No hace falta billete para subir a la máquina del tiempo

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Con la aprobación por parte del gobierno de Milagros del Corral como nueva directora de la Biblioteca Nacional se termina de enfriar el cadáver administrativo de Rosa Regás. Su polémica gestión, Ptolomeo-gate incluido, parece haber puesto de acuerdo a todo el mundo en que fue nefasta. Personalmente, yo le estaré eternamente agradecido por digitalizar gran parte de los fondos hemerográficos de la entidad.

Son más de cien publicaciones periódicas, desde finales del XVIII hasta las proximidades de la Guerra Civil, incluyendo revistas fundamentales para la historia de la literatura española, como El artista, por ejemplo. En total casi quinientas mil páginas puestas al servicio de cualquier persona de España o el extranjero. Todo un lujo a sólo un par de clicks.

Y es que no hay mejor manera de conocer ciertas épocas históricas que leer las revistas y periódicos que produjeron. Casi me atrevería a decir que se aprende más ojeando durante breves segundos un periódico que digiriendo el más erudito estudio histórico. Esto sucede de manera especial con la primera parte del siglo XX, cuando las publicaciones periódicas eran abundantes, cuidadas y muy bien ilustradas, con dibujos y/o fotografías.

Sombreros, edificios, literatos y tratados aparecen ante nosotros en su máximo esplendor. Podemos leer la reseña de una película perdida, entrar en el despacho de Gómez de la Serna durante las visperas de un estreno teatral, sobrecogernos con las noticias que llegan de la Gran Guerra o asombrarnos ante las hazañas ingenieriles de Torres Quevedo. Las posibilidades son casi infinitas y cualquier detalle adquiere interés, hasta los anuncios publicitarios se vuelven relevantes gracias a la obra y magia del Tiempo.

No importa que nos empuje una motivación académica, curiosidad o simple aburrimiento de tarde lluviosa, hay un placer especial en perderse entre las páginas de esos periódicos vetustos.


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