: habla de traumas históricos que aún pesan en las democracias, de adicciones que atraviesan familias en cualquier ciudad, de amistades rotas que dejan un hueco difícil de nombrar y de cuerpos —individuales y colectivos— que siguen sintiendo como presentes partes que ya no están. La mirada de Fernanda Trías, precisa y compasiva, se detiene en esos dolores discretos que rara vez ocupan titulares, pero marcan la vida de las personas durante años, y lo hace con un lenguaje que apuesta por la profundidad sin perder cercanía, invitando al lector a asomarse a sus propios miembros fantasma.