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	<title>Actualidad Literatura &#187; Silvina Ocampo</title>
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	<description>El blog de literatura para todos aquellos que les gusta leer entre líneas</description>
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		<title>El vestido verde aceituna</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Apr 2009 13:38:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belen</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id=HOTWordsTxt name=HOTWordsTxt><p>Los recorridos académicos que una estudiante de Letras como yo debe (y quiere, vámos&#8230;) hacer, a veces conducen a sitios que uno había dejado relegados al olvido, no por gusto, sino porque el aplastante cúmulo de historias a veces no nos deja ni respirar. Sin querer resultar solemne, es que quiero compartir con ustedes un cuento, un muy bello cuento de una de mis escritoras preferidas, <strong>Silvina Ocampo</strong>, que por motivo de una materia tuve que volver a leer (después de mucho&#8230;). Quizá no sea sitio, quizá no esté diciendo nada, pero quien escribe lo hace para ser leído, y la mejor manera de que el arte cobre sentido, es cerrando el ciclo. Espero que, como yo, lo disfruten mucho.</p>
<p><strong>El vestido verde aceituna</strong></p>
<p>Las vidrieras venían a su encuentro. Había salido nada más que para hacer compras esa mañana. Miss Hilton se sonrojaba fácilmente, tenía una piel transparente de papel manteca, como los paquetes en los cuales se ve todo lo<br />
que viene envuelto; pero dentro de esas transparencias había capas delgadísimas de misterio, detrás de las ramificaciones de venas que crecían como un arbolito sobre su frente. No tenía ninguna edad y uno creía sorprender<br />
en ella un gesto de infancia, justo en el momento en que se acentuaban las arrugas más profundas de la cara y la blancura de las trenzas. Otras veces uno creía sorprender en ella una lisura de muchacha joven y un pelo muy rubio, justo en el momento en que se acentuaban los gestos intermitentes de la vejez. Había viajado por todo el mundo en un barco de carga, envuelta en marineros y humo negro. Conocía América y casi todo el Oriente. Soñaba siempre volver a Ceilán. Allí había conocido a un indio que vivía en un jardín rodeado de serpientes. Miss Hilton se bañaba con un traje de baño largo y grande como un globo a la luz de la luna, en un mar tibio donde uno buscaba el agua indefinidamente, sin encontrarla, porque era de la misma temperatura que el aire. Se había comprado un sombrero ancho de paja con un pavo real pintado encima, que llovía alas en ondas sobre su cara pensativa. Le habían regalado<br />
piedras y pulseras, le habían regalado chales y serpientes embalsamadas, pájaros apolillados que guardaba en un baúl, en la casa de pensión. Toda su vida estaba encerrada en aquel baúl, toda su vida estaba consagrada a juntar<br />
modestas curiosidades a lo largo de sus viajes, para después, en un gesto de intimidad suprema que la acercaba súbitamente a los seres, abrir el baúl y mostrar uno por uno sus recuerdos. Entonces volvía a bañarse en las playas<br />
tibias de Ceilán, volvía a viajar por la China, donde un chino amenazó matarla si no se casaba con él. Volvía a viajar por España, donde se desmayaba en las corridas de toros, debajo de las alas de pavo real del sombrero que temblaba<br />
anunciándole de antemano, como un termómetro, su desmayo. Volvía a viajar por Italia. En Venecia iba de dama de compañía de una argentina. Había dormido en un cuarto debajo de un cielo pintado donde descansaba sobre una parva de pasto una pastora vestida de color rosa con una hoz en la mano. Había visitado todos los museos. Le gustaban más que los canales las calles angostas, de cementerio, de Venecia, donde sus piernas corrían y no se dormían como en las góndolas. Se encontró en la mercería El Ancla, comprando alfileres y horquillas para<br />
sostener sus finas y largas trenzas enroscadas alrededor de la cabeza. Las vidrieras de las mercerías le gustaban por un cierto aire comestible que tienen las hileras de botones acaramelados, los costureros en forma de bomboneras y<br />
las puntillas de papel. Las horquillas tenían que ser doradas. Su última discípula, que tenía el capricho de los peinados, le había rogado que se dejase peinar un día que, convaleciente de un resfrío, no la dejaban salir a caminar. Miss Hilton<br />
había accedido porque no había nadie en la casa: se había dejado peinar por las manos de catorce años de su discípula, y desde ese día había adoptado ese peinado de trenzas que le hacía, vista de adelante y con sus propios ojos, una<br />
cabeza griega; pero, vista de espalda y con los ojos de los demás, un barullo de pelos sueltos que llovían sobre la nuca arrugada. Desde aquel día, varios pintores la habían mirado con insistencia y uno de ellos le había pedido permiso<br />
para hacerle un retrato, por su extraordinario parecido con Miss Edith Cavell. Los días que iba a posarle al pintor, Miss Hilton se vestía con un traje de terciopelo verde aceituna, que era espeso como el tapizado de un reclinatorio<br />
antiguo. El estudio del pintor era brumoso de humo, pero el sombrero de paja de Miss Hilton la llevaba a regiones infinitas del sol, cerca de los alrededores de Bombay.<br />
En las paredes colgaban cuadros de mujeres desnudas, pero a ella le gustaban los paisajes con puestas de sol, y una tarde llevó a su discípula para mostrarle un cuadro donde se veía un rebaño de ovejas debajo de un árbol dorado en el atardecer. Miss Hilton buscaba desesperadamente el paisaje, mientras estaban las dos solas esperando al pintor. No había ningún paisaje: todos los cuadros se habían convertido en mujeres desnudas, y el hermoso peinado con trenzas lo tenía una mujer desnuda en un cuadro recién hecho sobre un caballete. Delante de su discípula, Miss Hilton posó ese día más tiesa que nunca, contra la ventana, envuelta en su vestido de terciopelo.<br />
A la mañana siguiente, cuando fue a la casa de su discípula, no había nadie; sobre la mesa del cuarto de estudio, la esperaba un sobre con el dinero de medio mes, que le debían, con una tarjetita que decía en grandes letras de</p>
<p>indignación, escritas por la dueña de casa: &#8220;No queremos maestras que tengan tan poco pudor&#8221;. Miss Hilton no entendió bien el sentido de la frase; la palabra pudor le nadaba en su cabeza vestida de terciopelo verde aceituna. Sintió crecer en ella una mujer fácilmente fatal, y se fue de la casa con la cara abrasada, como si acabara de jugar un partido de tenis.<br />
Al abrir la cartera para pagar las horquillas, se encontró con la tarjeta insultante que se asomaba todavía por entre los papeles, y la miró furtivamente como si se hubiera tratado de una fotografía pornográfica.</p>
</div>
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		<title>Silvina Ocampo y uno de sus cuentos</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Feb 2009 14:04:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belen</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Paseándome por el sitio Taringa, en donde el ecléctico caracter de sus posteos puede regalarle a uno un artículo sobre psicología para perros, junto a otro sobre la filosofía heideggeriana, me topé con un post que realmente me alegró, así como también me sorprendió en mi ignorancia. Silvina Ocampo se mereció un post, en donde [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id=HOTWordsTxt name=HOTWordsTxt><p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-1397  aligncenter" title="silv" src="http://img.actualidadliteratura.com/wp-content/uploads/2009/02/silv.bmp" alt="silv Silvina Ocampo y uno de sus cuentos"  /></p>
<p>Paseándome por el sitio <a href="http://www.taringa.net">Taringa</a>, en donde el ecléctico caracter de sus posteos puede regalarle a uno un artículo sobre psicología para perros, junto a otro sobre la filosofía heideggeriana, me topé con un post que realmente me alegró, así como también me sorprendió en mi ignorancia.</p>
<p>Silvina Ocampo se mereció un post, en donde se publicó un cuento que yo no había leído, y que me agradó hallar. Gustaría de compartirlo con ustedes, junto a una reseña que el mismo Borges escribió sobre la escritora.</p>
<p><em>&#8220;Como el Dios del primer versículo de la Biblia, cada escritor crea un mundo. Esa creación, a diferencia de la divina, no es ex nibilo; surge de la memoria, del olvido que es parte de la memoria, de la literatura anterior, de los hábitos de un lenguaje y, esencialmente, de la imaginación y de la pasión. [...] Silvina Ocampo nos propone una realidad en la que conviven lo quimérico y lo casero, la crueldad minuciosa de los niños y la recatada ternura, la hamaca paraguaya de una quinta y la mitología. [...] Le importan los colores, los matices, las formas, lo convexo, lo cóncavo, los metales, lo áspero, lo pulido, lo opaco, lo traslúcido, las piedras, las plantas, los animales, el sabor peculiar de cada hora y de cada estación, la música, la no menos misteriosa poesía y el peso de las almas, de que habla Hugo. De las palabras que podrían definirla, la más precisa, creo, es genial.&#8221;</em></p>
<p>Jorge Luis Borges</p>
<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-1396  aligncenter" title="silvina3" src="http://img.actualidadliteratura.com/wp-content/uploads/2009/02/silvina3.jpg" alt="silvina3 Silvina Ocampo y uno de sus cuentos" width="200" height="200" /></p>
<p><strong>Él para otra</strong> &#8211; Silvina Ocampo</p>
<p>Esperaba verlo pero no inmediatamente, porque hubiera sido demasiado grande mi perturbación. Siempre postergaba nuestro encuentro, por algún motivo que él entendía o no. Un simple pretexto para no verlo o para verlo otro día. Y así pasaron los años, sin que el tiempo se hiciera sentir, salvo en la piel de la cara, en la forma de las rodillas, del cuello, del mentón, de las piernas, en la inflexión de la voz, en el modo de caminar, de escuchar, de colocar una mano en la mejilla, de repetir una frase, en el énfasis, en la impaciencia, en lo que nadie se fija, en el talón que aumenta de volumen, en las comisuras de los labios, en el iris de los ojos, en las pupilas, en los brazos, en la oreja escondida detrás del pelo, en el pelo, en las uñas, en el codo, ¡ay, en el codo!, en la manera de decir ¿qué tal? o realmente o puede ser o ¿a qué horas? o no le conozco. No, Brahms no, Beethoven, bueno, algunos libros. El silencio, que era más importante que la presencia, tejía sus intrigas.</p>
<p>Ningún encuentro, que no fuera totalmente absurdo, se producía: un montón de paquetes me cubría y él, comiendo pan y empuñando una botella de vino y una de Coca-cola, pretendía estrecharme la mano. Invariablemente alguien tropezaba y el adiós resultaba anterior al ¿qué tal?. El teléfono llamaba, equivocado siempre, pero la respiración de alguien correspondía exactamente a su respiración, y surgían entonces, en la oscuridad del cuarto, los ojos de él, en el color aparecía el timbre de aquella voz sin fondo, una voz que la comunicaba con el desierto o con algunas ramificaciones de un río que corre entre las piedras sin llegar jamás a su desembocadura, un río cuyo nacimiento, en las más altas montañas, atraía a los pumas o a los fotógrafos que venían de muy lejos a ver esas maravillas. Me agradaba ver a personas parecidas a él. Algunas que tenían mirada casi idéntica, si entrecerraban los ojos; o un modo de cerrar totalmente los párpados, como si algo doliera.</p>
<p>Me agradaba también hablar con personas que solían hablar con él o que lo conocían mucho o que irían a verlo en esos días. Pero ya el tiempo corría, como un tren que tiene que llegar a destino, cuando el guarda golpea la puerta del pasajero que está durmiendo o anuncia la estación próxima, el término del viaje. Teníamos que encontrarnos. Tan acostumbrados a no vernos estábamos que no nos vimos. Aunque no estoy segura de no haberlo visto, siquiera por la ventana. En aquella luz tenebrosa de la tarde, sentí que algo me faltaba.</p>
<p>Pasé frente a un espejo y me busqué. No vi dentro del espejo sino el armario del cuarto y la estatua de una Diana Cazadora que jamás había visto en ese lugar. Era un espejo que fingía ser un espejo, como yo inútilmente fingía ser yo misma.</p>
<p>Entonces sintió miedo de que se abriera la puerta y que él apareciera en cualquier momento y que terminaran las postergaciones que mantenían vivo su amor. Se echó al suelo sobre la rosa de una alfombra y esperó, esperó a que dejara de sonar el timbre de la puerta de la calle, esperó, esperó y esperó. Esperó que se fuera la última luz del día, entonces abrió la puerta y entró el que no esperaba. Se tomaron de la mano. Se echaron sobre la rosa de la alfombra, rodaron como una rueda, unidos por otro deseo, por otros brazos, por otros ojos, por otros suspiros. Fue en ese momento cuando la alfombra empezó a volar silenciosamente sobre la ciudad, de calle en calle, de barrio en barrio, de plaza en plaza, hasta que llegó a los confines del horizonte, donde empezaba el río, en una playa árida, donde crecían las totoras y volaban las cigüeñas. Amaneció lentamente, tan lentamente que no advirtieron el día ni la falta de noche, ni la falta de amor, ni la falta de todo por lo que habían vivido esperando ese momento. Se perdieron en la imaginación de un olvido -él para otra, para otro ella- y se reconciliaron.</p>
</div>
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		<title>El amor de Alejandra</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Dec 2008 21:46:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belen</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id=HOTWordsTxt name=HOTWordsTxt><p style="text-align: center;"><a href="http://img.actualidadliteratura.com/wp-content/uploads/2008/12/pizar-nik1.jpg"><img class="size-full wp-image-1172 aligncenter" title="pizar-nik1" src="http://img.actualidadliteratura.com/wp-content/uploads/2008/12/pizar-nik1.jpg" alt="pizar nik1 El amor de Alejandra" width="200" height="294" /></a></p>
<p>Una figura cuya poesía ha superado tanto a la palabra como al silencio. Una mujer que ha hecho carne en sí al verbo, buscando comprender algo que siempre estuvo por sobre todo. El silencio y la palabra, en una poeta que ha sido pura pasión, hasta el descenso. Una mujer que quiso, tan sólo, <em>llegar hasta el fondo</em>. Cada acción, cada oración, cada palabra, en <strong>Alejandra Pizarnik</strong> buscaba un sentido que le era propio, aunque superior a lo ínfimo, a lo terrenal que se planteaba como fórmula para algo que nunca parecía ser complemento, sino tan sólo un resto para lo esencial.<strong> La poesía como esencia de la vida</strong>. <strong>La poesía como Vida.</strong></p>
<p>Y entre todas sus pasiones, Alejandra cruzó su amor con el de <strong>Silvina Ocampo</strong>. Alejandra amó a Silvina como a nadie. Muchos podrán juzgar de lésbica la relación. Yo sólo la considero pura, mucho más elevada que lo que las fronteras de la definición sexual puede determinar. Alejandra siempre estuvo más allá. Y como huella de esa pasión es que dejo ésta carta, escrita en 1972, dirigida a la entonces ya mujer de Bioy Casares. Espero la disfruten tanto como yo cada vez que vuelvo a leerla.</p>
<p>&#8220;B.A.               31/1/72<br />
Ma très chère,<br />
Tristísimo día en que te telefoneé para no escuchar sino voces espúreas, indignas, originarias de criaturas que los hacedores de golems hacían frente a los espejos (cf. von Arnim).<br />
Pero vos, mi amor, no me desmemories. Vos sabés cuánto y sobre todo sufro. Acaso las dos sepamos que te estoy buscando. Sea como fuere, aquí hay un bosque musical para dos niñas fieles: S. y A.<br />
Escribime, la muy querida. Necesito de la bella certidumbre de tu estar aquí, ici-bas pourtant [aquí abajo, sin embargo]. Yo traduzco sin ganas, mi asma es impresionante (para festejarme descubrí que a Martha le molesta el ruido de mi respiración de enferma) ¿Por qué, Silvina adorada, cualquier mierda respira bien y yo me quedo encerrada y soy Fedra y soy Ana Frank?<br />
El sábado, en Bécquar, corrí en moto y choqué. Me duele todo (no me dolería si me tocaras –y esto no es una frase zalamera). Como no quise alarmar a los de la casa, nada dije. Me eché al sol. Me desmayé pero por suerte nadie lo supo. Me gusta contarte estas gansadas porque sólo vos me las escuchás. ¿Y tu libro? El mío acaba de salir. Formato precioso. Te lo envío a Posadas 1650, quien, por ser amante de Quintana, se lo transmitirá entre ascogencia y escogencia.<br />
Te (les) envié aussi un cuaderniyo venezol-ano con un no sé qué de degutante [desagradable] (como dicen Ellos). Pero que te editen en 15 días (&#8230;) Mais oui, je suis une chienne dans le bois, je suis avide de jouir (mais jusqu’au péril extrême) [Pero sí, soy una perra en el bosque, ávida de gozar (pero hasta el peligro extremo)]. Oh Sylvette, si estuvieras. Claro es que te besaría una mano y lloraría, pero sos mi paraíso perdido. Vuelto a encontrar y perdido. Al carajo los greco-romanos. Yo adoro tu cara. Y tus piernas y, surtout (bis 10) tus manos que llevan a la casa del recuerdo-sueños, urdida en un más allá del pasado verdadero.<br />
Silvine, mi vida (en el sentido literal) le escribí a Adolfito para que nuestra amistad no se duerma. Me atreví a rogarle que te bese (poco: 5 o 6 veces) de mi parte y creo que se dio cuenta de que te amo SIN FONDO. A él lo amo pero es distinto, vos sabés ¿no? Además lo admiro y es tan dulce y aristocrático y simple. Pero no es vos, mon cher amour. Te dejo: me muero de fiebre y tengo frío. Quisiera que estuvieras desnuda, a mi lado, leyendo tus poemas en voz viva. Sylvette mon amour, pronto te escribiré. Sylv., yo sé lo que es esta carta. Pero te tengo confianza mística. Además la muerte tan cercana a mí (tan lozana!) me oprime. (&#8230;) Sylvette, no es una calentura, es un re-conocimiento infinito de que sos maravillosa, genial y adorable. Haceme un lugarcito en vos, no te molestaré. Pero te quiero, oh no imaginás cómo me estremezco al recordar tus manos que jamás volveré a tocar si no te complace puesto que ya lo ves lo sexual es un &#8220;tercero&#8221; por añadidura. En fin, no sigo. Les mando los 2 librejos de poemúnculos meos –cosa seria. Te beso como yo sé i a la rusa (con variantes francesas y de Córcega).<br />
O no te beso sino que te saludo, según tus gustos, como quieras.<br />
Me someto. Siempre dije no para un día decir mejor sí.<br />
Ojo: esta carta tu peut t’en foutgre et me répondre à propos des [podés meterte esta carta en el culo y contestarme acerca de] hormigas culonas.<br />
Sylvette, tu es la seule, l’unique. Mais ça il faut le dire: Jamais tu ne rencontreras quelqu’un comme moi –Et tu le sais (tout) (Et maintenant je pleure.<br />
[Sylvette, sos la sola, sos la única. Pero es necesario decirlo: nunca encontrarás a nadie como yo. Y eso lo sabés (todo). Y ahora estoy llorando]<br />
Silvina curame, ayudame, no es posible ser tamaña supliciada-)<br />
Silvina, curame, no hagas que tenga que morir ya.&#8221;</p>
</div>
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		<title>Los Ocampo, una familia &#8220;amiga del Arte&#8221;</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Dec 2008 13:44:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belen</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id=HOTWordsTxt name=HOTWordsTxt><p><strong>Manuel Ocampo y Ocampo</strong>, y <strong>Ramona Aguirre Herrera</strong>, dos figuras reconocidas de la <strong>aristocracia argentina</strong>, ya provenientes de los más pasados orígenes, y mejor posicionados económicamente, se casaron y tuvieron cinco hijas: Victoria, Angélica, Pacha, Rosa y Silvina.</p>
<div id="attachment_1157" class="wp-caption aligncenter" style="width: 210px"><a href="http://img.actualidadliteratura.com/wp-content/uploads/2008/12/silvinaocampo.jpg"><img class="size-full wp-image-1157 " title="silvinaocampo" src="http://img.actualidadliteratura.com/wp-content/uploads/2008/12/silvinaocampo.jpg" alt="silvinaocampo Los Ocampo, una familia amiga del Arte" width="200" height="229" /></a><p class="wp-caption-text">Silvina Ocampo</p></div>
<p>De estas cinco hermanas, dos fueron las que más se destacaron en el ambiente literario. La conocidísima escritora, <strong>Silvina Ocampo</strong> (que de hecho es una de mis preferidas), nació el 23 de Julio de 1903, y falleció el 14 de Diciembre de 1994. Fue autora de varios libros de cuentos, entre ellos “<em>Informe del cielo y del infierno</em>”, “<em>Los días de la noche</em>”, y “<em>Las invitadas</em>”, entre muchos otros. También se destacó como poeta, y publicó diversos libros, así como traductora también de toca clase de textos. Formó parte de lo que en aquella época, en Argentina, era el auge de literatos, vanguardistas o no, pero que sin duda alguna alimentaban exquisitamente las letras nacionales, e internacionales también. Fue mujer de <strong>Adolfo Bioy Casares</strong>, acérrimo amigo de <strong>Borges</strong>. De ésta amistad, Silvina sacó sólo cenas en donde no siempre podía participar de las conversaciones. La belleza y juventud de Bioy, en relación a la diferencia de edad que se llevaban (ella lo superaba por 11 años), generaba en Silvina la mayor de las inseguridades, alimentada también por el carácter parrandero de su marido. Una divertida anécdota que jamás olvidaré se relaciona con esto, ya que Adolfo salía por las noches, siempre hasta muy tarde, y Silvina lo esperaba despierta, pero sin querer que él se entere, colocaba una silla junto a la puerta, para así escuchar su llegada, y poder correr bajo las sábanas antes de que él la descubriera.</p>
<p>Lo cierto es que, pese a que el padre de Bioy no la quisiera a Silvina, a causa de sus particulares amistades (no hay que olvidarse del <strong>hondo amor que había entre Alejandra Pizarnik y Silvina Ocampo</strong>, que será material para un futuro artículo), la pareja se amaba con la profundidad de un amor puro y verdadero. Gracias a ello, hubo también interesantes colaboraciones, entre las cuales se destaca, como novela acabada y escrita sólo por ambos dos, “<em>Los que aman odian</em>”, de 1946.</p>
<div id="attachment_1158" class="wp-caption aligncenter" style="width: 252px"><a href="http://img.actualidadliteratura.com/wp-content/uploads/2008/12/victoriaocampo_pop.gif"><img class="size-full wp-image-1158 " title="victoriaocampo_pop" src="http://img.actualidadliteratura.com/wp-content/uploads/2008/12/victoriaocampo_pop.gif" alt="victoriaocampo pop Los Ocampo, una familia amiga del Arte" width="242" height="345" /></a><p class="wp-caption-text">Victoria Ocampo</p></div>
<p>La otra figura, dentro de la familia Ocampo, que en la rama del Arte se destacó, es la archi conocida <strong>Victoria</strong>, que jugó principalmente el papel de mediadora, de generadora de contactos, de amistades, aparte de haber escrito también bastante. Siempre me llamó la atención de éste personaje, la increíble capacidad de alcance de figuras tan dispares, y a la vez tan inmensas dentro de la historia mundial. Mantuvo contacto con Miró, cuando éste recién comenzaba; conoció a Lacan, también en sus inicios; se relacionó con Einsenstein, durante su estadía en México; así como también fue visitada repetidas veces por Saint-Exupery en la Villa Ocampo, donde vivía.</p>
<div id="attachment_1159" class="wp-caption aligncenter" style="width: 221px"><a href="http://img.actualidadliteratura.com/wp-content/uploads/2008/12/423px-revistasur.jpg"><img class="size-medium wp-image-1159 " title="423px-revistasur" src="http://img.actualidadliteratura.com/wp-content/uploads/2008/12/423px-revistasur-211x300.jpg" alt="423px revistasur 211x300 Los Ocampo, una familia amiga del Arte" width="211" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Portada Revista Sur</p></div>
<p>Formó parte de la asociación “<strong>Amigos del Arte</strong>”, en Buenos Aires, cuyo objetivo principal era dar lugar a los artistas a que pudieran exponer y dar a conocer sus trabajos. Pero uno de sus más grandes logros, según mi consideración, es haber fundado en 1931 la revista <strong>Sur</strong>, y luego, dos años más tarde, la creación de la editorial con el mismo nombre. Ésta publicación fue decisiva para la conformación del pensamiento y enriquecimiento literario del país, entre 1930 y 1970, ya que dio lugar a que la gente pudiera acceder a escritores de difícil acceso, así como luego se ocupó de publicar libros tanto de Borges, como de Camus, Sábato, Bioy Casares, Lorca, Gabriela Mistral, entre muchos otros.</p>
<div class="mceTemp">Indudable es el hecho de que el apellido Ocampo lleva la impronta del dinero y del talento artístico dentro del país. Gracias a éstos dos personajes es que gran parte de la literatura argentina ha llegado a ser lo que es.</div>
</div>
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