Los Pickwickianos de la risa

 

 El señor Pickwick se pasea con aire marcial entre sus amigos, descorchando botellas y más botellas de anécdotas que hacen agitar el pecho del lector. Su criado, Sam Weller, ayuda a la tarea con su personalidad Groucho Marx, de hablar ignorantón pero sabio en la vida.

Si es que Charles Dickens no sólo sabía tocar la fibra trágica de la vida, con ese Oliver Twist, un huérfano desgraciado y reñido con la suerte que siempre aporreaba las puertas de los demás,  sino que también sabía tocar los instrumentos de la risa de sus lectores.

Los papeles póstumos del Club Picwick fue escrita cuando el autor apenas contaba con 24 años de vida, y se publicó por entregas en el periódico Evening Chronicle.

La historia narra las peripecias de un club de amigos, bajo la batuta del viejo Pickwick, y sus correrías por Londres y alrededores. Puesto que no había documentales, siempre era adecuado conocer el mundo con unos transmisores tan distinguidos como éstos que se disputan los azares y meteduras de pata más entrañables de la literatura.

Ésta es la primera novela del autor, por eso,  se nota esa mente fresca en la vida, de arrolladora prosa, y ocurrencias desternillantes.

Después de esta historia, a Dickens se le acaban los malos tiempos de casi indigente del periodismo, se abre la brecha, que él tan bien caminó, para convertirse en el gran novelista inglés del siglo XIX.


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