La figura de Mario Vargas Llosa sigue irradiando una presencia poderosa en la cultura en español, tanto en Europa como en América Latina. Años después de su consagración con el Nobel y tras su fallecimiento en 2025, su nombre continúa activando decisiones institucionales, homenajes públicos, lecturas críticas y también controversias íntimas que atraviesan España, Perú y el resto del mundo hispano.
Mientras en Arequipa se ultiman los planes para abrir al público la parte más secreta de su Biblioteca Personal, en la Comunidad de Madrid se consolida su memoria en un espacio cultural de proximidad, la sala de actividades de la biblioteca Marcos Ana, que pasará a llamarse Mario Vargas Llosa. A la vez, libros recientes como Palabras en el mundo, de Alonso Cueto, y las memorias de Isabel Preysler proponen miradas muy distintas sobre el autor: una, literaria y afectiva; la otra, centrada en la esfera privada y sentimental.
El tesoro oculto de Arequipa: la Biblioteca Personal de Mario Vargas Llosa
Seis años después de la llegada del primer cargamento de libros, aún se le humedecen los ojos a Nelly Miranda, la trabajadora que el propio escritor eligió para custodiar su legado bibliográfico en la Biblioteca Regional de Arequipa. Tras recibir el premio Nobel, Vargas Llosa decidió donar toda su biblioteca personal —más de 22.000 volúmenes— a su ciudad natal, pero fijó una condición muy precisa: los ejemplares con anotaciones, subrayados, comentarios o calificaciones no podrían consultarse hasta después de su muerte.
Miranda, secretaria de profesión, recuerda que al principio no tenía claro qué escondían aquellas cajas cerradas. Todo parecía hermético, casi un enigma. Fue el entonces director de la biblioteca, Mario Rommel Arce Espinoza, quien le pidió que abriera uno por uno los libros y separara los que contaran con marcas personales. El cálculo inicial hablaba de más de 11.000 ejemplares intervenidos, una cifra que muestra hasta qué punto Vargas Llosa leía de forma activa, dialogando con cada texto.
En muchos de esos volúmenes se repiten los mismos gestos: un sello propio que acredita su pertenencia a la biblioteca del Nobel, encuadernaciones en tono guinda con detalles dorados, márgenes llenos de notas, trazos en tinta negra, azul o roja, y palabras como “Ojo” escritas al lado de pasajes cruciales. En otros, el autor se permite comentarios breves de interpretación, como si estuviera conversando con el libro y preparara futuros ensayos.
Pero el detalle más llamativo son las calificaciones numéricas. Fiel a una escala de 0 a 20, Vargas Llosa puntuaba algunos títulos al principio o al final, casi siempre rodeando la cifra con un círculo. Ese sistema de notas privadas fue una de las razones principales por las que no quería que esos libros se hicieran públicos en vida: temía que se interpretaran como juicios explícitos sobre colegas o maestros y se distorsionara el sentido de su lectura.
La casona colonial del siglo XVIII que alberga la Biblioteca Personal, en pleno centro histórico de Arequipa, cuenta con tres salas dedicadas a sus obras. En la principal se exhibe el ejemplar quizá más simbólico del conjunto: una edición muy trabajada de Cien años de soledad, con una dedicatoria de Gabriel García Márquez que llama a Vargas Llosa “su descuartizado, desmenuzado y desenmascarado hermano”. El libro está plagado de anotaciones, subrayados en cada página y un esquema a mano del árbol genealógico de los Buendía, rematado con un 20, la máxima nota dentro de su sistema privado.
Durante años, estos ejemplares permanecieron bajo llave. Tras la salida de Arce Espinoza de la dirección en 2018, nuevos responsables intentaron exhibirlos antes de tiempo, pero Miranda se negó, amparándose en la voluntad expresa del autor. La presión llegó a tal punto que ella pidió un traslado. Ante esta situación, el propio Vargas Llosa se presentó en 2019 en la biblioteca. Según evoca la guardiana, entró casi como quien vuelve a su casa y fue muy claro con la dirección: exigió que se respetara la integridad de sus libros y que Miranda siguiera siendo la persona responsable de ellos.
Tras la muerte del escritor, en abril de 2025, se abrió la puerta a cumplir su deseo de que esas lecturas comentadas pudieran conocerse. El equipo de la Biblioteca Regional, ahora con Alfredo Herrera como director, espera un protocolo específico de la Biblioteca Nacional del Perú que permita exhibir los volúmenes sin deteriorarlos. Consideran que se trata de un patrimonio bibliográfico único, irrepetible, y que hay que compaginar el acceso público con la conservación a largo plazo.
Herrera subraya que el gesto de donar toda su biblioteca a su ciudad natal permite rastrear la formación intelectual de Vargas Llosa: la importancia que tuvieron para él la poesía y la filosofía en la juventud, el peso de la tradición francesa, las obsesiones políticas y morales que después asomarán en sus novelas. No todos los libros han sido revisados, y aún aparecen sorpresas, como la dedicatoria del escritor español Javier Cercas en un ejemplar de El impostor, donde reconoce que el peruano le sugirió escribir esa obra y lo transforma casi en un personaje de ficción.
Para Nelly Miranda, el desafío actual es doble. Por un lado, ya no tiene que hacer valer la voluntad del autor, porque el propio testamento literario permite acceder a esos libros; por otro, siente que el riesgo sobre el fondo ha aumentado. Reclama recursos para digitalizar los ejemplares anotados y así permitir su consulta sin manipular los originales. La precariedad, confiesa, es notable: ni siquiera disponen de cámaras de seguridad. Desde que el Nobel ya no está, se pregunta con angustia quién protegerá esos libros con el mismo celo que él exigía.
Un homenaje en la Comunidad de Madrid: la sala Mario Vargas Llosa
Mientras en Arequipa se libra esa silenciosa batalla por la conservación, en la región de Madrid el nombre de Vargas Llosa se incorpora de forma estable a la estructura cultural local. La Junta de Gobierno de San Sebastián de los Reyes ha aprobado que la sala de actividades de la biblioteca Marcos Ana pase a denominarse oficialmente sala Mario Vargas Llosa.
La decisión supone un reconocimiento institucional en España a la trayectoria del autor y a su influencia en la literatura en castellano, reforzando un vínculo con un país al que el propio escritor siempre consideró una segunda patria cultural y política. Este renombramiento integra su figura en la vida cotidiana de un municipio madrileño, lejos de los grandes fastos, pero muy cerca de los lectores que frecuentan bibliotecas públicas y clubes de lectura.
El nuevo nombre de la sala busca convertir ese espacio en un lugar de memoria literaria y de encuentro ciudadano. La referencia a un escritor cuya obra interrogó de manera constante el poder, la libertad y la dignidad humana quiere subrayar la función de las bibliotecas como ámbitos de debate y reflexión crítica, no solo como almacenes de libros o salas de estudio.
La trayectoria de Vargas Llosa en España tiene varias vertientes: editorial, académica, mediática y vital. Vivió largas temporadas en Madrid y Barcelona, publicó buena parte de sus novelas en sellos españoles, mantuvo una fuerte presencia en el debate público y construyó una relación estrecha con instituciones como la Real Academia Española o el Instituto Cervantes. En ese contexto, que un ayuntamiento de la Comunidad de Madrid incorpore su nombre a una biblioteca pública encaja en una línea de continuidad con otros homenajes que ha ido recibiendo en el país.
El acuerdo municipal recuerda, además, los hitos de su carrera: desde sus primeras novelas, La ciudad y los perros o La casa verde, que revolucionaron la narrativa latinoamericana y lo situaron en el centro del llamado Boom, hasta títulos como Conversación en La Catedral o La fiesta del Chivo, donde explora con crudeza los mecanismos del autoritarismo, la corrupción y sus efectos en la vida diaria. También se hace referencia a su condición de ensayista e intelectual público, defensor de la libertad de pensamiento y del pluralismo democrático, rasgo que lo llevó a intervenir de forma constante en asuntos políticos y culturales tanto en América Latina como en Europa.
El reconocimiento del Premio Nobel de Literatura cristalizó internacionalmente ese prestigio y reforzó la idea de que su obra encarna una cierta concepción de la literatura como territorio de resistencia frente al dogmatismo. Que una sala municipal lleve su nombre en la periferia de Madrid puede parecer un gesto modesto, pero contribuye a fijar la memoria del autor en circuitos de lectura cotidianos, precisamente donde sus libros siguen circulando y generando nuevas interpretaciones.
«Palabras en el mundo»: Alonso Cueto lee al amigo y al maestro
En paralelo a estos reconocimientos públicos, la obra y la personalidad de Vargas Llosa continúan siendo objeto de lecturas críticas y afectivas. Uno de los libros más significativos en este terreno es Palabras en el mundo, del escritor peruano Alonso Cueto, publicado por Alfaguara y ya disponible en librerías españolas y latinoamericanas.
Cueto, novelista de larga trayectoria y profesor universitario nacido en Lima en 1954, propone en este ensayo un retrato que mezcla cercanía personal y análisis literario. Confiesa que las novelas de Vargas Llosa han acompañado toda su vida de lector, hasta el punto de que, cuando aparecía un título nuevo, le daba prioridad por encima de otros autores. Ve en su obra una exploración constante de la dignidad y la supervivencia de personajes enfrentados a circunstancias adversas, historias que, aunque se desarrollan en contextos concretos, trascienden su tiempo y lugar.
Para definirlo con una sola frase, Cueto habla sin rodeos de un genio que ha escrito ocho o nueve obras maestras en géneros distintos: novelas, ensayos literarios y una memoria. Entre ellas, menciona La ciudad y los perros, La Casa Verde, Conversación en la Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo, además de los estudios sobre García Márquez y Flaubert, y la autobiografía El pez en el agua. A su juicio, muy pocos autores contemporáneos igualan ese número de libros de alto nivel en conjunto.
Pese a la relación personal que lo unía a Vargas Llosa, Cueto sostiene que no tuvo dificultades para escribir sobre él. Afirma que procura separar los afectos de la lectura crítica y que, en este caso, se sentía especialmente próximo a los textos del autor, más allá de la amistad. El ensayo se adentra en las obsesiones que atraviesan su narrativa: la teología del poder, la aventura subversiva, las utopías y desencantos, las búsquedas morales y existenciales, la influencia de la literatura francesa, el quijotismo, y las técnicas narrativas que articulan ese universo ficcional.
En el plano político, Cueto recuerda que Vargas Llosa siempre defendió la libertad individual como eje de su pensamiento, tanto en sus intervenciones públicas como en la construcción de sus personajes. Las figuras centrales de sus novelas suelen ser seres que se rebelan, se insubordinan, desafían las estructuras establecidas. La literatura y la política, sugiere, comparten esa apuesta por la transgresión frente a los discursos cerrados.
Cueto también traza paralelos entre el método de trabajo de ambos. Señala que los dos comparten la disciplina de cumplir horarios estrictos y aislarse para escribir, y subraya el papel decisivo que tuvo Patricia Llosa en la vida del Nobel, al permitirle concentrarse de forma casi obsesiva en su oficio. Cuenta que Vargas Llosa llegaba a ajustar viajes o compromisos sociales a su calendario de escritura, y que discutía con amigos el desarrollo de sus personajes y tramas, lo que le ayudaba a verlos con más distancia.
Otro aspecto que destaca el libro es la condición de lector voraz y comentarista riguroso de Vargas Llosa. Era famoso por obligarse a terminar obras que no lo convencían para emitir un juicio completo, y por su hábito de “hacer las sumas y las restas” antes de dar un veredicto. Esa pasión lectora está directamente relacionada con la escena que se vive ahora en Arequipa, donde sus libros anotados, subrayados y calificados se preparan para salir de la sombra.
Cerrando el círculo, Cueto relata que el último libro del que habló con Vargas Llosa fue precisamente este ensayo. El propio autor de La ciudad y los perros lo llamó por teléfono para agradecerle el trabajo, y Cueto le respondió que ya habían superado la etapa de las gratitudes formales, dando a entender que entre ambos existía una confianza antigua.
Intimidad y desencanto: «Los vientos» e Isabel Preysler
Si Palabras en el mundo pretende iluminar la dimensión literaria y moral de Vargas Llosa, otro foco muy distinto se ha posado en su vida privada a través de dos piezas clave: el relato Los vientos y las memorias de Isabel Preysler. Ambos materiales han circulado ampliamente en España y han alimentado debates sobre hasta qué punto la ficción del Nobel dialoga con sus experiencias sentimentales.
Los vientos, escrito en 2020, retrata a un anciano de cien años que vaga por un Madrid futuro, reconocible pero deshumanizado, donde la tecnología ha arrasado con el acceso real a la cultura. El protagonista, sucio, enfermo, con la memoria convertida en una especie de ciénaga y aquejado de problemas digestivos que lo humillan en público, recorre un paisaje urbano de los Austrias que remite de forma transparente al centro histórico de la capital española.
Ese personaje evoca con nitidez a una ex esposa llamada Carmencita, figura que muchos han identificado con Patricia Llosa, compañera de medio siglo del escritor. La historia gira en torno al arrepentimiento por un “enamoramiento violento y pasajero” que habría destrozado su vida y lo habría condenado a una infelicidad sostenida. Aunque la ficción y la biografía nunca coinciden al milímetro, la lectura alegórica ha sido inevitable, sobre todo a la luz de la posterior ruptura con Isabel Preysler a finales de 2022 y de la reconciliación del Nobel con Patricia y sus hijos en sus últimos meses en Lima.
El narrador del relato se declara contrario al mundo de las “pantallitas”, la cosmética y cierta elevación de la gastronomía a categoría filosófica, elementos que recuerdan de manera poco velada al universo mediático y doméstico en el que se movía la familia Preysler-Falcó. En uno de los guiños más comentados, se menciona una “Universidad de las islas Marquesas” donde la cocina es la nueva cumbre del saber, una alusión que muchos han interpretado como una broma ácida sobre los títulos nobiliarios y la cultura televisiva en torno al fogón.
Ese texto, cargado de humor negro y desengaño, se ha leído como una suerte de anticipo del ánimo con el que el escritor afrontó los últimos años de su vida. Pese a que en el relato el anciano asume sin pudor su degradación física, conserva una lucidez feroz para denunciar lo que considera un “mundo de esclavos contentos”, entregado a la comodidad tecnológica y alejado de los valores esenciales que marcaron su generación.
Meses después de la muerte del Nobel en 2025, Preysler publicó en España sus memorias, Mi verdadera historia (Espasa), un volumen que se convirtió rápidamente en uno de los libros más vendidos del año. En esas páginas, la socialité repasa su vida personal y familiar, habla de sus operaciones de estética, de sus relaciones sentimentales y dedica un capítulo completo a la relación con Vargas Llosa, incluyendo cartas apasionadas que ambos se intercambiaron.
La publicación de esa correspondencia privada generó un intenso debate público: algunos consideraron que vulneraba la intimidad del escritor, mientras otros defendieron el derecho de Preysler a contar su versión. Ella ha insistido en que no esperó al fallecimiento del Nobel para decidir si incluir las cartas, y que las mismas forman parte de su propia biografía. En entrevistas posteriores, ha afirmado que las misivas eran la mejor forma de explicar la relación y de contestar a lo que considera rumores falsos, además de subrayar que, en su casa, el escritor fue feliz.
En una conversación reciente con la revista ¡Hola!, Preysler aseguró que fue el propio Vargas Llosa quien la animó en su momento a escribir un libro sobre su vida, e incluso le ofreció ayuda literaria. También confesó que vivió la noticia de su muerte como un momento extremadamente triste, recordando los años que compartieron y reiterando su respeto por el talento del autor y por su aportación a la cultura universal.
El Nobel en Estocolmo: una semana decisiva para su proyección europea
Más allá del ámbito privado y de las polémicas mediáticas, la huella de Mario Vargas Llosa en Europa quedó sellada de forma indeleble durante la semana del Nobel en Estocolmo en diciembre de 2010. Esa serie de actos protocolarios y encuentros públicos consolidó su imagen ante el público europeo como uno de los grandes narradores de nuestro tiempo y reforzó sus lazos con España y el resto del continente.
El escritor llegó a la capital sueca en medio de una complicada huelga de controladores aéreos en Madrid que había dejado en tierra a buena parte de la prensa. Aun así, consiguió aterrizar con una comitiva de familiares y amigos y se instaló en el Grand Hôtel, alojamiento tradicional de los galardonados desde comienzos del siglo XX. Desde el primer paseo por la ciudad, protegido de la nieve con un paraguas y comentando el paisaje urbano, se mostró entusiasmado con la arquitectura, el Palacio Real y el cuidado del casco antiguo.
La agenda de aquellos días fue intensa. Incluyó una rueda de prensa estrictamente reglamentada en la Academia Sueca, donde solo se permitía una pregunta por medio; la lectura de su discurso Elogio de la lectura y la ficción ante una sala abarrotada; la inauguración de una exposición sobre su vida y obra en el Instituto Cervantes de Estocolmo; una visita a un colegio multicultural en el barrio de Rinkeby, y finalmente la ceremonia oficial de entrega del Nobel y la posterior cena de gala en el Ayuntamiento de la ciudad.
En su intervención ante la prensa, flanqueado por el secretario permanente de la Academia y su traductor, respondió a cuestiones previsibles sobre sus objetivos al escribir o sus experiencias políticas, y también a acusaciones de machismo formuladas por colectivos feministas suecos. Rechazó esa etiqueta y defendió su compromiso con la igualdad entre hombres y mujeres, matizando que en sus novelas aparece el machismo como un reflejo de la sociedad de la que procede.
El momento culminante llegó con la lectura del discurso Nobel. En un texto de una docena de páginas, condensó sus obsesiones de medio siglo: el amor al Perú, las deudas con España y Francia, la defensa de la ficción como herramienta fundamental para la libertad humana y la condena a todo tipo de totalitarismo. La emoción alcanzó su punto máximo cuando, al hablar de su esposa Patricia, se le quebró la voz. La definió como la mujer que lo mantenía en contacto con la realidad y lo salvaba del caos, y el auditorio respondió con lágrimas y una larga ovación.
Durante aquellos días, se pudieron ver escenas que hoy se leen con cierta nostalgia: periodistas que no lograban transmitir por culpa del frío extremo, sesiones fotográficas accidentadas en las que el autor llegó a caerse de una silla, o encuentros entrañables con la comunidad hispanohablante en Estocolmo, donde los emigrantes se acercaban a felicitar al ya entonces icono de la literatura latinoamericana.
La ceremonia de entrega del premio en el Konserthuset, el Salón de Conciertos de Estocolmo, siguió al milímetro el protocolo clásico. El miembro de la Academia Sueca Per Wästberg fue el encargado de presentar al galardonado, destacando su trayectoria desde la provinciana Arequipa hasta su condición de ciudadano del mundo, su evolución política del marxismo al liberalismo tras la experiencia cubana, y su versatilidad como novelista, ensayista, columnista y polemista. Al final de esa presentación, lo invitó, en español, a acercarse a recoger la medalla y el diploma de manos del rey Carlos Gustavo.
Después de la ceremonia, la familia extensa se reunió en el escenario para las fotos de rigor, en una escena casi doméstica pese a la solemnidad del entorno. La posterior cena de gala en el Ayuntamiento, con más de mil comensales, fue un despliegue de etiqueta, coreografías de servicio milimétricas y gastronomía nórdica acompañada de vinos franceses. Vargas Llosa compartió mesa principal con miembros de la realeza sueca y otros premiados, y en el momento brindis resumió el espíritu del acto al celebrar a Suecia como un país donde, al menos por unos días, la vida parecía confundirse con la literatura.
La suma de estos episodios —la cuidada biblioteca anotada que aguarda en Arequipa, el homenaje municipal en la Comunidad de Madrid, las lecturas críticas de Alonso Cueto, el relato sombrío de Los vientos, las memorias de Isabel Preysler y la semana del Nobel en Estocolmo— dibuja una figura compleja y en permanente revisión. Mario Vargas Llosa aparece a la vez como lector obsesivo, narrador audaz, intelectual polémico, protagonista de una vida sentimental muy expuesta y símbolo cultural compartido entre América Latina y Europa, especialmente España, donde sus libros siguen alimentando tanto la devoción lectora como la discusión pública. También su presencia se dejó notar en eventos como la Feria Internacional del Libro de Lima, que centró parte del debate sobre su legado.