París, una cuestión de identidad

 

París-Frontal

El pasado viernes 13 de noviembre la capital francesa sufrió el peor atentado de su historia. Una tragedia en la cual todo el mundo se ha volcado durante el fin de semana mediante fotografías adaptadas a los colores de la bandera gala, comentarios e ilustraciones propias en redes sociales o, en el caso de este autor, un recuerdo de París perturbado por ese sentimiento de pertenencia hacia un determinado lugar que, de repente, se ha visto envuelto en la peor de las masacres.

En las afueras del Pompidou he bebido vino barato a medianoche, en el Louvre he esquivado ejércitos de japoneses frente a La Gioconda y  en Oberkampf, zona de la infame sala Bataclan, pedí indicaciones junto a un buen amigo. En el metro siempre se escuchaba La vie en rose tocada por un anciano caribeño que había sustituido el xilófono por el acordeón, y en Châtelet las noches se nos iban, divagando libremente, entre bares y bulevares.

Durante el pasado viernes, tales imágenes y sensaciones se fundieron en un huracán negro empañado de esa nostalgia rara y gris que te lleva a preguntarte si esa parte de ti también corre peligro. Y es que, como bien decía Amin Maalouf en Identidades asesinas – libro recomendable para entender este y otros aspectos de índole étnico-política en cuyas selvas no me adentraré -, cuando has vivido en varios lugares estos imprimen esos “genes del alma” que todos reconocemos antes o después.

En mi caso, el collage compuesto de todas esas experiencias vividas se vio perturbado tras saber que unos terroristas corrían por esos antiguos patios de recreo con macabras intenciones. Es entonces cuando el alma se encoge, liberas una lágrima que no creías tener y te replanteas las consecuencias de una matanza cuya peor “moraleja” no es otra que la demostración de lo vulnerable que es Occidente y, con él, también nosotros.

Esta entrada dedicada a París no pretende adentrarse en opiniones que trasciendan más allá de la simple nostalgia, de esa que a todos los jóvenes que pertenecemos a una generación condenada (o favorecida) por una crisis económica sentimos más nuestra que nunca, considerando a ese Berlín, Londres o Estocolmo personificados como aquellos tíos lejanos a los fuimos a visitar con miedo una primera vez y a los que despedimos con caramelos en los bolsillos, algunos dulces, otros podridos, pero caramelos al fin y al cabo.

 

 

 


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Alberto Piernas

Amante de la literatura exótica (Arundhati Roy, Thiong'o, Gabo) y escritor de viajes y literatura. Como autor de ficción he publicado Cuentos de... Ver perfil ›

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