Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar con Mónica Ojeda: imaginación indócil y monstruos que transforman

  • La Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar recibe a Mónica Ojeda con una conferencia sobre imaginación, monstruos y escritura.
  • Ojeda defiende la lectura y la escritura como actos capaces de transformar el cuerpo, la percepción y la forma de estar en el mundo.
  • La autora se apoya en las tesis de Jeffrey Cohen para repensar lo monstruoso como espacio de crisis, deseo y cambio.
  • La cátedra, organizada por la UdeG, se consolida como foro de pensamiento crítico y literaturas incómodas en clave latinoamericana.

Conferencia de la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar con Mónica Ojeda

La Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar sigue consolidándose como un espacio de referencia para el debate literario y el pensamiento crítico en clave latinoamericana, y esta vez lo hace con una voz que lleva años removiendo las aguas del panorama narrativo contemporáneo: la de Mónica Ojeda. La autora ecuatoriana ha dedicado su última intervención a explorar cómo la imaginación y lo monstruoso pueden reorganizar nuestra forma de leer, escribir y habitar el mundo.

En el Paraninfo Enrique Díaz de León de la Universidad de Guadalajara, abarrotado para la ocasión, Ojeda presentó la conferencia magistral titulada «Un monstruo que ama las flores: por una imaginación indócil», una sesión en la que reivindicó la lectura y la escritura como experiencias capaces de mutar el pensamiento, la sensibilidad y el propio cuerpo. Lejos de tratarse solo de una charla teórica, la autora propuso una mirada política, estética y afectiva sobre lo monstruoso, vinculándolo a los cuerpos, las disidencias y las lenguas que se resisten a la norma.

Una imaginación que desobedece: la propuesta de Mónica Ojeda

Mónica Ojeda en la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar

Durante su intervención, la escritora subrayó que la escritura literaria abre la puerta a desviaciones fértiles del pensamiento, a mutaciones que no solo afectan a las ideas, sino también a la forma en que sentimos y percibimos. Desde esta óptica, la lectura y la escritura dejan de ser actividades neutras para convertirse en prácticas que ensayan estructuras sensibles nuevas, porosas y vibrátiles, capaces de poner en cuestión discursos de control y normas establecidas.

Ojeda explicó que le interesa imaginar la lectura y la escritura como «acontecimientos monstruosos», es decir, como irrupciones que descolocan y, al mismo tiempo, abren posibilidades. Según señaló, una novela, un ensayo o un poema pueden literalmente modificarnos la carne, alterar nuestra manera de pensar, de estar y de relacionarnos con el entorno. Este énfasis en lo corporal no es casual: para la autora, trabajar con las palabras implica también cuidar el efecto que tienen en quienes las leen.

Dirigiéndose especialmente a las nuevas generaciones, Ojeda comentó que suele recordar a sus estudiantes la importancia de tratar la palabra con respeto, pero sin perder la carga lúdica, erótica e irreverente que permite experimentar. En su experiencia, algunos textos funcionan casi como conjuros: remueven certezas, reordenan los sentidos y reconfiguran la forma de habitar el mundo, despertando una atención más afinada hacia lo que nos rodea.

La autora apuntó que este tipo de prácticas imaginativas no se limitan a la fantasía o al escapismo, sino que pueden encarnar lenguajes más habitables, sensibles y abiertos a la diferencia. Al proponer una imaginación «indócil», Ojeda se sitúa deliberadamente en oposición a las lecturas domesticadas, aquellas que no cuestionan ni incomodan, y apuesta por una literatura que, sin dejar de conmover, pueda descentrar al lector y empujarle a revisar sus marcos de referencia.

Lo monstruoso como espacio de crisis, deseo y cambio

Una de las ideas centrales de la conferencia fue la noción de lo monstruoso como territorio de metamorfosis. Ojeda recordó que, tradicionalmente, los géneros como la literatura fantástica, el terror o la ciencia ficción han sido los encargados de explorar las figuras monstruosas, pero a menudo se las ha vinculado con visiones de futuro clausurado y distópico. Frente a esa lectura más pesimista, la autora defendió otra aproximación posible.

Para ella, el monstruo no señala tanto un final inevitable como la emergencia de transformaciones profundas en formas de vida que se han mantenido quietas demasiado tiempo. Esa inquietud que producen las criaturas monstruosas no sería solo miedo; también expresa una especie de deseo contenido de cambio, una tensión entre el anhelo de mutar y el temor a perder lo conocido. Lo monstruoso, en este sentido, se convierte en un espejo incómodo de nuestras contradicciones.

Ojeda se apoyó en las siete tesis sobre el monstruo formuladas por el teórico Jeffrey Cohen para profundizar en esta idea. Según resumió, Cohen concibe el cuerpo del monstruo como una construcción cultural, un artefacto donde se encarnan las ansiedades y los conflictos de una época. De ahí que el monstruo aparezca con especial fuerza en tiempos de crisis, cuando las certezas se resquebrajan y la identidad colectiva entra en tensión.

Entre los puntos que destacó, la autora subrayó que el monstruo encarna la diferencia hecha carne y se resiste a cualquier intento de categorización simple. Además, es una figura liminal: marca fronteras, delimita lo que se considera habitable y se mueve siempre en el umbral de la transformación. De este modo, pensar lo monstruoso supone también preguntarse qué cuerpos, discursos o experiencias quedan fuera de lo reconocible y lo aceptable.

Otro aspecto que recuperó de Cohen fue la idea de que el miedo al monstruo está atravesado por un tipo de deseo. Lo que se teme, en realidad, es tanto la amenaza que encarna como la posibilidad de ser arrastrados por aquello que se presenta como diferente, impropio o peligroso. Ojeda enlazó esta lectura con la manera en que determinadas subjetividades y comunidades se ven etiquetadas como «monstruosas» por el hecho de desafiar normas políticas, sociales o sexuales.

Monstruos en resistencia y lenguas que se reinventan

Desde esta perspectiva, la autora propuso pensar en «monstruos en resistencia activa» para referirse a colectivos y cuerpos que cuestionan la gramática dominante de la realidad. En su enumeración incluyó a personas migrantes, pueblos originarios, comunidades palestinas, poblaciones negras y cholos, junto a organizaciones barriales, asambleas populares y cuerpos racializados, trans, queer y otras disidencias que se mueven fuera de los márgenes de la norma.

Ojeda planteó que estos sujetos, lejos de ser simples víctimas de un sistema de exclusión, inventan contralecturas y contraescrituras que van a contrapelo del relato oficial de la historia. Lo hacen mediante prácticas de organización, lenguajes híbridos y códigos que rompen con la gramática hegemónica, demostrando que no hay una única manera legítima de nombrar el mundo. Esta reescritura, señaló, no es solo política, sino también profundamente poética.

A partir de ahí, la conferencia introdujo la noción de «comunalidades monstruosas» para referirse a formas de vida y de relación que se sostienen en la diferencia y el conflicto, no en la homogeneidad. Son comunidades que se construyen en la intemperie, en los márgenes, y que encuentran en el lenguaje un territorio para la insubordinación: las lenguas se transforman en guías para desobedecer, herramientas que permiten nombrar experiencias antes silenciadas o invalidadas.

En este contexto, la lectura y la escritura se conciben como prácticas de resistencia cotidiana. No se trata solo de producir obras literarias, sino de sostener un ejercicio constante de relectura de lo real, de sospecha ante los discursos que se presentan como únicos o naturales. Ojeda insistió en que, cuando se asumen desde esta clave, leer y escribir pueden articular formas de cuidado, comunidad y deseo que escapan a las lógicas de control.

La autora reconoció también su propia experiencia personal con textos que, más que ofrecer respuestas cerradas, han actuado como fuerzas de desestabilización. Algunos libros, confesó, han llegado a trastocar de manera radical su modo de pensar y estar en el mundo. Esa es precisamente la potencia política y estética que reivindica para la imaginación: la posibilidad de descolocar y, a la vez, abrir huecos para otras formas de vida.

La Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar como espacio de encuentro

La intervención de Mónica Ojeda se inscribe en el marco de la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, un proyecto que, impulsado originalmente por figuras de la talla de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, se ha mantenido durante décadas como un espacio privilegiado para el diálogo entre escritores, académicos y lectores. Organizada por el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) de la Universidad de Guadalajara, la cátedra se ha consolidado como un punto de encuentro para voces relevantes de la región.

Las actividades de esta edición comenzaron en febrero de 2025 y se han orientado a explorar distintas vertientes de la creación literaria, con especial atención a aquellas propuestas que ponen en cuestión los discursos dominantes. En este contexto, la presencia de Ojeda encaja con una línea de trabajo que apuesta por literaturas incómodas, críticas y abiertas a la experimentación. Su conferencia no solo dialoga con la tradición de lo fantástico y lo monstruoso, sino que la enlaza con preocupaciones políticas y sociales contemporáneas.

Además de su participación en la cátedra, la escritora ecuatoriana tiene programadas otras apariciones en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), uno de los grandes eventos culturales del ámbito hispánico. Entre ellas figuran una charla en FIL Joven, bajo el sugestivo título «Perreo, electro y punk, en la literatura», y otra sesión enmarcada en FIL Literatura dedicada a la «literatura incómoda», en las que seguirá profundizando en esas zonas de fricción donde la escritura se enfrenta a lo establecido.

Estas actividades refuerzan la vocación de la cátedra de articular puentes entre el pensamiento universitario, las prácticas artísticas y los públicos diversos que acuden tanto al paraninfo como a la feria. No se trata solo de ofrecer conferencias magistrales, sino de activar conversaciones que permitan a estudiantes, investigadores y lectores de muy distintos contextos repensar su relación con la literatura y con la realidad que la rodea.

La Universidad de Guadalajara, que se encuentra celebrando un ciclo conmemorativo bajo el lema «Un siglo de pensar y trabajar», aprovecha este tipo de encuentros para subrayar el papel de la institución pública como espacio de reflexión crítica. La presencia de autoras como Ojeda evidencia una apuesta por voces que cuestionan, interpelan y proponen nuevas maneras de entender tanto la tradición literaria como el presente político y social.

Dentro del panorama cultural latinoamericano, la Cátedra Julio Cortázar se reafirma así como un foro donde lo literario no se concibe como un ámbito aislado, sino estrechamente ligado a las tensiones de su tiempo: cuerpos en disputa, lenguas que se reescriben y comunidades que buscan maneras alternativas de existir. La intervención de Ojeda, centrada en lo monstruoso y la imaginación indócil, encaja de lleno en esta línea de pensamiento.

Lectura, escritura y cuerpos que se transforman

A lo largo de su intervención, Mónica Ojeda insistió en que leer y escribir no son ejercicios inocentes ni puramente intelectuales. Ambas prácticas afectan al cuerpo: modifican la forma de percibir, de relacionarse con los demás, de ubicarse frente al dolor, al placer o al miedo. De ahí que hablara de textos que «modifican la carne», subrayando una dimensión somática de la experiencia literaria que a menudo se pasa por alto.

En su visión, una educación literaria que merezca tal nombre debería fomentar esa atención al impacto físico y afectivo de las palabras, y no solo al análisis formal o histórico de las obras. Por eso, en su trabajo docente, busca contagiar a sus estudiantes de un «erotismo lúdico e irreverente», una forma de acercarse a los textos sin reverencia excesiva, pero con plena conciencia de su potencia transformadora. Leer, para Ojeda, implica dejarse afectar; escribir, asumir la responsabilidad de esa afección.

Este enfoque encaja con su propia obra narrativa, en la que los cuerpos suelen ser escenarios de tensión, violencia, deseo y extrañeza, y donde lo monstruoso aparece como una forma de visibilizar aquello que no encaja en las categorías habituales. Títulos como Nefando o Mandíbula han circulado precisamente por esa capacidad de incomodar y de obligar al lector a habitar zonas de ambigüedad y conflicto.

En la conferencia, sin embargo, Ojeda se centró menos en comentar sus libros y más en compartir herramientas conceptuales y sensibilidades para pensar la literatura desde un lugar distinto. Al reivindicar el carácter monstruoso de la lectura y la escritura, ofreció una invitación a asumir la incomodidad y la incertidumbre como condiciones necesarias para que algo realmente cambie, tanto en el plano individual como en el colectivo.

La propuesta conecta con debates contemporáneos en torno a la crítica cultural, los estudios de género, las teorías queer y poscoloniales, y otras corrientes que también cuestionan los límites de lo normal y lo aceptable. En este sentido, la intervención de Ojeda se puede leer como parte de una conversación más amplia sobre la necesidad de imaginar de otra manera las identidades, los vínculos y las comunidades en un momento marcado por crisis múltiples.

La combinación de referencias teóricas, ejemplos literarios y reflexiones personales terminó trazando un mapa complejo del monstruo como figura liminar que nos obliga a mirar de frente aquello que preferiríamos no ver. Lejos de ofrecer respuestas cerradas, la conferencia dejó abiertas muchas preguntas, quizá porque uno de sus mensajes de fondo es que la imaginación indócil no puede reducirse a una fórmula ni a un conjunto de conclusiones definitivas.

De esta manera, la sesión de Mónica Ojeda en la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar dejó sobre la mesa una idea clara: la literatura, cuando se atreve a ser monstruosa, se convierte en un laboratorio de transformaciones donde se ponen en juego nuestros miedos, deseos y posibilidades de cambio. Entre las paredes del Paraninfo Enrique Díaz de León, la autora ecuatoriana recordó que, en tiempos de crisis, quizá sea más urgente que nunca cuidar y al mismo tiempo desobedecer el lenguaje, para encontrar en él nuevas formas de vida y de comunidad.


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