Los pastores de la noche

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Si me preguntasen qué cinco ciudades del mundo más me gustaría visitar, una de las elegidas sería sin duda Salvador de Bahía. Desearía caminar por sus colinas y sus coloridas calles; conocer las rodas de capoeira y los terreiros de candomblé. Algún día, espero ir a esa ciudad mágica y cálida en la que se ambientan las novelas de Jorge Amado.

Los pastores de la noche recorre esos sitios familiares para el lector del novelista brasileño. Sus protagonistas pertenecen a la noche, pero también a la gente humilde del pueblo de Bahía, gente que soporta las amarguras de la vida con humor y optimismo. En ellos está la auténtica alma de Salvador.

La novela está formada por tres historias casi independientes en las que se entremezclan los mismos personajes. Cada una tiene su tema central, pero a la vez, como en un tríptico, no dejan de conformar una unidad. Sus títulos son muy explicativos: “Historia verdadera de la boda del cabo Martim, con todos sus detalles, rica de acontecimientos y de sorpresas o Curió, el romántico, y las desilusiones del amor”; “Intervalo para el bautizo de Felicio, hijo de Massu y Benedita o El compadre de Ogum”; “La invasión del morro de Mata Gato o Los amigos del pueblo”.

La primera parte narra dos historias paralelas de amor: una muy trágica, la otra menos. En la segunda asistimos a los complicados preparativos de un bautizo, en el cual el propio dios Ogum tendrá que intervenir para que llegue a buen puerto. La tercera parte es la más colectiva: los protagonistas ocupan espontáneamente unas tierras para levantar sus favelas, enfrentándose a los intereses de políticos y propietarios. Esta última es una historia de épica solidaria.

Resulta imposible no sentir simpatía por esos personajes. Están retratados con sus defectos, pero también con humor y con una mirada humana que los hace entrañables por su optimismo, su ingenio y sus ganas de vivir. Forman parte del pueblo llano de esa ciudad que Jorge Amado amó hasta su muerte en 2001.

Mario Vargas Llosa escribe en Diccionario del amante de América Latina que Jorge Amado es el único escritor de los que admiró en su juventud que merecería haber entrado en el cielo. De acuerdo en lo que respecta al novelista brasileño, sólo que para él su cielo probablemente era Salvador de Bahía; y sus dioses, los del candomblé, no el dios cristiano. Resulta mucho más gratificante imaginárlo convertido en un orixa menor, descendiendo cada poco a las calles de Bahía para ayudar a sus habitantes y recibir a los viajeros. Que Changó lo tenga en su gloria.


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