El esperpento de Valle-Inclán regresa al Teatro Español con una mirada renovada

  • La prestigiosa directora Ana Zamora lidera esta nueva producción en colaboración con la compañía Nao d’amores.
  • La obra, una feroz sátira sobre la corte de Isabel II, podrá verse en la Sala Margarita Xirgu del 30 de junio al 26 de julio.
  • Un elenco de seis intérpretes asume el reto de dar vida a los catorce personajes que pueblan esta farsa en verso.
  • La puesta en escena incluye una función accesible el 10 de julio para personas con discapacidad auditiva y visual.

Farsa y licencia de la reina castiza de Valle-Inclán en el Teatro Español

Hay clásicos que, por mucho que pase el tiempo, parece que nos estuvieran leyendo la cartilla desde el pasado. La llegada de Farsa y licencia de la reina castiza a las tablas madrileñas es uno de esos eventos que agitan el panorama cultural con una fuerza inusitada. Esta pieza, que forma parte del ADN más puro de Ramón María del Valle-Inclán, aterriza en el Teatro Español para recordarnos que los vicios del poder no entienden de siglos ni de modas. Con la dirección de Ana Zamora, la propuesta se instala en la Sala Margarita Xirgu con la intención de demostrar que el esperpento es, probablemente, el espejo más fiel que tenemos para mirarnos.

Lo que se va a encontrar el público no es una aburrida lección de historia, sino un viaje alucinante por las cloacas de una corte que, aunque se vista de época, tiene mucho que decir sobre nuestra sociedad actual. La colaboración entre el coliseo madrileño y la compañía Nao d’amores ha permitido que este texto, que no se prodiga demasiado por los escenarios, recupere todo su brillo y su mala leche. No es moco de pavo enfrentarse a una obra que ha pasado décadas en un cajón y que ahora vuelve con una energía renovada para sacudir las conciencias de quienes se acerquen a disfrutar de este carnaval grotesco.

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Representación de la farsa de Valle-Inclán por Nao d’amores

La trama nos mete de lleno en un Madrid dominado por la miseria y las apariencias, donde la figura de Isabel II se convierte en el centro de una maquinaria de corrupción y doble moral que ríete tú de los titulares de hoy en día. Valle-Inclán no dejó títere con cabeza al escribir esta farsa en 1920, utilizando un lenguaje popular cargado de ironía para desnudar la decadencia de una monarquía y una clase política que vivían de espaldas al pueblo. En este montaje, los personajes desfilan como auténticas marionetas de guiñol, atrapados en un entramado de chantajes y favores que resulta tan divertido como doloroso por lo que tiene de real.

La directora ha sabido dar en el clavo al plantear la obra desde una mirada contemporánea, sin perder ni un ápice del sabor original del texto en verso. Los espectadores verán cómo lo trágico y lo cómico se funden en una puesta en escena muy plástica, donde la risa sirve como herramienta para digerir una crítica demoledora. Se nota que el equipo ha trabajado a fondo los orígenes del género para que los actores, a pesar de estar «muñequizados», mantengan esa humanidad que hace que el espectador se reconozca en sus bajezas y virtudes. Menudo percal se monta en escena cuando el oportunismo y los privilegios se convierten en la única moneda de cambio.

El reto de subir a escena un texto casi maldito

Resulta curioso que una obra de tal calibre sea de las menos representadas del autor gallego, pero lo cierto es que su complejidad técnica es notable. Para esta ocasión, un grupo de seis actores compuesto por Miguel Ángel Amor, Paula Iwasaki, Alejandro Pau, Aisa Pérez, Rafael Ortiz e Isabel Zamora tiene la difícil tarea de desdoblarse para interpretar a los catorce personajes de la historia. Es un trabajo de orfebrería teatral que requiere un ritmo ágil y una precisión absoluta para que el verso fluya con naturalidad y no se convierta en un ladrillo para el respetable.

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Además de la parte interpretativa, el apartado técnico no se queda atrás, contando con un equipo de primer nivel que incluye la dirección musical de Víctor Pliego de Andrés y el vestuario de Deborah Macías. La función, que tiene una duración aproximada de 80 minutos, está pensada para ser una experiencia inmersiva y directa, evitando los adornos innecesarios para centrarse en la potencia de la palabra de Valle-Inclán. Para que nadie se quede fuera de este sarao, el 10 de julio se ofrecerá una función accesible con audiodescripción y sobretitulado, un detalle que siempre se agradece en los teatros públicos.

Esta revisión de la farsa isabelina se consolida como una cita ineludible para entender cómo las estructuras de poder se repiten de forma cíclica. Al final, lo que nos queda es la sensación de que, aunque cambien las caras y las vestimentas, las debilidades humanas permanecen intactas a través del tiempo. La propuesta de Ana Zamora y Nao d’amores consigue que el espectador salga del teatro con una sonrisa en la boca pero con la cabeza dando vueltas a todo lo que acaba de presenciar en este retablo de fantoches que, para bien o para mal, habla de todos nosotros.

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