Josefina Manresa, la esposa de Miguel Hernández

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Josefina Manresa Marhuenda, la que fue esposa del poeta Miguel Hernández, falleció en Elche (Alicante) el 18 de febrero de 1987, a los 71 años de edad a causa de un cáncer de mama. Josefina fue la mujer que inspiró a Miguel Hernández el libro de poemas El rayo que no cesa, en mi opinión y en opinión de muchos uno de los mejores libros de la lírica española. Además, también le inspiró otros poemas amorosos igual de hermoso.

Josefina a raíz de la trágica muerte de Miguel Hernandez en 1942 veló por la difusión de la obra de su marido. Sin embargo, muchos desconocen información acerca de la vida de esta señora que vivió en la guerra y tantos años después, padeció hambre y amó al poeta hasta que fue llevada por la enfermedad. Cuando él estuvo en prisión, su mujer Josefina Manresa le envió una carta en la que mencionaba que sólo tenían pan y cebolla para comer, situación que inspiró al poeta y compuso en respuesta las Nanas de la cebolla, las nanas más tristes de la literatura española.

A dos meses y medio del fallecimiento de su otro hijo, nació Manolillo. Josefina le envió una foto del pequeño que acababa de nacer y el padre comentó en una carta: “No pasa un momento sin que lo mire y me ría, por muy serio que me encuentre, viendo esa risa tan hermosa que le sale delante de los cortinones y encima del catafalco ese en que está sentado. Esa risa suya es mi mejor compañía aquí y cuanto más la miro más encuentro que se parece a la tuya. Y los ojos, y las cejas y la cara entera. Este hijo nuestro, por quien no debes perder el ánimo y la confianza en esta vida, es más tuyo que mío. El otro era más mío…”

Las penurias que ella vivió mientras él se encontraba apresado inspiraron el poema de las Nanas de la cebolla. Ella le informó de su trágica situación y Miguel, muy afectado por la noticia y Miguel dice lo siguiente: “Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando esas coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros o desesperarme…”.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan lato,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.


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