La sonrisa del tritón

la-guerra-de-las-salamandras.jpg 

“¿Qué pasaría si el ser humano descubriese que en la Tierra hay otra especie inteligente aunque en un estado de desarrollo anterior al suyo?”, se preguntó Karel Capek un buen día a mediados de los años 30. Y echando una irónica mirada a su alrededor, encontró un buen racimo de respuestas pesimistas con el que destilaría una chispeante novela: La guerra de las salamandras.

En el mar que baña la islita de Tana Masa, en el océano Pacífico, moran unas extrañas criaturas anfibias a las que los nativos llaman “diablos marinos”. Tendrá que ser un personaje tan stevensoniano como el capitán J. van Toch el que las descubra para el mundo. Son oscuras, tienen una cabezota redonda, no miden más de metro y veinte centímetros y sus manos recuerdan a las de los niños. Se trata de una especie curiosa: las personalidades individuales se diluyen en el grupo social, son inocentes y tienen una sorprendente capacidad de aprendizaje.

Van Toch las adiestrá para buscar perlas. Pero donde el anacrónico y entrañable Van Toch ve unos simples pescadores cualificados, los tiburones del dolar vislumbran mano de obra barata a granel; los generales, un poderoso ejército subacuatico; los ideólogos, futuros acólitos para sus teorías; los mercaderes, ganado para vender. No importa que todas sepan hablar, que algunas vayan a la universidad o que unas pocas se conviertan en eruditas, el sentimiento dominante más positivo hacia ellas será un vago paternalismo.

Explotadas, militarizadas y despreciadas; empujadas a superpoblar los mares, acabarán pagando al ser humano con su misma moneda. A fin de cuentas, son buenas alumnas.

La guerra de las salamandras, aunque escrita en 1935, resulta una novela tremendamente moderna. Capek se burla del militarismo, el capitalismo, la hipocresía, el egoísmo y el ridículo antropocentrismo de la raza humana, y lo hace a través de la ironía y el humor. Hay en esta novela un sentido del humor que recuerda a veces al de nuestro Jardiel Poncela. Pero la forma de la novela también es muy moderna, muy vanguardista: posee una estructura fragmentaria en la que se intercalan artículos, informes, panfletos… Tal vez puedan resultar excesivos, pero todos son sutiles parodias ricas en chispazos de ingenio que invitan a la sonrisa cómplice.      

Karel Capek, creador del término “robot”, fue uno de los padres de la ciencia-ficción y rozó el Nobel. Por una perla rara tan extraordinaria como La guerra de las salamandras habitará para siempre en nuestros corazones. 


Escribe un comentario