Alice Kellen presenta El club del olvido, su nueva novela sobre amistad y memoria

  • Nueva novela de Alice Kellen centrada en la amistad masculina y los vínculos de la infancia.
  • La historia gira en torno a cuatro amigos y un local de copas llamado El Club del Olvido.
  • Ambientación principal en 1993 en una ciudad ficticia con ecos de Madrid, mar y nieve.
  • La publicación coincide con el impulso audiovisual de la autora, con adaptaciones al cine y Netflix.

Portada y presentación de El club del olvido

La narrativa romántica en España suma un nuevo capítulo con la llegada de ‘El club del olvido’, la última novela de Alice Kellen, publicada por Planeta. La autora valenciana, una de las voces más leídas del panorama actual, regresa a las librerías apostando por una historia donde la amistad de la infancia y el paso del tiempo se colocan en el centro del relato.

Lejos de limitarse al amor romántico, Kellen propone en esta obra un retrato íntimo de los vínculos que nacen en un barrio humilde, crecen casi sin darnos cuenta y se ponen a prueba en la edad adulta. La novela mira a la nostalgia sin idealizarla por completo, mostrando cómo las heridas, los silencios y las diferencias de clase o de carácter pueden agrietar incluso las relaciones más sólidas.

Una historia coral sobre cuatro amigos, un bar y una noche que lo cambia todo

El corazón de ‘El club del olvido’ late en torno a Samuel, Abel, Max y Tristán, cuatro amigos que se conocen desde niños y que han crecido puerta con puerta en un barrio modesto. Sus vidas han estado entrelazadas desde los cuatro años y, ya rondando la veintena larga, deciden dar un paso conjunto: abrir un local de copas que bautizan precisamente como El Club del Olvido.

Ese bar no es solo un negocio: se convierte en refugio, punto de encuentro y escenario de todas sus contradicciones. La idea de compartir un proyecto común parece, en un principio, la forma perfecta de afianzar la pandilla. Sin embargo, la convivencia diaria detrás de la barra va haciendo aflorar los roces acumulados durante años, las comparaciones silenciosas y las renuncias que cada uno ha ido haciendo sin decir nada.

La noche de la inauguración funciona como detonante narrativo. Cuando Dalia cruza la puerta del local, algo se resquebraja. Ella ha crecido en un entorno más acomodado, con otras referencias y otra forma de estar en el mundo. Kellen la define como una “chica rastreadora”, alguien que disfruta escarbando en la gente hasta llegar al fondo, aunque a veces incomode. Su llegada altera el frágil equilibrio del grupo y hace visibles unas grietas que ya estaban ahí, pero que nadie quería mirar de frente.

A partir de ese momento, el bar se llena de noches largas, cócteles, música, confesiones a medias y discusiones aplazadas durante años. Lo que nació como un sueño compartido se convierte en el escenario donde salen a la luz secretos, viejos rencores y expectativas frustradas. Cada personaje reacciona a Dalia de una manera distinta: en unos despierta ternura, en otros rabia, en otros un deseo de cambiar de vida.

La novela, tal y como la presenta la editorial, se mueve entre la emoción de los primeros amores, la lealtad a los amigos de siempre y la crudeza de aceptar que no todos los caminos avanzan al mismo ritmo. La atmósfera del bar, con su mezcla de brillo nocturno y resaca emocional, actúa casi como un espejo de lo que les está pasando por dentro a los protagonistas.

Un juego entre recuerdo y olvido: el sentido del Club

El propio título es una pieza clave del planteamiento de Kellen. El Club del Olvido nace con una norma no escrita: lo que ocurra dentro se queda allí y, en teoría, debe olvidarse. Sin embargo, esa misma consigna convierte el lugar en algo imposible de borrar. La paradoja es evidente: cuanto más se intenta dejar atrás lo vivido, más se incrusta en la memoria.

La autora ha explicado que ese juego entre recordar y olvidar articula toda la novela. El bar se presenta como un espacio donde los personajes creen poder escapar de sus problemas cotidianos, pero en realidad lo que hacen es concentrarlos en un mismo lugar. La rutina de compartir barra, turnos y madrugadas va intensificando la tensión entre los cuatro amigos hasta que ya no es posible seguir mirando hacia otro lado.

La obra se detiene en aquellos momentos que el tiempo tiende a embellecer: días que ahora recordamos con una sonrisa, aunque en su momento no fueran tan idílicos. Kellen trabaja precisamente con esa memoria selectiva, con esa forma que tenemos de quedarnos con ciertos destellos felices y dejar en penumbra lo que dolió. El club, como escenario, condensa esa dualidad: es a la vez refugio y recordatorio constante de lo que cada uno hubiese preferido enterrar.

En palabras de la propia autora, es una novela sobre “las cosas que dejamos atrás y las que siguen con nosotros”, incluso cuando creemos que ya hemos pasado página. La consigna de que todo debe olvidarse acaba, irónicamente, convirtiendo cada experiencia en algo imborrable para quienes la han vivido entre esas paredes.

Esta dinámica se sostiene en una mirada muy pegada a lo emocional pero sin caer en el sentimentalismo fácil. Los silencios, los gestos mínimos y las conversaciones truncadas pesan tanto como las grandes declaraciones, y el lector se ve arrastrado a completar las zonas de sombra a partir de su propia experiencia.

Amistad masculina, silencios y grietas que llegan desde la infancia

Uno de los aspectos más llamativos del libro es su enfoque sobre la amistad masculina, un terreno que la autora no había explorado con tanto protagonismo en trabajos anteriores. Kellen se basa en lo que ha observado en su entorno para retratar una forma de relacionarse donde la confianza existe, pero muchas veces no se verbaliza.

La escritora ha señalado que, en general, percibe más silencios y menos conversación íntima entre amigos hombres que entre mujeres, lo que no significa que sus vínculos sean superficiales. Para ellos, insiste, la profundidad está, solo que se expresa de manera menos explícita, “por debajo de la superficie”. Esa capa subterránea es la que trata de captar en la novela, mostrando cómo los protagonistas dan por hecho que están unidos para siempre pero sin hablar de lo que realmente les preocupa.

El libro plantea preguntas muy reconocibles para cualquier lector: ¿qué pasa con las amistades que heredamos del barrio o del colegio, antes de saber quiénes somos? Esas relaciones se crean cuando aún no hay una identidad definida, ni gustos claros, ni un proyecto de vida decidido. Con el paso de los años, la realidad cambia: los caminos se separan, los estudios o el trabajo llevan a lugares distintos y la vida adulta obliga a tomar decisiones que no siempre encajan con lo que el resto del grupo espera.

Según cuenta la propia Kellen, le interesaba especialmente el contraste entre las amistades que se alimentan del pasado y las que miran hacia el futuro. Las primeras se sostienen en anécdotas, recuerdos compartidos y un afecto profundo pero anclado a lo que ya fue; las segundas se construyen desde una elección consciente en la edad adulta, proyectando planes y conversaciones por venir. El Club del Olvido se sitúa justo en ese punto de fricción entre lo que se quiere conservar por cariño y lo que quizá ya no encaja con la persona en la que uno se ha convertido.

A través de Samuel, Abel, Max y Tristán, la novela subraya lo complicado que puede resultar romper con amistades de toda la vida, aunque la conversación se haya quedado pequeña y apenas queden temas en común. El poso de afecto, las experiencias compartidas y esa sensación de familia elegida hacen que soltar sea difícil, incluso cuando se intuye que el vínculo ya no sostiene al presente, sino solo a los recuerdos.

Una ciudad inventada con ecos de Madrid, mar y nieve

La historia está ambientada en buena parte en 1993, aunque la estructura y el tono tienen un aire contemporáneo. El relato alterna entre esa primavera de juventud, donde todo parece por estrenar, y un presente en el que los personajes ya han superado la cincuentena. El lector asiste así al contraste entre lo que soñaban ser y lo que han llegado a ser realmente.

Un rasgo distintivo de la novela es la elección del escenario. Kellen dudó en situar la acción en Madrid o en Barcelona; necesitaba una ciudad con mar, pero la imagen mental que tenía se parecía mucho a la capital. Su solución fue apostar por una ciudad ficticia que toma prestados elementos de distintos lugares, especialmente de barrios madrileños con un fuerte carácter popular.

La autora ha mencionado que se inspiró en zonas como Vallecas para construir el barrio de los protagonistas, pero se permitió licencias como añadir mar y hasta nieve, creando un paisaje híbrido que no existe tal cual en el mapa. Esa mezcla permite que el lector proyecte sus propias referencias urbanas, reconociendo guiños a entornos conocidos sin que la historia quede atada a una ciudad concreta.

La intención, según ha explicado, es que cada persona “imagine lo que quiera” cuando piensa en esa ciudad. De este modo, el escenario adopta un carácter más universal y se convierte en un lienzo sobre el que cualquiera puede situar sus propios recuerdos de juventud: el bar del barrio, las plazas donde se pasaba la tarde, los portales donde se quedaba sin mirar el reloj.

Este juego espacial encaja con la voluntad de la autora de explorar cómo influyen el origen social, el barrio y las oportunidades en la trayectoria de cada personaje. La diferencia entre quienes han tenido que pelear cada paso y quienes han crecido con más recursos aparece de fondo en varias escenas, marcando las decisiones laborales, emocionales y vitales de los protagonistas.

Dos tiempos, mucha nostalgia y una banda sonora muy presente

La novela reparte su peso entre dos etapas clave: la juventud de los 90 y un presente en el que los personajes miran atrás. Esta estructura permite ver no solo lo que ocurrió, sino también cómo lo recuerdan décadas después, cuando ya tienen más perspectiva pero también más cuentas pendientes consigo mismos.

La primavera de 1993, en ese barrio cercano al mar inventado, está marcada por una forma de relacionarse previa a los móviles, las redes sociales y la conexión permanente. Los amigos se presentan sin avisar en casa del otro, se quedan a cualquier hora y pierden el contacto de verdad cuando la vida les separa, sin la posibilidad de seguirse por todas partes. Para Kellen, ese contexto genera posibilidades literarias distintas: los malentendidos duran más, las desapariciones son más contundentes y las distancias se sienten de otra manera.

En cambio, el presente que retrata la novela refleja un mundo donde resulta casi raro no estar localizable o no usar ciertas tecnologías. La autora reconoce que, a la hora de escribir, le resulta más atractivo narrar épocas con menos ruido digital, porque la intimidad entre personajes se forja en otros códigos y el silencio no se rompe tan fácilmente con un mensaje.

Otro elemento importante es la música. El libro incorpora referencias muy claras al universo musical italiano de los años setenta, especialmente a canciones de Riccardo Cocciante, a quien Kellen descubrió en un concierto en Milán. La autora ha contado que pasó meses escuchando temas italianos en bucle y quiso que esa banda sonora impregnara el ambiente del club y de algunos momentos clave de la trama.

Además, la edición de Planeta incluye un código QR con una playlist pensada como complemento emocional de la lectura. La música se convierte así en un personaje más, acompañando las escenas de baile, las confidencias de madrugada y los recuerdos que los protagonistas arrastran hasta el presente. Para muchos lectores, esa combinación de texto y canciones refuerza la sensación de estar habitando el mismo universo que los personajes.

Alice Kellen, entre el fenómeno editorial y el salto al audiovisual

Detrás del nombre artístico de Alice Kellen se encuentra Silvia Hervás, nacida en Valencia en 1989. Empezó autopublicando sus novelas en plataformas digitales mientras trabajaba en marketing y firmaba con un seudónimo que funcionaba casi como refugio, sin que su entorno más cercano supiera que escribía. El pseudónimo surgió mezclando referencias a Alicia en el país de las maravillas y a la autora Marian Keyes, muy presente en sus lecturas de adolescencia.

Con el paso de los años, se ha consolidado como una de las autoras de romance contemporáneo más leídas en lengua española, con una trayectoria que suma ya dieciséis novelas publicadas, más de tres millones de lectores y traducciones a numerosos idiomas. Títulos como Nosotros en la luna, El mapa de los anhelos, La teoría de los archipiélagos, Donde todo brilla, Quedará el amor o Sigue lloviendo han reforzado su presencia tanto en España como en Latinoamérica.

El año de publicación de ‘El club del olvido’ llega cargado de adaptaciones audiovisuales que amplían su universo más allá del papel. En junio está previsto el estreno en cines de la película basada en Todo lo que nunca fuimos, con Maxi Iglesias y Margarida Corceiro como protagonistas de una historia marcada por el duelo y la reconstrucción personal. Poco después, Netflix lanzará la miniserie de El mapa de los anhelos, con Alicia Falcó y Pablo Álvarez al frente del reparto.

Kellen asegura vivir este salto con curiosidad y cierta distancia, asumiendo que el lenguaje de la pantalla tiene sus propias reglas. Insiste en la importancia de ser generosa con los equipos que adaptan sus historias, reconociendo que hay escenas que funcionan mejor en un libro que en una película, y al revés. Para ella, el reto consiste en aceptar que sus personajes serán reinterpretados sin perder la esencia emocional que los define.

Al mismo tiempo, la autora continúa cuidando el vínculo directo con sus lectores a través de presentaciones, firmas y encuentros masivos en ferias del libro y teatros. Muchos de quienes la leen desde hace años han crecido con sus novelas y ahora se acercan también a propuestas como El club del olvido, donde el foco se desplaza de la pareja al grupo de amigos y a las huellas que deja el tiempo.

En conjunto, la publicación de ‘El club del olvido’ se presenta como un paso más en la evolución de Alice Kellen, que aborda una historia coral sobre amistades masculinas, barrios modestos y decisiones aplazadas sin abandonar su sello de prosa emocional y cercana. Entre un bar de copas convertido en refugio, una ciudad inventada con ecos reconocibles y una banda sonora nostálgica, la novela se suma a un momento clave en la carrera de la autora, marcado por su expansión hacia el cine y la televisión y por una base de lectores que sigue ampliándose a ambos lados del Atlántico.

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