La maldición de las espuelas de Quevedo.

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Francisco de Quevedo y Villegas.

Que Francisco de Quevedo fue un personaje pintoresco  es, sin duda, un hecho bien sabido por todos. Ya sea por sus versos ácidos y agresivos, focalizados muchas veces en Góngora y en  la crítica  hacia las clases dirigentes, o por su valor y gallardía a la hora de batirse, toledana en mano, con cualquiera que osase aceptar su afrenta.

Quevedo no fue un escritor del siglo de oro corriente y seguramente,  aunque ninguno lo fuera, él representa mejor que nadie el carácter que caracterizó a la sociedad española durante los años en el que el imperio comenzaba a sucumbir sobre su propio peso.

Fue un personaje novelesco en sí mismo, capaz de dominar la espada igual que su pluma. Con una peligrosidad osada e hiriente, letal en cualquiera de las circunstancias. Caracterizando su vida por una carencia alumbrante de respeto o miedo  hacia cualquiera de sus víctimas. Hasta el Conde-duque Olivares, valido del rey Felipe IV, terminó siendo víctima  de sus irreductibles versos .

Si bien nadie consiguió vencerlo en duelo (es conocida  su gran  destreza con “la ropera”) sí que tuvo que vivir, en más de una ocasión, recluido o preso  a causa de sus  versos dedicados a  la España que amaba y que veía sucumbir bajo la mano de reyes mujeriegos y validos ausentes.

Con todo esto, me gustaría narraros una historia que muy pocos conocerán y que demuestra que Quevedo, vivo o muerto, no pasaría desapercibido tan fácilmente, llevando, de esta manera,  su nombre al calificativo de leyenda.

Primero de todo, hay que destacar que, su sobrenombre de “caballero de las espuelas de oro” proviene de un hecho determinado de su vida. Quevedo, que sufría de cojera, mandó forjar unas espuelas de oro para el día de su nombramiento como caballero de la Orden de Santiago. Lógicamente, para un acto tan relevante en su carrera, no podía permitir que su cojera eclipsara su figura. Por ello decidió solventarlo con dicho encargo.

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Caricatura de Fernando Barrial Juscamaita para la Fundación Francisco de Quevedo de Ciudad Real.

A lo largo de su vida no les dio prácticamente uso, guardándoselas como recuerdo de uno de los hechos más importantes de su carrera. De todas formas, cuando falleció en 1645 fue enterrado, se dice que por petición propia,  con sus preciadas espuelas. Sus restos mortales fueron inhumados en el lugar donde murió, concretamente en el Convento de Santo Domingo de Villanueva de los infantes.

Un tiempo más tarde, un torero llamado Diego, conocedor de la existencia de los dorados acicates, sobornó a alguno de los frailes para poder profanarlos del féretro del escritor. Pretendía, con tal fechoría,  conseguir el preciado  tesoro para luego poder torear  con lo ajeno en la plaza. Recordemos que , a diferencia de ahora, en esa época los toreros no faenaban  a pie sino a caballo. De ahí la necesidad de poseer unas espuelas en la tauromaquia de la época.

Tras haberlas conseguido, se presentó en la Plaza Mayor con las usurpadas espuelas  dispuesto a lidiar con el toro. De todas formas, su aventura no duró mucho ya que, al poco de salir al ruedo, fue embestido por el astado muriendo prácticamente en acto.

Seguramente fue  una simple casualidad. No seré yo quien niegue y juzgue los caprichos del destino. Aun así, por mi alma soñadora propensa al mito y la leyenda,  prefiero  pensar que quizás, solo quizás,   fuera el propio  Quevedo quien, tal y como habría reaccionado en vida,   castigó la osadía cobarde  de aquel torero, condenando de esta forma  a aquel que había mostrado los arrestos necesarios  para  robarle  al mismísimo Don Francisco  sus preciadas espuelas de oro.

 


10 comentarios

  1.   jumoga21 dijo

    envestida o embestida?

    1.    Tube dijo

      Un error lo tiene cualquiera.

    2.    Alex Martinez dijo

      Saludos,
      Muchas gracias por haberte dado cuenta del error ortográfico y haber avisado. Aunque no es excusa, soy nuevo en todo esto y no estoy acostumbrado a escribir artículos, con el trabajo que ello supone, prácticamente a diario. Son muchas letras las que pasan a diario y lógicamente hay veces que se escurre alguna. De todas formas, ya está corregido y espero que se repita las menos veces posibles.

      Por concluir me gustaría saber si le ha parecido interesante el articulo o si ya conocía la historia. Me gustaría poder debatir con vosotros sobre lo que voy escribiendo y agradecería también comentarios de este tipo.
      Muchas gracias de nuevo por el aviso y nos vemos en futuras entradas.

  2.   Carmen dijo

    Sigue así. Genial articulo de nuevo.
    La verdad que no tenia ni idea de esta historia!!!
    Nos vemos en próximos artículos!!

  3.   Alberto Fernández Díaz dijo

    Hola, Álex.
    Felicidades por tu artículo, me gustó mucho. No tenía ni idea de lo de las espuelas de oro. ¿Sabes qué fue al final de ellas? Debían de valer una buena pasta en el siglo XVII.
    FÍjate si era buen espadachín Quevedo que retó en un duelo al más famoso maestro de esgrima de su tiempo (era también profesor de este arte de Felipe IV) y le venció. Imagínate la cara y la rabia que sentiría ese maestro (español, creo que se apellidaba Carranza). Supongo que conoces la historia.
    Un abrazo y ánimo desde Oviedo.

    1.    Alex Martinez dijo

      Saludos Alberto,
      Me alegro que el articulo fuera de tu agrado y muchas gracias por comentar. Pues bien, en principio no se sabe a ciencia cierta donde se encuentran las espuelas. Por lo visto, cuando sucedió lo del torero, las espuelas desaparecieron y nadie las volvió a ver. Seguramente alguien se las quedara o quizás se devolvieron al lincho de Quevedo, realmente no se sabe. Sin duda, en una puja se pagarían millones por ellas, no solo por ser de oro, sino también por haber pertenecido a tal ilustre personaje. Podría ser un magnífico argumento para una novela que podría titularse :” En busca de las espuelas de oro” jejeje.
      Por otro lado, sabía que había retado y vencido al maestro de Felipe IV. Lo que no sabía era el nombre del espadachín así que gracias por el dato. La verdad es que no me quiero imaginar la cara de cualquier hombre de la época al ver a un cojo con “gafillas”, cruz de santiago al pecho, retando a duelo al primero que pusiera en duda su honor. Calculo que entre risas y asombro debían imaginar que ese pobre hombre no tenía ni la más mínima posibilidad de sobrevivir a cualquier baile de espadas. Risas que se debían desvanecer a la primera de cambio al ver como Quevedo atravesaba a su contrincante a la primera de cambio. ¡ Que grande era Quevedo!
      Muchas gracias por los ánimos Alberto, nos vamos viendo por aquí.

  4.   Jimena dijo

    Muy interesante el artículo!esperando al siguiente con muchas ganas!!!!

    1.    Alex Martinez dijo

      Muchas gracias Jimena me alegro de que le gustase. Saludos.

  5.   Carlos Sánchez dijo

    Curioso el artículo. No tenia ni idea. Respecto al maestro de esgrima, su nombre era Pacheco de Narvaez. El duelo se debió a una burla que Quevedo hace en el Buscón de un libro que este publicó. Pacheco formó parte del Tribunal de la Justa Venganza, un libro que escribieron varios injuriados llorosos por la buena letra de nuestro amado escritor. Te aconsejo leerlo para que veas como se las gastaban los chivatos del Santo Oficio. Un placer encontrar a un amante del polvo enamorado. Desde la Torre. Saludos

    1.    Alex Martinez dijo

      Saludos Carlos,

      Muchas gracias por tu comentario. Sabía del nombre del maestro pero no del libro que nombras. Sin ninguna duda, me lo pongo en mi lista de espera. Gracias por la recomendación. La verdad es que Quevedo, desde bien pequeño, siempre me a fascinado por su obra y por su carácter. Tristemente, en mi tierra natal muchos están comenzando a relacionarlo con cuestiones políticas para así, desacreditar su imagen. En fin, nos vemos pronto en nuevos artículos. Un abrazo.

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