Soñando despiertos

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Considerada como una de las obras más originales de Shakespeare, El sueño de una noche de verano integra muchos elementos distintos, aunque básicamente su argumento se centra en un cuadrado amoroso, complicado todavía más por la interferencia mágica del mundo de las hadas.

Al abrirse el telón transcurren días alegres para Atenas, su duque se va a casar con la reina de las amazonas. Pero a cuatro de sus súbditos las celebraciones les traen al pairo. Hermia, Demetrio, Lisardo y Helena tienen sus propios problemas sentimentales. Demetrio quiere casarse con Hermia y cuenta con el permiso del padre pero no con el de la hija, quien está enamorada de Lisardo, por quien es correspondida, pero que no tiene la aprobación paterna. Helena, a su vez, quiere a Demetrio, pero a ella no la quiere nadie. Cosas de la vida.

No obstante, Helena va a tener suerte, sus cuitas apiadan a un casual testigo: Oberón, monarca de las hadas y los duendes, quien aun inmerso en su propia trifulca conyugal intentará arreglarle el problema mediante un filtro amoroso. Por desgracia, en lo que nos parece una clara negligencia, deja el asunto en manos de un torpe trasgo burlón y a partir de ahí la madeja se va liando poco a poco, en un singular baile de afectos.

Es habitual que a esta obra de Shakespeare se le ponga el marbete de “comedia romántica”, sin embargo la manera tratar aquí el enamoramiento parece en el fondo un poco desencantada. En El sueño de una noche de verano los amores naturales son tan reales y válidos como los provocados por los filtros e igual de azarosos. La idea subyacente parece consistir en que el amor es ajeno a la razón, y completamente aleatorio, no en vano Cupido es el dios de los ojos vendados, tanto como para que la mismísima reina de hadas corteje a un auténtico/falso burro. Aunque todo esto tampoco quiere decir que haya una degradación del amor en sí mismo.

Los personajes que concurren ante el espectador (o ante el lector) son numerosos. Está el cuarteto ya mencionado, del cual Helena es el que tiene mayor entidad, resultando entrañable, humana y muy verosímil. Aparte de ellos, intervienen el duque, su prometida y los artesanos que intentan agasajarlos con una obra de teatro, sobre los cuales recae la mayor parte de la carga humorística, que alcanza momentos de gran comicidad. Por último estarían los personajes pertenecientes al mundo de las hadas.

Shakespeare juega con esos dos planos: el natural de los humanos y el sobrenatural e invisible de hadas y duendes, planos que mantiene separados aunque permeables, de tal manera que al día siguiente parte de la acción parecerá a los personajes haber transcurrido durante un sueño. Esa duda entre el sueño y la realidad se extiende finalmente al espectador: el duende Robín, en una interpelación a los espectadores genial por su intención y su efecto, asimila la propia representación teatral al sueño de una noche de verano.

Su temática y todo este juego escénico hace que la obra resulte muy atractiva tanto para los espectadores como para las propias compañías teatrales, lo que la ha convertido en una de más representadas del genio de Stratford-upon-Avon. Sin ir más lejos, este mismo mes duendes, hadas y helenos han tomado los escenarios de Almagro y Olmedo.


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