La burla y el éxito

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El público es una “bestia fiera”, sobre todo cuando de su capricho no sólo depende tu éxito o fracaso literario sino también tu éxito o fracaso personal. Juan Ruiz de Alarcón, de quien en el teatro de la vida se chungó hasta el apuntador, lo aprendió a fuego en el Madrid del siglo XVII.

Por aquel entonces los poetas y sus colegas dramaturgos se divertían apuntando a su doble joroba, a sus piernas torcidas y a sus justas pretensiones de reconocimiento aristocrático, y lo ametrallaban a sátiras, las cuales eran acogidas con jolgorio popular. Si le hubiesen dado un maravedí por cada kilo de desprecio zumbón recibido, se habría hecho mucho más rico que con su ansiado y siempre pospuesto cargo administrativo.

En cambio, en los otros teatros, los de los corrales de comedias, el público aplaudía sus obras llevándolas al éxito. Un éxito merecido. Porque Juan Ruiz de Alarcón tal vez fuera ridículamente contrahecho, sí, pero derrochaba talento por los cuatro costados, un talento como de Madrid a Manila. Y no sólo talento contenían sus obras, también ingenio, perspicacia, penetración psicológica, sutileza, humanidad… Cualidades como para poner verde de envidia a cualquier imitadorzuelo de Lope de Vega.

Escarnio público y éxito profesional, paradójico binomio ante el cual cabe hacerse una pregunta: ¿esos mismos que en los teatros vibraban con las obras de Alarcón después se partían la caja al escuchar la última sátira que le asestaba Quevedo? Personalmente, apostaría a que sí, y encima lo llenarían de miradas burlonas al cruzárselo por la calle. Como cierto filósofo dijo una vez: “los seres humanos son complejos, y muchas veces además son estúpidos”.

Las chanzas infinitas y reiteradas pueden amargar a cualquiera, sobre todo cuando son crueles, injustas y aleatorias. Alarcón, según parece, supo vivir con ello sin abandonarse al resentimiento. A pesar de todo, logró alcanzar el ansiado puesto administrativo y la felicidad doméstica junto a la mujer con la que tendría una única y querida hija.

Su obra más difundida es La verdad sospechosa, de la que, aun sin ser una de las habitualmente más conocidas de nuestros clásicos del Siglo de Oro, existen múltiples ediciones disponibles en la actualidad. Se trata de una comedia de enredo que casi cuatrocientos años después se mantiene tan fresca como la última sit-com televisiva (y más viva y auténtica que muchas de ellas).


Un comentario

  1.   Javier dijo

    El título me parece un poco obvio, si me permiten. La verdad siempre es sospechosa.

    Por otro lado, no sé si estaba Quevedo para burlarse de la cojera de nadie. Si acaso de las jorobas, pero de la cojera…

    saludos

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