La responsabilidad del profesor en la enseñanza de la literatura

Profesor en el aula

Dando un repaso esta mañana a la actualidad en el ámbito literario, observo que hay bastantes noticias sobre la enseñanza de la literatura tanto a nivel nacional como internacional.

Mario Vargas Llosa, por ejemplo, criticaba en una clase magistral impartida en Monterrey (México), la progresiva desaparición o reducción al mínimo de las clases de literatura en el currículum escolar frente a las materias prácticas. Y esto me hizo pensar en eso, en la enseñanza de la literatura.

Debates aparte sobre las nuevas políticas educativas nacionales e internacionales que priorizan las materias prácticas, más orientadas a que el alumno sea un trabajador útil para las empresas que para que sea un ciudadano con las herramientas intelectuales adecuadas para actuar como una persona libre, lo que me interesa hoy es la figura del profesor de literatura en la configuración intelectual de las personas.

Es una figura mucho más relevante de lo que pensamos, ya que de su buen o mal hacer dependerá en muy buena medida la relación de ese niño o adolescente con la literatura.

Los profesores que lean esto dirán que en los colegios e institutos hay unos programas académicos que hay que cumplir y que a veces no se tiene tiempo para abarcar todo lo que se debe enseñar. Tampoco hablo de programas. Hablo de la forma con la que el profesor imparte ese programa.

En definitiva, cómo transmite, si tiene o no pasión por la literatura y las letras. Para mi desgracia o fortuna, en mis años escolares tuve de todo. Y quiero comentaros mi experiencia durante mi etapa de bachillerato, por si alguno se identifica con ellos.

Profe bueno, profe malo

En primero de bachillerato la enseñanza de la literatura se centra en lo que se puede llamar la Edad Media. El cogollo de este curso es la literatura del Siglo de Oro.

Mi profesor de este año fue tan nefasto, que hasta esta ahora no estoy leyendo los clásicos españoles con verdadero gusto. Antes leía cosas de Lope de Vega, Garcilaso o Cervantes, y recordaba aquel año de clases de literatura enfrascados en métrica, análisis sintáctico, metodología educativa y en ese profesor relativamente joven más preocupado por mostrarnos que él sabía más que nosotros que por transmitirnos la relevancia universal y la genialidad de El Quijote.

Como profesor, aplicaba muy bien los métodos y el programa y nos dejaba constancia de su autoridad con constantes exámenes y puntuaciones bajas. Pero sinceramente, todos mis compañeros de aquel años coincidimos en que de literatura aprendimos poco.

En segundo de bachillerato, año en el que se estudia la literatura del siglo XVIII al XX, el cogollo era la Generación del 27. El profesor de este año fue, simplemente, genial.

Cada vez que leo un poema de Lorca o Salinas recuerdo a este hombre, que carecía de organización, recitando a voz en grito por el aula con la pasión con la que recitan los que aman la literatura y tienen vocación por enseñar.

Con él apenas tomábamos apuntes, aunque leíamos y escribíamos muchísimo, pero todas sus lecciones las tengo grabadas a fuego y comprendo y conozco en profundidad la literatura del siglo XIX y XX.

Hasta su forma de enseñarnos análisis sintáctico, tan importante para selectividad, fue mucho más efectiva ya que usaba la literatura para hacerlo.

Por esto, cuando escucho a alguien decir que el trabajo de profesor es muy fácil y que tienen muchas vacaciones, siempre salgo en defensa alegando que son los profesionales que más huella dejan en el bagaje intelectual de una persona.


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