Leer teatro, saboreando la potencia de la palabra

Marlon Brando

Marlon Brando interpretó a Stanley Kowalski en ‘Un tranvía llamado deseo’, de Tennesse Williams

Recuerdo una discusión que tuve hace unos años en la cafetería de la facultad con una amiga sobre si el teatro es o no literatura. Ella era licenciada en Historia del Arte y defendía con uñas y dientes que el teatro era un género literario. Yo llevaba años haciendo teatro, formándome en talleres con actores profesionales y defendía que no, que el teatro es un arte autónomo, con su propio lenguaje.

Lo cierto es que es difícil trazar una línea ya que hay obras de teatro que son joyas de la literatura. Hoy saco mi lado teatrero para contaros porqué deberías incluir de vez cuando en vuestro menú lector una obra de teatro.

He escuchado a gente decir que se pierden leyendo teatro, que se hacen un lío con los personajes y que no saben muy bien qué pasa en la escena. Yo creo que todo es habituarse y que tras las primeras páginas, el ojo y la mente se habitúa.

Las frases, que en un texto narrativo a mi me parece que se pueden quedar medio diluidas, en una obra de teatro cobran fuerza y te gritan, te acarician, te conmueven, te asustan… te provocan ellas solas desde el papel.

Ahí tenemos a la Yerma de Lorca diciendo ‘Cógela, yo no debo tener manos de madre‘, dándote ese pellizco en el pecho tan propio de Federico.

O la famosa frase de Blanche Dubois en un Tranvía llamado deseo: ‘Sean quienes sean… yo siempre he dependido de la amabilidad de los desconocidos‘, con la que Tennesse Williams concentra la esencia de este personaje dejando al lector/espectador con un nudo de pena en la garganta.

Más recientemente quedé prendada de una frase que pronuncia uno de los personajes de Cádiz en mi corazón, del dramaturgo cubano Abel González Melo: ‘La verdad era verde y se la comió un chivo‘, pronunciada en un momento de una escena en la cuál estas palabras arrasan como el incómodo viento de levante.

Pero no todo es el diálogo, en el teatro hay acotaciones (esos textos entre paréntesis que describen la escena o los personajes) que son auténticas lecciones de narración. Como ejemplo la descripción que Tennesse Williams hace de Stanley Kowalski, el bruto marido de Stella interpretado por Marlon Brando:

Es de estatura media, entre 1,75 y 1,80, y fornido y compacto. Y todos sus movimientos y su actitud transmiten un júbilo y un disfrute animal. Desde su primera juventud el centro de su vida ha sido el placer que experimenta con las mujeres, el hecho de darlo y recibirlo, no con débil indulgencia, con dependencia, sino con el poder y el orgullo de un gallo ricamente emplumado entre las gallinas. De este centro completo y satisfactorio emanan todos los canales auxiliares de su vida, como su camaradería con los hombres, la afición al humor más tosco, el gusto por la bebida y la comida y el juego, el aprecio a su coche y su radio y a todo lo que es suyo y lleva su emblema, el del alegre portador de la semilla. Calibra a las mujeres con una sola mirada, establece clasificaciones sexuales y en su cabeza aparecen imágenes llenas de crudeza que determinan su forma de sonreírles.

Leyendo esto, uno comprende que sólo Marlon Brando podría haber interpretado a Stanley, e independientemente de ello, te dibuja al personaje de una forma tan nítida que imaginas hasta su voz.

Podría seguir con mi adorado Valle Inclán, o con Lope de Vega, o con Shakespeare o con muchos otros, pero creo que estas frases que he comentado son un buen ejemplo de lo que quiero de decir, que el teatro tiene una potencia expresiva a la que, como lectores, deberíamos exponernos más a menudo.


Un comentario

  1.   Walter dijo

    Yo he leído “La importancia de llamarse Ernesto”, de Oscar Wilde y realmente es muy bueno, lo recomiendo.

Escribe un comentario