La semilla de Levin

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Esta semana falleció a los 78 años de edad Ira Levin, el autor de La semilla del diablo y Los niños del Brasil. Gracias a uno de los múltiples artículos necrológicos dedicados al autor neoyorquino, descubro con sorpresa que en una ocasión afirmó sentirse culpable porque consideraba que el éxito de La semilla del diablo había favorecido el ascenso del fundamentalismo (es de suponer que se refería al cristiano). “Me siento culplable de ver que ‘Rosemary’s Baby’ ha llevado a ‘El exorcista’ o ‘La profecía’“, dijo exactamente. “Yo no creo en Satán. Y creo que el potente fundamentalismo actual no sería tan fuerte si no hubiera todos esos libros”. De entrada, esta idea resulta muy chocante para un simple aficionado a la literatura fantástica y de terror porque sugiere la pregunta de si estas novelas (o películas) sobre el demonio pueden ser leídas como propaganda cristiana. ¿Son el equivalente de nuestra época a, por ejemplo, los autos sacramentales del Siglo de Oro? La tesis resulta sugerente, aunque parece un poco exagerada.

Podemos comparar La semilla del diablo con El mágico prodigioso, de Calderón de la Barca. Ambas coinciden en el tema del demonio. Sin embargo, cada una de ellas tiene intenciones distintas, se sirve de procedimientos diferentes, y, sobre todo, han sido creadas en dos épocas que tiene poco en común.

Desde el siglo XVIII, impera el racionalismo como modelo de compresión la realidad, mientras que en el Siglo de Oro lo que dominaba era una visión teológico-cristiana de la misma. El mágico prodigioso (gran obra, por otro lado) surge para reafirmar esa visión entonces establecida, mientras que La semilla del diablo juega llevando al lector a dudar (aunque sólo sea dentro de la lectura de la narración) de su concepción de la realidad. Para eso Ira Levin, que no cree en el demonio, se sirve de ese personaje sobrenatural, perteneciente a la teología cristiana pero no aceptado por el racionalismo, intentando mediante una serie de recursos técnicos propios de la literatura fantástica que el lector lo acepte como verosímil.

Por tanto, en La semilla del diablo lo que hay, sobre todo, es una subversión de la visión racionalista del mundo, lo cual no conlleva necesariamente una afirmación de la visión cristiana. Aunque el ejemplo sea un poco exagerado, podríamos decir que demoler un edificio no implica que en el solar resultante se construya una iglesia (y el ejemplo es exagerado porque la literatura fantástica lo que hace es tan sólo hurgar en las grietas de la casa Razón).

Otra cosa sería considerar a un lector actual que participara de lleno de una concepción teológica de la existencia, a un nivel parecido al del habitante del Siglo de Oro. Para ese lector tal vez sí pudiera funcionar La semilla del diablo de forma parecida a como lo hacía El mágico prodigioso en su día. Pero lectores de esos me parece que quedan pocos. No serviría un cristiano moderado, ya que el cristiano medio de hoy dudaría mucho antes de admitir la presencia física del demonio sobre la tierra. Se necesitaría un fanático, es decir, alguien ya convencido para quien la lectura de la novela no supondría demasiada diferencia. Por tanto, no creo que la pluma de Ira Levin, ni la de sus cofrades en la logia de escalofrío, hayan colaborado decisivamente en convertir a ningún lector al fundamentalismo cristiano. Ni siquiera al satanismo.


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