En un pequeño rincón de la costa gallega, donde el mar y la lluvia marcan el ritmo de la vida cotidiana, Arantza Portabales vuelve a los crímenes de Loeiro con su nueva novela negra, «Asesinato en el molino del cura». La escritora sitúa de nuevo la acción en ese pueblo ficticio que bebe directamente de Loira (Marín, Pontevedra), el lugar de su infancia y de los recuerdos más intensos de su biografía sentimental.
La obra se instala en el corazón de la llamada Galicia profunda para desplegar una intriga brutal ligada a una matanza ocurrida en 1984, un crimen enterrado en silencio y ligado a la memoria histórica, un asesino que sigue con vida cuatro décadas después. Portabales define este título como su novela más madura y técnicamente más lograda, un paso adelante dentro de su proyecto narrativo ambientado en Loeiro.
Un crimen en el Molino del Cura que marcó a todo un pueblo

La trama de «Asesinato en el molino del cura» arranca en una noche de 1984, cuando en Loeiro se produce una matanza salvaje que sacude los cimientos del pueblo. Mientras los vecinos lloran la muerte de Berta, una niña de nueve años, casi nadie repara en lo que sucede simultáneamente en el antiguo molino propiedad del cura, un espacio cargado de sombras y secretos.
Ese escenario, el Molino del Cura, se convierte en el epicentro simbólico de la novela: un lugar apartado donde se consuma la violencia y al mismo tiempo se impone el silencio. Portabales construye alrededor de ese edificio una atmósfera opresiva, en la que cada piedra y cada rincón parecen guardar una parte de la verdad que el pueblo prefiere no mirar de frente.
De aquella noche queda una víctima especialmente marcada: Alba Mariño, que sobrevive con una enorme cicatriz física y un vacío mental imposible de rellenar. Desde niña, su memoria es un terreno devastado, incapaz de ordenar los acontecimientos que rodearon la tragedia, lo que la condena a un presente plagado de miedo difuso y recuerdos incompletos.
Durante cuarenta años, Loeiro arrastra un crimen sin respuesta y una comunidad que sabe más de lo que admite. En ese tiempo, el caso se va diluyendo en la rutina, pero permanece como una herida soterrada, a medio camino entre la superstición, el rumor y la culpa colectiva.
Alba Mariño: regreso a Loeiro y lucha contra el olvido
Décadas después de aquella noche, la vida de Alba Mariño parece estancada en un presente sin anclajes, hasta que una noticia sobre Loeiro emitida en el telediario despierta un miedo antiguo que nunca había desaparecido del todo. Ese impacto mediático funciona como detonante para que, a los cincuenta años, tome una decisión radical.
Alba opta por volver al pueblo costero para enfrentarse a lo que no recuerda, aun sabiendo que ese regreso la expone a un pasado lleno de lagunas y a una comunidad que ha aprendido a convivir con el silencio. No solo se trata de recuperar imágenes perdidas, sino de poner nombre a la violencia que marcó su infancia.
Su investigación personal se entrelaza con un proceso casi terapéutico: reconstruir su identidad a partir de los huecos de la memoria. La cicatriz en su cabeza deja de ser únicamente un signo físico para convertirse en metáfora de un territorio mental arrasado por el trauma y por las omisiones de su entorno.
En el camino, Alba comprende que el miedo que arrastra no es solo suyo, sino que pertenece también a un pueblo que eligió callar. Cada conversación, cada mirada esquiva y cada dato que consigue rescatar ponen en evidencia que Loeiro guardaba algo demasiado incómodo como para traerlo a la superficie.
Iria Santaclara y las hermanas Freijomil: aliados y sombras en Loeiro
Para enfrentarse a un caso tan complejo, Alba no está sola. Cuenta con el apoyo de Sinda, apodada «la Gestapo», de César Araújo y de la investigadora Iria Santaclara, la detective que ya protagonizó la anterior entrega de los Crímenes de Loeiro, «Asesinato en la casa rosa». La autora vuelve así a confiar en este personaje para guiar la parte policial del relato.
Iria se adentra en el entramado de secretos del pueblo con una mezcla de profesionalidad y cercanía, a la vez dentro y fuera de esa comunidad que se protege a sí misma. Su presencia permite conectar el nuevo caso con la saga previa de Portabales, manteniendo el tono de novela negra clásica, pero con una fuerte carga emocional.
En el centro de las sospechas aparecen las siniestras hermanas Freijomil, nietas del cura y figuras casi espectrales en la vida de Loeiro. Encerradas, vestidas de luto y atrincheradas contra el mundo, estas mujeres encarnan la parte más oscura del pueblo: rencores antiguos, rigidez moral y un modo de entender la vida marcado por la culpa y la represión.
Portabales ha descrito a las Freijomil como muy lorquianas, mujeres atrapadas por un entorno hostil y por sus propias decisiones. En torno a ellas gravita también la figura de otra Berta, una sobrina cuya muerte nunca quedó del todo aclarada, lo que añade más capas de misterio y refuerza la sensación de que la violencia se hereda de generación en generación.
Violencia contra las mujeres y crítica a la estructura del pueblo
«Asesinato en el molino del cura» se desarrolla en un paisaje que, en la vida real, para Portabales es casi un parque temático natural: Loira, con su río, el mar, la playa de agua transparente y el monte verde que dibujábamos de pequeños con lápices de colores. Sin embargo, ese marco aparentemente idílico contrasta con la crudeza del relato.
La autora subraya que está ante una novela muy violenta, no solo en lo físico, sino en lo estructural hacia las mujeres. El propio pueblo se cierne sobre ellas, condicionando sus decisiones, limitando su libertad y empujándolas, en ocasiones, a soluciones extremas. Loeiro actúa casi como un personaje más, un organismo social que asfixia y vigila.
Personajes como Alba, Iria Santaclara o las hermanas Freijomil muestran distintas caras de esa presión colectiva que recae sobre las mujeres en contextos rurales cerrados. La novela no se queda únicamente en la resolución del crimen, sino que explora cómo la comunidad actúa como juez silencioso, castigando a quien se sale de la norma o se atreve a cuestionar lo establecido.
Portabales no justifica a quienes matan en sus historias, pero reconoce que intenta entenderlos y que el lector también pueda comprender de dónde surge esa violencia. Su premisa es que, a veces, la vida se vuelve tan complicada y dolorosa que algunas personas solo ven la salida en una espiral de agresión, un enfoque que añade matices al típico esquema de culpable y víctima.
La saga de los Crímenes de Loeiro y el lugar de «Asesinato en el molino del cura»
La nueva novela se integra en el universo de los Crímenes de Loeiro, que comenzó con «Asesinato en la casa rosa». Aunque en términos editoriales se habla de trilogía, Portabales prefiere referirse a ella como una saga, ya que cada volumen es autoconclusivo y puede leerse de forma independiente, sin necesidad de seguir un orden estricto.
En este segundo título situado en Loeiro, la escritora siente que ha llevado al extremo la capacidad criminal del pueblo, hasta el punto de bromear con que ya ha matado por encima de las posibilidades de una aldea pequeña. Pese a ello, insiste en que es precisamente en ese tipo de lugares donde se encuentra más cómoda y fuerte, porque le gusta pisar el mismo suelo que pisan sus personajes.
Tras «Asesinato en el molino del cura», la autora tiene previsto publicar un tercer libro de novela negra ambientado en el mismo universo, para después abordar una obra más intimista, alejada del registro criminal. De este modo, Loeiro quedará configurado como un escenario literario coherente, con su propia mitología de crímenes y personajes recurrentes.
Este proyecto en saga consolida a Portabales como una de las voces más reconocidas de la novela negra gallega y española, con un pie en la tradición del género y otro en la exploración de temas sociales como la memoria, el peso del pasado y las desigualdades de género en entornos rurales.
Un proceso creativo sin escaleta y en dos lenguas
La manera de trabajar de Arantza Portabales se distancia de los métodos más planificados. Ella misma explica que, detrás de «Asesinato en el molino del cura», no hay guion detallado ni escaleta clásica. Comienza por el final, que es el punto que tiene más claro en la cabeza, y a partir de ahí va tejiendo la historia hasta llegar a ese desenlace.
La autora bromea con que su memoria entrenada como opositora a la inspección de Hacienda le permite conservar en la mente quién mató a quién y por qué, igual que en su día fue capaz de saberse al dedillo la ley del IVA. Esa disciplina mental le permite manejar tramas complejas sin necesidad de apoyarse en esquemas exhaustivos.
Además, Portabales escribe sus novelas tanto en castellano como en gallego, novela en dos idiomas y no se traduce a sí misma. Para ella, la historia es la misma, pero cada lengua le da un aire distinto al relato, un matiz particular en la voz de los personajes y en el ritmo de las frases que refuerza la autenticidad del entorno gallego.
Le gustaría poder llevar este modelo a más idiomas, y confiesa que siente pena por haber perdido el euskera que hablaba con soltura antes de trasladarse definitivamente a Galicia. Aunque todavía lo entiende, reconoce que ya no tiene la misma facilidad para expresarse en esa lengua, algo que le pesa en lo personal y en lo literario.
Una nueva etapa vital: de la Xunta a vivir de la escritura
«Asesinato en el molino del cura» es también el primer libro que Portabales publica tras solicitar una excedencia en su puesto como funcionaria de la Xunta de Galicia. Hasta entonces, ejercía como subdirectora general en un área de intervención, un cargo con mucha responsabilidad que convivía con su faceta literaria.
La decisión de dejar temporalmente la administración fue, para ella, un paso necesario, incluso arriesgado, pero asumido como un privilegio: poder vivir de la escritura. Entiende la literatura, igual que el servicio público, como una actividad con vocación de servicio a los demás, en este caso a través de las historias que cuenta y de las preguntas que plantea al lector.
Esta nueva etapa profesional coincide con el momento en el que ella misma se siente más segura desde el punto de vista técnico y estilístico. Asegura estar plenamente convencida de que «Asesinato en el molino del cura» es su mejor novela negra hasta la fecha, algo que atribuye a la madurez adquirida libro a libro.
Desde ese lugar de mayor confianza, Portabales reflexiona también sobre cómo se revelan las personas cuando la vida se descoloca. Sostiene que no es solo en los malos momentos cuando se ve quién está al lado, sino sobre todo cuando a alguien le va bien y es realmente feliz; ahí aparece, dice, la verdadera dimensión del amor y del apoyo real.
Con este nuevo caso en Loeiro, la escritora refuerza un territorio literario que mezcla crimen, memoria y crítica social, y demuestra que en un pequeño pueblo costero pueden concentrarse algunos de los conflictos más intensos y universales: la culpa, el silencio, la violencia y la dificultad de mirar de frente al pasado cuando lleva demasiados años oculto.