Vapor de azufre en un vaso de bourbon

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Harry Angel, eficaz a la par que cínico detective privado neoyorquino sin demasiadas aspiraciones en la vida, recibe el extraño encargo de averiguar qué ha sido de la olvidada estrella del jazz Jonnhy Favorite. A Favorite se le suponía pasando sus días como apacible vegetal en el hospital para veteranos de New Hampshire, sin embargo parece haberse esfumado sin dejar rastro.

Angel seguirá su pista en una búsqueda de reminiscencias edípicas a través de los oscuros locales donde los bluesmen desgranan su lamento vudú, de gabinetes de adivinas que saben más que lo leído en las cartas y de misas negras entrevistas a la luz de las antorchas. Es un descenso a las catacumbas en las que habitan los acólitos del mal.

El ángel caído es una obra absorbente e insólita. Si los libros pudiesen copular y reproducirse, este sería el hijo de una novela negra de las canónicas y una novela de terror, pongamos que de Dennis Wheatley por ejemplo. William Hjortsberg narra la historia en primera persona con tiento y un estilo no exento de ocasionales fogonazos líricos, y construye la trama con meticulosidad de relojero suizo.

En 1987 El ángel caído fue traducida a fotogramas, con algunas licencias, por Alan Parker. Mickey Rourke prestó su cara a Harry Angel y Robert de Niro se metió magistralmente en la piel del inquietante Louis Cyphre. El resultado: una película tan digna de culto como la novela. 


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