Poetas andaluces III: Gustavo Adolfo Bécquer

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Tendréis que perdonarme, siempre que tengo oportunidad me gusta escribir sobre Gustavo Adolfo Bécquer, y aunque hasta ahora lo he hecho poco pero en muchos de mis artículos, hoy quiero dedicarle este “Poetas andaluces III: Gustavo Adolfo Bécquer” por entero al que aún hoy, siguiendo siendo uno de mis poetas favoritos. Porque es imposible hablar de poesía andaluza y no mencionar al poeta más característico de la era romántica de nuestro país.

¿Quién fue Bécquer?

Su verdadero nombre era Gustavo Adolfo Domínguez Bastida y nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836. Descendía de una noble y prestigiosa familia de comerciantes de origen flamenco, los Bécquer, establecida en Sevilla en el siglo XVI.

Sus padres murieron cuando él era muy pequeño así que Gustavo Adolfo fue a vivir junto a su madrina Manuela Monahay, acomodada y de cierta sensibilidad literaria, por lo que viviendo con ella se empezó a aficionar a la lectura. Empezó sus estudios de pintura en los talleres de los pintores Antonio Cabral Bejarano y de su tío Joaquín Domínguez Bécquer, que le instó a que estudiara y le pagó los estudios de latín.

Empezó a escribir en “El trono y la nobleza de Madrid” y en las revistas “La Aurora” y “El Porvenir de Sevilla”, antes de marchar a Madrid en el 1854 con la ilusión de vivir de la literatura. Allí sintió gran decepción y sobrevivió como un bohemio. En el año 1857 conoció que tenía tuberculosis, la enfermedad que lo acompañaría hasta el fin de sus días, muriendo en Madrid el 22 de Diciembre de 1870.

Su esposa fue Casta Esteban Navarro, la cuál no fue muy casta que se diga ya que le fue infiel al poeta cuando ya contaban con dos hijos en el matrimonio: Gregorio y Jorge. Nació un tercero, Emilio Eusebio, del cuál se dijo que no era hijo del poeta, pero aún así la pareja mantenía cierto contacto.

Gustavo pidió a sus amigos en el lecho de muerte que cuidaran de sus hijos, que quemaran sus cartas pues opinaba que serían su deshonra y que publicaran sus versos de los cuales estaba seguro le reportarían más gloria después de muerto. Y así fue, no se equivocaba.

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Poesía “becqueriana”

Os dejo con tres de sus poemas: el primero es mundialmente conocido, el segundo es uno que me gusta muchísimo y el tercero es uno no tan conocido como el primero, que también es digno de conocerse.

Rima XXI

Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Que es poesía?, Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Rima XXIV

Dos rojas lenguas de fuego
que a un mismo tronco enlazadas
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama.

Dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan.

Dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa
y que al romper se coronan
con un penacho de plata.

Dos jirones de vapor
que del lago se levantan,
y al reunirse en el cielo
forman una nube blanca.

Dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden,
eso son nuestras dos almas.

Rima LIX

Me ha herido recatándose en las sombras,
sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello y por la espalda
me partió a sangre fría el corazón.

Y ella impávida sigue su camino,
feliz, risueña, impávida, ¿y por qué?
porque no brota sangre de la herida…
¡porque el muerto esta en pie.


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