Retazos de vida, relatos de Carver

libros decada 50Me dijo un amigo:

-Últimamente no acierto. Todo lo que leo me desencanta.

Me pidió que recomendara en este blog alguna lectura o autor.

Ya me había arrimado a la orilla de Raymond Carver, aunque sólo me mojé los pies con sus letras. Hará un año. Fue por casualidad, por una especie de suerte de intertexto. Trabajaba en el análisis de un relato de Chéjov y descubrí que Carver había escrito “Tres rosas amarillas” inspirándose en los últimos días de la vida del gran maestro ruso del cuento. Fue el primer relato que leí del que fue denominado el Chéjov norteamericano. El próximo verano  se cumplirán  veinte años de su muerte.

Toda la obra literaria de Carver se compone de pequeños fragmentos de realidad. De personas en diálogos, dejando pasar el tiempo, bebiendo, amando, sufriendo, agonizando, disfrutando. En fin, viviendo. Pero su realismo no consistía en fotografiar momentos, sino en mirar el envés de las fotografías, lo que hay escrito en ellas, por detrás, escondiéndose en los latidos de la cruda cotidianeidad. Disponía a los personajes y dejaba que emanaran de ellos las emociones. Y fluían con efectiva simpleza.

De Carver hay que elogiar su empaque para no someterse a las modas, a los designios de la literatura impuesta por los grandes cuentistas teorizadores. Para él la circularidad del cuento o el final cerrado no entrañaban misterios, ni si quiera la necesidad que se le presupuso durante siglos. Leer un cuento de Carver es como degustar un buen vino y que no te digan de qué cosecha es, simplemente te deja disfrutando el sabor en el paladar y mantiene el secreto, te permite imaginar un desenlace, pesquisar sobre el futuro, jugar a crear un final propio. O nada de lo anterior. Cuando alcanzas el punto y final, sientes que todo está perfectamente cosido, sin hechuras, sin pespuntes inacabados, a pesar de ofrecer finales abiertos como el océano, con tantas posibles conclusiones como corrientes con sus respectivas e interminables temperaturas oscilando. Asomarse a un cuento de Carver, sirva la comparación, es cotillear en la intimidad de una vecina y que baje los visillos justo cuando va a despojarse del camisón, en los llantos de una pareja que sufre la permanencia del coma de su hijo, en la angustia del marido que no cuenta a su mujer que ha hallado un cadáver junto al río… Es una ficción real, un realismo extraído de la más profunda crudeza, tal y como es la realidad, que llena las páginas de los periódicos, las conversaciones en los bares, los libros de las estanterías.

Es esa sensación de curiosidad y de plenitud simultánea la que sacia en sus cuentos, sacia a la vez que mantiene abierto el apetito para una nueva lectura, para internarnos como sucios voyeurs en el día a día de un nuevo Bob, de un Jack, o de una Lisa, cualquier nombre de vecino vale, cualquier entorno social, país o lengua, porque en sus historias la universalidad es el motor, perfectamente engrasado, que permite al argumento funcionar sin sobresaltos, con claridad, con un sonido nítido y ágil, como la propia vida. Porque en la vida no hay un punto final, excepto cuando la muerte nos da alcance, esa maldita cazadora que nos robó a uno de los más grandes contadores de historias de nuestro tiempo cuando mal disfrutaba de su medio siglo de existencia.


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