De Ernest Hemingway se sigue y se seguirÔ diciendo que es uno de los mÔs grandes narradores de la literatura universal del siglo XX. De vida tan intensa como final trÔgico, fue Premio Nobel en 1954. Hoy hubiera cumplido 119 años.
Y si no lo hemos leĆdo, seguro que sĆ hemos visto alguna de las (muchas) adaptaciones al cine que se han hecho de sus obras como El viejo y el mar (me quedo con Spencer Tracy),Ā Por quiĆ©n doblan las campanasĀ o Adiós a las armas (las dos con Gary Cooper). AsĆ que para recordarlo, escojo unos fragmentos de sus obras mĆ”s representativas.
Verdes colinas de ĆfricaĀ
Un continente envejece rĆ”pidamente una vez que lo invadimos, y mientras que los nativos viven en armonĆa con Ć©l, los extranjeros lo destruyen; cortan los Ć”rboles, secan el agua y matan a los animales. Y la tierra se cansa de ser explotada, porque la tierra y sus habitantes estĆ”n hechos para dejarlos como los hemos encontrado.
El viejo y el mar
El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello. Las pardas manchas del benigno cĆ”ncer de la piel que el sol produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas. Esas pecas corrĆan por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenĆan las hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan los grandes peces.
Por quiƩn doblan las campanas
Cuando el oficial se acercó al trote, siguiendo las huellas dejadas por los caballos de la banda, pasarĆa a menos de veinte metros del lugar en que Robert se encontraba. A esa distancia no habĆa problema. El oficial era el teniente Berrendo. HabĆa llegado de La Granja, cumpliendo órdenes de acercarse al desfiladero, despuĆ©s de haber recibido el aviso del ataque al puesto de abajo. HabĆan galopado a marchas forzadas, y luego tuvieron que volver sobre sus pasos al llegar al puente volado, para atravesar el desfiladero por un punto mĆ”s arriba y descender a travĆ©s de los bosques. Los caballos estaban sudorosos y reventados, y habĆa que obligarlos a trotar.
ParĆs era una fiesta
Cuando me despertĆ© y mirĆ© la ventana abierta y vi la luz de la luna en los tejados de las altas casas, allĆ estaba la sensación. EscondĆ la cara entre las sombras rehuyendo la luna, pero no pude dormirme y seguĆ dĆ”ndole vueltas a aquella emoción. Los dos nos despertamos dos veces aquella noche, pero al fin mi mujer durmió con dulzura, con la luz de la luna en su cara. Yo querĆa pensar en todo aquello, pero estaba atontado. Tan sencilla que me habĆa parecido la vida aquella maƱana, cuando me despertĆ© y vi la falsa primavera, y oĆ la flauta del hombre de las cabras, y salĆ a comprar el periódico de caballos.
Tener y no tener
Se levantó. Era una hermosa tarde clara, agradable, no hacĆa frĆo y soplaba una ligera brisa norte. La marea iba bajando. Al borde del canal habĆa dos pelĆcanos sentados en un pilote. Una lancha de pesca, pintada de verde oscuro, pasó hacia el mercado. Sentado a la caƱa iba un pescador negro. Por encima del agua, tersa con el viento en la misma dirección que la marea, azul grisĆ”cea al sol de la tarde. Harry miró a la isla arenosa formada cuando dragaron el canal donde se habĆa descubierto una nidada de tiburones. Sobre la isla volaban unas gaviotas blancas.
Fiesta
HabĆa estado recibiendo algo a cambio de nada. Eso servĆa para retrasar la presentación de la factura. Pero ese tipo de facturas siempre se pagan. Es una de esas cosas magnĆficas con las que siempre hay que contar⦠Yo pensaba que habĆa pagado por todo y de una vez, sin idea del premio y del castigo. Sólo un intercambio de valores. Uno entregaba algo y otro recibĆa algo a cambio. O trabajaba para algo. De un modo u otro siempre hay que pagar por todo aquello que tiene algĆŗn valor⦠O bien se paga aprendiendo de las cosas, o con experiencia, o aceptando riesgos, o con dinero. El mundo es un buen lugar para ir de comprasā¦
Adiós a las armas
La enfermera entró en la habitación y cerró la puerta. Me sentĆ© en el corredor. Me sentĆ vacĆo. No pensaba, no podĆa pensar. SabĆa que iba a morir y recĆ© para que no muriera. Ā«No la dejes morir. Oh, Dios mĆo, te lo ruego, no la dejes morir. HarĆ© todo lo que quieras si no la dejas morir. Te lo ruego, te lo ruego, te lo ruego. Dios mĆo, no la dejes morir⦠Dios mĆo, no la dejes morir⦠Te lo ruego, te lo ruego, te lo ruego, no la dejes morir⦠Dios mĆo, te lo ruego, no la dejes morir⦠HarĆ© todo lo que quieĀras si no la dejas morir⦠El niƱo ha muerto, pero a ella no la dejes morir. TenĆas razón, pero no la dejes morir⦠Te lo ruego, te lo ruego, Dios mĆo, no la dejes morirā¦Ā».